De la dana al apagón: Putin como explicación universal
Existe un expediente abierto contra Vladímir Putin que no figura en ningún juzgado. El presidente ruso devoró a un perro ante un niño en una cala de la Costa Blanca, se llevó la leche y el aceite de girasol de un supermercado y provoca apagones eléctricos cuando le conviene. Todo, en teoría, en tono de broma. El testimonio que puso el asunto sobre la mesa es una pieza de exageración deliberada que en pocos días derivó en un choque frontal por la
guerra de Ucrania.
El relato del perro: de la cala de la Costa Blanca al abandono en Elda
El texto lo cuenta en primera persona y con faltas de ortografía deliberadas. Unas vacaciones familiares en la Costa Blanca, los padres durmiendo la siesta en la playa, un paseo con el perro hasta una cala recóndita llena de hombres armados. El animal ladra, recibe un culatazo, y aparece
el mismísimo Vladímir Putin con bañador y gafas de sol dando órdenes. A partir de ahí la narración se desboca: la muerte del animal, el traslado del testigo a un todoterreno, el abandono desnudo a las afueras de Elda y una familia local que lo acoge «HASTA EL DÍA DE HOY».
El registro es el de la caricatura más burda, y así se recibió. Hubo carcajadas inmediatas, algún aviso de que no era el momento para bromas y un apoyo irónico: bajar un grado la calefacción como muestra de solidaridad. La petición final, montar una plataforma de afectados y sumarse a la resistencia ucraniana, quedó en el aire. El relato no aporta una sola prueba porque no pretende aportarla: es un chiste con estructura de declaración judicial.
Por qué Putin sirve para justificar absolutamente todo
De ahí salió la idea que atraviesa toda la conversación:
es como Franco, sirve para justificarlo todo. La lista de fechorías atribuidas al presidente ruso crece hasta el absurdo. No recicla, no se pone mascarilla, aparca su carro de combate en la plaza de minusválidos, sube el precio de los carburantes de madrugada, sabotea el coche de Fernando Alonso, no deja propina al repartidor de pizza, le quemó el kiosco de la ONCE a un vecino, apaga la luz del país y habría tenido algo que ver con la dana.
El remate es la peste porcina. «No hay
cojones a echarle la culpa a Putin de la peste porcina», escribió alguien, y el mensaje resume el mecanismo: cuando el reproche deja de necesitar pruebas, sumarle un crimen más no cuesta nada. Otro relato pide incluso
100 adhesiones para contar cómo otro mandatario rescató al autor en alta mar de una manada de hombres-tiburón. Cualquier excusa vale para volver al mismo nombre.
El perro, la abuela y el supermercado: la escalada de testimonios
Al relato inicial le siguieron imitaciones. Una describe a una abuela sacada de una residencia en un vehículo marcado con una letra Z y reclutada después, según esa misma versión, en una red de explotación. Otra cuenta que el mandatario pasó por un supermercado y se llevó la leche, el aceite de girasol y las conservas con el objetivo declarado de matar de hambre a la población. Ninguna de estas piezas se presenta como cierta; funcionan como género literario.
La propia comunidad se pregunta hasta dónde se puede estirar la broma. Un mensaje con eco dudaba de que fuera el momento adecuado para este tipo de humor, y no le faltaba razón: el mismo asunto servía para ridiculizar al acusado y para reírse de quienes lo acusan. Ese doble filo es lo que hace que el chiste aguante.
El punto donde el chiste se rompe: el giro hacia la guerra de Ucrania
A mitad de la conversación el tono cambia. Una parte reprocha que se bromea para esquivar lo importante —la invasión— y exige dejar claro quién está a favor de qué. La réplica llega por dos vías opuestas. Unos sostienen que la ofensiva rusa es la reacción a lo que describen como un golpe de Estado en su frontera, y reprochan que se eche leña al fuego en lugar de apaciguar. Otros contestan que ninguna de esas razones excusa la invasión, y aprovechan para recordar que los bombardeos de la OTAN sobre Serbia, Siria o Libia tampoco se discuten, ni los
350.000 muertos que se atribuyen al conflicto de Yemen, ni las cifras que se manejan sobre Venezuela. La discrepancia sobre quién tiene derecho a intervenir acaba devorando cualquier humor.
¿Está avanzando Rusia? Nombres de pueblos contra coste humano
En el tramo final el intercambio se profesionaliza. Un argumento repite que el avance ruso se mide por los nombres de las localidades que van cayendo, como prueba de que el frente se mueve. La objeción es que ese avance se paga con una tasa de bajas desproporcionada, que los heridos apenas reciben asistencia y que un puñado de soldados escondidos basta para dar por tomada una posición. Es una discusión sobre método, no sobre deseo: cómo se cuenta una victoria y a qué precio deja de serlo.
El asunto empezó con un perro y un culatazo en una cala. Terminó discutiendo si el avance se mide en kilómetros o en cadáveres. ¿Queda algún acontecimiento, por remoto que sea, que no se pueda explicar ya con el mismo nombre?