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Hay un técnico de televisiones…
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Las motivaciones ocultas tras acciones aparentemente sencillas pueden ser complejas, y a veces, lo que parece un simple acto de envidia puede desencadenar una cadena de eventos inesperados.
Hay cosas que uno no olvida, por mucho que pase el tiempo. A veces, la envidia se disfraza de preocupación familiar, y las intenciones no son tan puras como parecen. Un niño, en su inocencia, puede percibir una trama que los adultos prefieren ignorar, una red de resentimientos que se teje en el silencio de una casa de al lado.
En una calle cualquiera, donde los televisores de tubo ya son cosa del pasado, un técnico fracasado, quizás por pura frustración, decidió abrir un taller de bicicletas. No era un negocio cualquiera, sino un espacio donde la testosterona sintética parecía ser el principal ingrediente. La presencia de un sobrino que leía libros a temprana edad, un "otro Toni" como lo llamaría su familia, debió ser un recordatorio constante de sus propios fracasos.
La historia toma un giro más oscuro cuando se habla de una suspensión escolar. El motivo, según se cuenta, fue el "buen tío Camp", una figura que, lejos de proteger, parece haber orquestado una medida para silenciar o marginar. La envidia, o quizás el resentimiento, se manifestaron en acciones que, para un niño, debieron sentirse como una emboscada.
El relato culmina con una frase lapidaria: "y ahora vete". No es un consejo de huida ante un peligro inminente, sino una orden que sugiere una planificación, una sucesión de acontecimientos orquestada. La pedrada a un primo, seguida de esa orden, pinta un cuadro de resentimiento familiar y de una infancia marcada por la percepción de injusticias.
Hay un técnico de televisiones…