Zelenski no firma la rendición y Trump pierde los papeles
El tercer día de la invasión, con los rusos a nueve kilómetros de Kiev, Volodimir Zelenski grabó un vídeoselfie nocturno junto a su gabinete vestido de verde militar. «¡El presidente está aquí!», dijo. Dos meses después las tropas rusas se retiraron del norte asumiendo que no era el tipo débil que habían imaginado. Aquel episodio se ha convertido en la vara de medir de todo lo que vino después: el líder ucraniano ha vuelto a escenificar la misma firmeza en el Despacho Oval, esta vez frente a una diplomacia estadounidense que, según el relato que circula, trata de reescribir la historia con la pluma del Kremlin.
La reunión acabó a gritos y con el presidente ucraniano fuera de la Casa Blanca. Trump y su vicepresidente, JD Vance, recitaron el argumentario que se atribuye a Moscú y Zelenski lo desmontó sin dominar el idioma, ante las cámaras estadounidenses. El intercambio se convirtió en el momento decisivo del proceso de paz: la tesis que se impone es que
la paz en Ucrania llegará con Zelenski o no llegará.
Qué se firmaba en Washington y por qué no se firmó
El acuerdo sobre la mesa era, según las versiones más repetidas, una capitulación con envoltorio de paz: ceder en lo que pide Rusia, comprometer 500.000 millones —cuando el cálculo real que se maneja ronda los 100.000— y añadir las tierras raras. La conclusión que saca una parte del análisis es que, para firmar eso, Zelenski no necesita a Trump: puede ir directamente a Putin y ahorrarse la diferencia.
Trump quiso denigrarlo asegurando que el presidente ucraniano tenía solo un
4% de aprobación. La cifra que se cita en sentido contrario es un 57%, superior a la del propio Trump, y con tendencia al alza. El problema del magnate, se argumenta, es que el líder ucraniano que regrese a Europa tras este choque llega reforzado ante su pueblo.
El pulso entre dos supervivientes
Trump sobrevivió a un atentado y lo interpreta como un mensaje divino para hacer América grande otra vez. Zelenski sobrevivió a varios intentos de asesinato del régimen al que ahora se quiere apaciguar. El choque entre ambos, dicen, solo acaba de empezar.
La escena del Despacho Oval tiene precedentes. Hay quien sostiene que dinamitar la reunión estaba premeditado y señala el numerito de las fotos de prisioneros ucranianos como prueba. La pregunta que queda flotando es qué le han prometido a Zelenski para que no quiera cerrar un trato que le permitiría salvar los muebles. La hipótesis más repetida: quiere calibrar hasta qué punto Europa puede ser una ayuda real y no solo un abrazo.
Europa: gestos, abrazos y poca artillería
En Europa lo tratan con abrazos y lo levantan a hombros. Es más cómodo. Otra cosa es que Europa quiera o pueda poner esa pasta encima de la mesa. El ejército ucraniano sigue siendo fuerte, numeroso y adaptado a un enemigo que conoce, pero Europa falla en unión, moral, efectivos y entrenamiento. El tiempo, en ese cálculo, cuenta a favor de Putin.
Rusia reúne más poder destructivo ante una Europa desunida que no ha hecho los deberes de arreglar su defensa, con un arsenal nuclear modernizado frente al cual el europeo palidece. Y tiene la ayuda económica y material de China, que espera agazapada para presentarse como la potencia de la paz.
El factor demográfico que nadie quiere mirar
La guerra larga exige reemplazos. Ucrania tiene una tasa de natalidad de 0,5 hijos por mujer; Rusia, con un modelo demográfico distinto, mantiene una base de reclutamiento mayor. La estrategia de ganar tiempo hasta el verano para lanzar una ofensiva mejor organizada que la de 2023, o adoptar una táctica de desgaste, choca con ese reloj biológico.
El mundo que se cae y el que viene
El mundo posterior a 1945 y el posterior a 1991 han muerto, según la lectura más repetida. Bienvenidos a 1914 o a 1939. Quien ha revisado prensa de esas fechas encuentra el mismo patrón: ambigüedades, mentiras y disparates, con lo evidente cuidadosamente oculto. El paralelismo con 1956, cuando Reino Unido y Francia descubrieron que carecían de autonomía, sobrevuela la conversación.
El Donbass puede ser como los Sudetes, solo el principio. Quien estuviera al otro lado del corredor de Suwalki, en las repúblicas bálticas, no estaría tranquilo. Y el dato que descoloca es este: tras tres años de guerra, la única certeza compartida es que nadie sabe qué pasa si Zelenski cae, pero todos siguen apostando como si lo supieran.