Menos toallas en la arena y platos a la mitad: el verano no cuadra
¿Dónde se ha metido todo el mundo? La estampa que abre estas impresiones no es la de una playa hasta la bandera, sino la contraria:
arena libre, huecos de sobra y la sensación incómoda de que algo falla. Quien lo cuenta lleva años viendo cómo apenas quedaba un palmo para clavar la sombrilla. Ahora sobra espacio. El segundo aviso llega del restaurante: al preguntar si solo querían espetos o comer de verdad, la respuesta decidía si había mesa. Y los platos, sostiene, se han quedado
en la mitad o menos de lo que se servía antes de la pandemia. Con la
inflación apretando, comer fuera empieza a no salir a cuenta.
¿Por qué el norte está a reventar y el Mediterráneo se queda flojo?
El patrón no es homogéneo. El Cantábrico vive un verano de récord: Santander y su entorno con la playa «como nunca», Galicia donde encontrar hueco para la toalla se ha vuelto misión imposible después de 40 años de la misma rutina, y menciones a Asturias y a la mariña lucense igual de llenas. Ribadesella, Comillas o Zarauz aparecen con el agua «buenísima» incluso en jornadas nubladas. En el otro lado, el Mediterráneo ofrece un cuadro desigual: Ibiza con un julio
«muy flojo», Tarifa lo mismo, el Levante
chungo, Valencia tranquila y Calpe con sitio de sobra. Cullera, en cambio, se ve con «mucha gente para la hora que es». Málaga es el caso extremo: donde hace 30 años se plantaba la sombrilla a
20 metros del coche, hoy casi no quedan aparcamientos porque todo se ha convertido en paseo marítimo con terrazas y chiringuitos.
Hay una explicación de calendario para el desajuste. El fin de semana electoral dejó las ciudades de interior inusualmente llenas para ser julio: parte de la gente reorganizó sus planes alrededor del voto por correo o de su presencia en las mesas. También hay quien apunta a un simple cambio de moda: el norte, dicen, se ha puesto de moda para escapadas cortas.
El plato a la mitad y la mesa con peaje
La anécdota del restaurante es la que mejor resume el malestar. Preguntar si la mesa era para picar espetos o para comer de verdad no es cortesía: es un filtro. Quien solo quiere una caña y una tapa ocupa un sitio que, con los costes actuales, no cubre la cuenta. De ahí la sospecha de que
los locales ya solo quieren clientes que gasten un mínimo. A eso se suma la ración menguante: si sigue la inflación, avisan, dejará de compensar comer fuera y muchos negocios no aguantarán. No es un caso aislado. Hay chiringuitos de referencia cerrados y abandonados, playas que se llenan de terrazas y pierden aparcamiento, y una queja transversal: la comida buena solo se encuentra en el interior o en casa, porque en la costa se paga
fritanga a precio de manjar.
Gasolineras, carnicerías y fruterías: los termómetros reales
Si los titulares no cuadran con lo que se ve en la calle, la solución es mirar otra cosa. La propuesta es tan simple como contundente: preguntar a
gasolineras, restaurantes, carnicerías y fruterías si han perdido clientes e ingresos. Si la respuesta es sí, ya está todo dicho. Los síntomas que se detectan apuntan en la misma dirección: el ocio cae, y en la cesta se ha bajado de escalón —
de la vaca al pollo—, aunque la gasolina se siga pagando porque el coche es imprescindible para muchos desplazamientos al trabajo. La excepción la forman los
lonchafinistas, los que llevan toda la vida aplicando el ahorro extremo: para ellos el cambio apenas se nota.
¿Por qué sobran visitantes pero falta gasto?
Más gente no siempre significa más negocio. La economía turística depende del exterior, y ahí el dato incómodo es que
Alemania ha entrado en recesión. Por eso la foto de la playa puede engañar: importa menos cuántas sombrillas hay que cuánto suelta cada una. Quien llena la arena, se apunta, no es el turista medio, sino un perfil con nómina estable o renta extranjera que todavía puede pagarse unos días. El resto se acerca a pasar el día y vuelve a dormir a casa. El resultado es una costa con visitantes pero con menos gasto por cabeza, y un otoño que, se avisa, puede traer sorpresas.
Santander quiere ser San Sebastián
La masificación del norte tiene su propia factura. Se señala el paso de Revilla por
El Hormiguero como detonante de la moda, pero el fenómeno es más amplio: Asturias o la mariña lucense están igual o peor. Hace cinco años, recalcan, no existían esos apartamentos turísticos con placa de registro en la puerta. Ahora se multiplican, y con ellos los precios. La paradoja es que buena parte del turismo del norte es local: hay quien veranea en Laredo, Noja o Castro porque no puede permitirse su propia costa. El Cantábrico, que siempre fue refugio de la clase media-alta, se ha encarecido hasta expulsar a quien lo tenía al lado.
Con estos mimbres, la pregunta «¿dónde está todo el mundo?» tiene una respuesta poco épica: cada uno donde puede. La arena, este julio, tiene más huecos que respuestas.