El futuro que prometieron los inventos del siglo XX
Un coche con reactor nuclear en el garaje familiar. Un hidroavión que amartiza en cualquier bahía sin necesidad de aeropuerto. Un dirigible atracado en la cima del Empire State. Nada de eso llegó a funcionar como se prometió, y sin embargo todo se diseñó, se dibujó, se presupuestó y, en algún caso, se construyó. Tres años de rastreo por revistas técnicas, catálogos de fábrica y archivos fotográficos han levantado el inventario de un futuro que nunca fue. Mirado en frío, el catálogo dice menos sobre tecnología que sobre expectativas.
El hidroavión que tuvo que construir sus propios hoteles
Cuando la aviación comercial quiso unir San Francisco con Singapur, ningún aparato tenía autonomía para el salto. La solución fue encadenar escalas: Honolulu primero y después islas como Guam o Midway, donde no había absolutamente nada. La compañía tuvo que levantar hoteles en varios de aquellos puntos, trasladando materiales y personal en barco, para que los pasajeros tuvieran donde dormir. El viaje completo, de cuatro o cinco días, costaba el equivalente a
entre 12.000 y 15.000 dólares actuales. Volar en el ala de un
Junkers G38 en 1930 era otra forma de entender el lujo.
Queda sin cerrar por qué un modelo tan lógico (amerizar casi en cualquier sitio, sin aeropuerto que construir ni mantener) se abandonó. Se apuntan el cálculo comercial, la llegada del reactor a la aviación y un cliente rico que prefirió el avión privado. Ninguna hipótesis se impone.
Coches atómicos, tostadoras aerodinámicas y el imperio de lo streamline
Norman Bel Geddes diseñó un transatlántico con forma de ballena y, prácticamente en solitario, instaló en la cultura popular la estética aerodinámica. El resultado fue un delirio: radios, tostadoras y hasta coches con reactor. El
Ford Nucleon de William Clay Ford, el Simca Fulgur y el Studebaker Astral vendían la misma promesa, energía gratuita y un reactor en cada casa. El movimiento encajó como un guante en el cine de los grandes estudios, que necesitaba escenarios imposibles y glamour para una población que salía de la miseria. El Art Déco se convirtió así en la primera vanguardia diseñada para llegar a todas partes: de la orfebrería al automóvil, de la arquitectura a las artes gráficas.
Maratones de baile: cuando el espectáculo era la miseria ajena
Durante la Depresión, la mitad de la población se quedó sin recursos y proliferaron los juegos de azar y los concursos. Así nacieron los maratones de baile. La cosa se puso cruda cuando la televisión vio el filón: cada concursante pagaba
dos centavos por inscribirse y el público,
25 centavos por entrar. A cambio, techo y comida mientras siguieran en pie. Algunos llegaban a comer doce veces al día y hubo un maratón que duró
ocho meses. El negocio real era la comida, no el espectáculo. La estampa, parejas arrastrándose ante un público que paga entrada, resume mejor que ningún tratado qué se hace con una sociedad arruinada.
Del hombre de vapor al traje de presión
Antes del cómic de superhéroes ya existía el
Steam Man, presentado como el hombre de hierro de la pradera y cuyas aventuras se publicaban en los antecesores de las revistas pulp. Más serio fue el primer traje de presión, ideado por un inventor español, antecedente directo de los trajes de pilotos y astronautas. En aviación, los alemanes volaron un ala volante a reacción, el Horten, aunque llegó tarde a la guerra; el ruso Kalinin había explorado algo parecido años antes. El R-101, el dirigible más grande hasta el Hindenburg, se estrelló en su vuelo inaugural, y aun así en
septiembre de 1931 otro dirigible llegó a anclarse unos minutos en la cima del Empire State.
La revista que enseñó a un país a inventar
Detrás de casi todo esto hay un ecosistema editorial con más de cien años de vida. Las publicaciones de mecánica popular son a la vez causa y consecuencia de la afición anglosajona por trastear en el garaje: con cientos de miles de lectores intentando dar forma a ideas, no es raro que muchas acaben viendo la luz. Hay colecciones de los años setenta guardadas como oro puro y suscripciones posteriores que ya no se parecían en nada a las originales. Una idea publicada en 1957 acabó siendo realidad años después. La revista no prometía el futuro: daba planos para construirlo.
Anuncios que hoy serían un delito
El repaso de la publicidad antigua deja piezas difíciles de digerir: venta de esclavos recién llegados de Sierra Leona, alquiler de pelo para disimular la calvicie, agua deshidratada (solo hay que añadir el líquido) y huevos de tenia vivos para adelgazar sin dieta ni ejercicio. Junto a ellos convivía una ilustración de
Colt con un personaje femenino, Lady Killer, que nació como serie de pin-ups sobre la mujer suburbana de los años sesenta y acabó convertida en cómic. La trampa de la memoria funciona al revés: buena parte de los carteles más retorcidos que circulan como reliquias victorianas no son antiguos, sino humor actual disfrazado de época.
El resumen de todo el ejercicio cabe en una línea: las palabras se las lleva el viento, las cosas hay que hacerlas. Lo que no cuadra es por qué desapareció un oficio capaz de producir un mechero o un catalejo de bolsillo con ese nivel de detalle y, a la vez, por qué un hidroavión que resolvía la conectividad de islas remotas se quedó sin compradores. Ahí el análisis se atasca: la explicación tecnológica no basta y la comercial tampoco.