El «mundo al revés»: cuando la indignidad cotiza como valor
«El criterio, la dignidad y la verdad son perseguidos; la mentira y el robo se premian como valor». La frase no aparece en ningún informe del BCE, pero resume un estado de ánimo que se extiende por los análisis económicos no oficiales. La distopía se acelera, dicen sus profetas, y algo duro se acerca. No hay una sola cifra que lo respalde, pero la convicción gana adeptos.
La percepción de que el mundo está patas arriba no es nueva, pero ha encontrado en la coyuntura actual un caldo de cultivo. Quienes la defienden sostienen que los anti-valores se premian de arriba abajo, y que las consecuencias serán para todos, en todos los sitios. Algunos la circunscriben a España y al ámbito mediterráneo; otros replican que en el norte de Europa pasa igual, solo que con más pulcritud. Nadie aporta pruebas, pero el debate se recrudece.
El discurso se tiñe de referencias religiosas y apocalípticas, y se mezcla con afirmaciones sin contraste, como la supuesta coordinación de una nueva ola de llegadas a través de seis plataformas digitales. Es una narrativa que, por intensa que sea, se queda sin respaldo factual. Y quizá eso es lo más inquietante: que el fatalismo no necesite datos para parecer verdad.
Mientras tanto, la economía sigue girando, como si los mercados no hubieran escuchado la sentencia. Pero la desconfianza, ese activo que no cotiza en bolsa, ya se está descontando en las expectativas. El fin del mundo puede ser una exageración; el mundo del revés, a su manera, ya está siendo real.