Francia recurre al toque de queda contra la delincuencia
El toque de queda vuelve a Francia. Varias ciudades han decidido imponerlo, según la información difundida, para atajar un aumento de la delincuencia. La medida, que en su día se asoció a la pandemia, reaparece ahora con otra excusa y ha reabierto un debate incómodo: ¿se protege al ciudadano o se le encierra para no reconocer el problema de fondo?
La paradoja es evidente. Un toque de queda limita la libertad de movimiento de la población general, pero no impide que quien ya delinque lo siga haciendo.
Según algunos participantes, el mensaje implícito es que a partir de cierta hora el Estado no puede garantizar la seguridad, así que la responsabilidad se traslada a la víctima potencial: si sales y te pasa algo, la culpa es tuya. Hay quien lo resume con retintín:
liberté, egalité, fraternité.
¿Por qué se impone el toque de queda en Francia?
La versión oficial habla de delincuencia. La no oficial, de gestión de un problema que lleva años creciendo. En el análisis que se hace desde España, muchos señalan que la medida llega tarde y mal:
se aplica a los inocentes, no a los delincuentes. Quien respeta la ley se queda en casa; quien no la respeta, campea a sus anchas. La pregunta que flota es si el toque de queda es una herramienta real o un parche para no afrontar causas más profundas.
La comparación con España es inevitable. Aquí, argumentan algunos, no se atreverían a imponerlo porque implicaría reconocer que existe un problema que ellos mismos habrían creado o tolerado. Otros añaden que, si se hiciera, se aplicaría solo a los nacionales, mientras ciertos colectivos seguirían con sus rutinas sin que nadie les moleste. Es la teoría del
para los míos sí, para los otros no.
El toque de queda como síntoma de Estado fallido
La discusión deriva pronto hacia el concepto de Estado fallido. Si el Estado no puede garantizar la seguridad en ciertas zonas y a ciertas horas, ¿qué es? ¿Un Estado que protege o uno que se protege?
La medida se lee como una rendición encubierta: en lugar de atacar el problema, se gestiona el espacio. Algunos van más allá y sostienen que esto es el aperitivo de un estado policial: primero el toque de queda, luego la ley marcial.
La desconfianza hacia el relato oficial es transversal. Se recuerda que hace unos años criticar ciertas políticas migratorias te convertía en sospechoso. Ahora, los mismos que negaban el problema empiezan a hablar de delincuencia.
El cambio de discurso no es casual: los datos, dicen, se han impuesto a la ideología. Y el toque de queda es la prueba de que algo se está cociendo.
¿Qué pasa con la inmigración y la delincuencia?
El vínculo entre inmigración y delincuencia es el elefante en la habitación. En el análisis que se hace, se distingue entre migrantes y delincuentes, pero se señala que
una parte de los delitos se concentra en barrios con población migrante. La discusión se enreda con la tercera generación: muchos de los implicados ya han nacido en Francia. No es inmigración, es integración fallida, dicen unos; es importación de violencia, replican otros.
La cuestión de fondo es si el toque de queda es una respuesta proporcionada o un parche.
La medida no reduce la delincuencia, solo la desplaza. Y mientras, la sensación de inseguridad crece. Algunos apuntan a que el verdadero objetivo es otro: justificar un control social más amplio. Otros, simplemente, piden que se aplique la ley con firmeza, sin toques de queda ni excepciones.
El futuro: ¿más toques de queda en Europa?
La pregunta no es si el toque de queda funcionará, sino si se extenderá.
Francia suele ser el laboratorio de las políticas que luego llegan al resto de Europa. Si la medida se consolida allí, es cuestión de tiempo que se plantee en otros países. La excusa será la misma: la delincuencia. Y la respuesta, también: más control, menos libertad.
Mientras tanto, la discusión sigue abierta. Unos piden mano dura, otros exigen soluciones de fondo. Lo que nadie discute es que el toque de queda es un síntoma, no una cura.
Y los síntomas, cuando se ignoran, acaban convirtiéndose en enfermedad crónica. ¿Estamos dispuestos a asumir el diagnóstico?