Vox y PP se culpan del desgaste en las protestas contra la amnistía
¿Por qué una protesta multitudinaria contra la amnistía acaba siendo titular por dos contenedores quemados y no por las miles de personas que salieron a la calle? Es la pregunta que recorre el análisis de la ola de manifestaciones frente a las sedes socialistas. El diagnóstico más repetido: la imagen de disturbios en primera fila, con bengalas y cargas policiales, sirve en bandeja al Gobierno el relato de los «violentos» y desplaza a un segundo plano a la mayoría pacífica. El cálculo político que se hace es crudo: si el PSOE moviliza 8 millones de votos y Sumar 3, suman 11 millones frente a los 3 millones que se atribuyen a Vox.
La tesis del propio campo: Vox como gasolina del PSOE
El planteamiento inicial sostiene que Vox patrocina las concentraciones y no controla quién va, a qué hora ni dónde se coloca. La crítica no viene de la izquierda, sino de quien se considera su propio electorado: «Convierten manifestaciones legítimas y pacíficas en gasolina para el PSOE». El reproche central es de gestión: si organizas, asumes el mando del orden. Dejar que los elementos más exaltados ocupen la primera fila, a tiro de cámara, es regalar el plano.
El paralelismo con julio se repite: una campaña «pésima» habría dado la victoria a Sánchez, y ahora se teme que la dinámica de disturbios asegure una segunda. La conclusión que se extrae es que la protesta, en lugar de erosionar al Gobierno, le da el argumento que necesitaba para vender amnistía a cambio de «paz social».
La respuesta: «salir más» frente a «controlar a los violentos»
Frente a esa tesis, la contrarréplica dominante es que quedarse en casa es la verdadera victoria del adversario. El argumento: millones de parados y dependientes del Estado sí votan, así que abstenerse no neutraliza nada. La receta que se propone es inundar la calle para diluir a los violentos: «A más gente en la calle, más diluidos quedan los elementos violentos». Bajo ese prisma, hablar de nazis o fascistas es hacerle el juego al PSOE.
La contraofensiva tiene su propia munición: que el PP también habría concedido la amnistía si le hubiera sumado para gobernar, y que eso «lo saben hasta en Pekín». La discusión deriva en un ajuste de cuentas interno entre PP y Vox por ver quién capitaliza el descontento y quién lo desactiva.
Infiltrados, medios y el relato de la violencia
Una parte del análisis sostiene que los disturbios pudieron ser obra de infiltrados, con la sospecha de que fueran servicios secretos o grupos organizados para reventar la manifestación. No hay prueba alguna de ello en el material, y la hipótesis se plantea como sospecha, no como hecho. La coincidencia temporal —altercados a las 10 en punto, justo para conectar con el final del Telediario— alimenta esa lectura entre quien sigue las protestas por internet.
El papel de los medios es otro eje: se sostiene que las televisiones extranjeras emitieron solo bengalas, botellas y cargas, como si toda la protesta hubiera sido violenta. La consecuencia práctica es que la indignación espontánea queda secuestrada por el relato, y que el PP, que animó las concentraciones, se desvincula después de los disturbios.
El desgaste de la marca PP-Vox
El balance que se impone es el de dos partidos «que no están a la altura»: uno por convocar sin controlar, otro por esconderse cuando la cosa se tuerce. La acusación más repetida contra el PP es de cobardía: apoyar las protestas y luego desmarcarse «como ratas» para no quedar señalado por la izquierda.
El resultado, según esta lectura, es que la calle deja de ser un activo y se convierte en un pasivo electoral. La protesta contra la amnistía acaba hablando de contenedores quemados, de vallas zarandeadas y de quién manda a quién, no de los 11 millones de votos que sostienen al Gobierno. La ironía final: el partido que quería capitalizar el malestar termina financiando el relato de su adversario.