Lacalle achaca a no salir ni gastar el retraso en comprar casa
La brecha entre el precio de la vivienda y lo que se ingresa por trabajar lleva años instalada en cualquier sobremesa española. Se reavivó con el diagnóstico que se atribuye al economista
Daniel Lacalle, nombre recurrente en la órbita del PP: antes se pagaba una casa en cinco o diez años y hoy hacen falta treinta, y la culpa sería del comprador que se distrae gastando. Frente a ese relato se alza el caso de un padre de familia que antes de cumplir los 30 tenía
casa pagada, coche pagado, tres hijos y 14 años cotizados.
La discusión, sin embargo, no se zanja con una anécdota. Hay cifras de salario, carga fiscal, tipos hipotecarios y coste de la vida que permiten ver dónde encaja el argumento y dónde se rompe.
El argumento del ocio: cuánto se gasta en terrazas y cine
La tesis del gasto tiene su parte medible. Dos cervezas y algo de picar para dos personas rondan los
35 euros; sumar una sesión de cine añade
20 más. La cuenta redonda son
55 euros, unas 9.200 pesetas de las de antes, por una sola salida. Multipliquen por un fin de semana al mes y sale un pico.
El contraargumento señala que esa misma generación que hoy se retrata con el consabido símil de la
tostada de aguacate llenó discotecas, videoclubs y bares durante los años del
boom. Que antes también se gastaba, sólo que en otras cosas. Y que las terrazas a reventar no son un invento de la última década.
Un cálculo que circuló en la discusión lo resume con sorna: ni veinte años sin pisar una cafetería de vaso con el nombre escrito encima dan para la entrada de un piso.
Salario medio contra salario más frecuente: dónde está el desfase
Aquí los números incomodan. El salario medio bruto anual se situó en
28.360 euros en 2022. La cifra sorprende a quien cobra bastante menos, y la explicación es metodológica: la media la distorsionan los sueldos altos, mientras el salario
más frecuente se queda en unos
18.500 euros brutos al año. La mayoría de asalariados vive en la segunda cifra, no en la primera.
El contraste con el coste de la vivienda no necesita adornos. Un piso normal de
Moratalaz o San Blas, barrios sin pretensiones, ronda los
200.000 euros; en el área del Llobregat la cifra es similar. La entrada que exige cualquier hipoteca se acerca a los
40.000 euros.
Con dos sueldos metiendo 2.500 euros en casa, el cálculo más optimista sostiene que hasta sobra para algún capricho. El escenario contrario parte de una nómina de 1.200 euros:
650 de alquiler y unos 115 de suministros dejan
435 euros libres para comer, vestir y vivir.
IVA del 12% al 21% y un IRPF que empezó en el 1%
La carga fiscal es otro eje del desacuerdo. El
IVA se introdujo en 1986 con un tipo del 12% y hoy está en el
21%. El IRPF, por su parte, llegó en
1933 con un mínimo exento de 100.000 pesetas y tipos del 1% al 7,70%; en 1935 se rebajó el mínimo a 80.000 pesetas y el tipo máximo subió al 11%.
De ahí salta la idea de que el Estado se lleva hoy una porción de la renta que antes no existía y que comprime la capacidad de ahorro. También circula la estimación de que un sueldo normal de 1980 debería equivaler hoy a
3.500-4.000 euros para reproducir las mismas condiciones. La cifra no se sostiene sola, pero marca la dirección del descontento.
Sin títulos no había fábrica que te rechazara
El mercado laboral cambió más que el ocio. La generación que ahora se compara entraba a trabajar con 17 años, sin titulación, porque había tal demanda de mano de obra que un semianalfabeto era contratado el mismo día. A los pocos años pasaba a una fábrica grande con mejor sueldo y carrera interna. Hoy esa misma fábrica pide dobles titulaciones e idiomas para un puesto de entrada.
La vida real de la parte baja del mercado aparece en un caso concreto:
40 horas semanales en turnos rotativos en una residencia de ancianos, con salario base en torno a
1.070-1.200 euros. Cualquier imprevisto se come el mes.
Los tipos al 10% y la letra que se comía el sueldo
Conviene no idealizar el pasado.
Los tipos hipotecarios de los años 90 eran del orden de 10 veces superiores a los actuales, y el sistema francés hacía que la letra inicial fuera casi toda intereses. Se podía acabar pagando por la vivienda varias veces su precio. La letra se comía el sueldo, sí.
Aun así, el dato no rescata la tesis del ocio. Había inflación que diluía la deuda, subidas salariales frecuentes y un suelo urbanizable liberalizado que contenía el precio del metro cuadrado. Nada de eso está hoy sobre la mesa.
El punto en el que el análisis se atasca es siempre el mismo: si la brecha se explica por lo que uno gasta o por lo que cuesta una casa. Las dos cosas son verdad. El problema es que la primera se corrige en casa y la segunda, no.