Por qué Linux sigue sin ganar el escritorio frente a Windows
Instalar un programa puede llevar más tiempo que montar el propio ordenador. Eso resume el eterno pulso entre Windows y Linux, que se reabre cada vez que alguien intenta usar el sistema abierto para una tarea tan básica como cargar el IDE de Arduino en un portátil rescatado de un armario.
Una persona relata que reunió
cuatro portátiles antiguos y se quedó con lo mejor de cada uno. Instalar
Windows 10 le llevó seis horas y el equipo «iba de culo». Probó después Lubuntu, la versión ligera de Ubuntu:
cuatro horas y dos instalaciones hasta dejarlo en marcha, tras problemas de configuración inicial. Iba rápido, incluso. Hasta que tocó instalar el IDE de Arduino.
El programa que no arranca dos veces seguidas
El IDE se descargó de la web oficial de Arduino, en versión Linux comprimida, y se lanzó el archivo install.sh. Funcionó la primera vez. Al cerrar la aplicación e intentar reabrirla, ya no arrancaba. Reinstalar, funciona. Cerrar, deja de funcionar. Los tutoriales disponibles mostraban, en el mejor de los casos, a alguien tecleando líneas de comandos a toda velocidad, sin que quedara claro qué se estaba escribiendo. El desenlace, según su propio relato: apagar el portátil, tirarlo a la basura y comprar otro
en Wallapop por 200 euros.
La respuesta no tarda en llegar. Una corriente sostiene que el problema no es el sistema, sino la falta de base: quien no domina la consola es que no quiere aprender, y quien no quiere aprender hará mejor en quedarse en Windows. La contraria replica que,
treinta años después, que aún haya que resolver tareas básicas escribiendo órdenes en una terminal es el lastre que mantiene al escritorio abierto en la marginalidad. Las dos cosas son verdad a medias.
Quién paga realmente el desarrollo de Linux
El relato del Linux marginal choca con un detalle incómodo: el núcleo lo financian IBM, Red Hat, Intel, Huawei, Samsung, Oracle, Meta, Google, Cisco, Toyota, Sony y Citrix, entre otras. Y hay una paradoja que cuesta digerir:
Microsoft gana más dinero en su nube Azure con máquinas Linux que con máquinas Windows, según los datos que la propia compañía publica.
Para buena parte del sector, el escritorio dejó de ser el objetivo hace años. Linux domina servidores, nubes y dispositivos móviles —Android es Linux—, y esa batalla se da por ganada. El escritorio doméstico, en cambio, sigue siendo un frente abandonado que arrastra los mismos problemas de siempre.
La edición multimedia, el punto flojo
Donde el descontento se repite hasta la saciedad es en la creación de contenido. Un fotógrafo señala que interpretar los RAW de ciertas cámaras con herramientas libres da problemas, y resume: «Todo el tema de edición multimedia esta muy en bragas en Linux», aunque reconoce avances en la última década. El montaje de vídeo tampoco se salva: distintas suites se bloquean o se cierran solas, muy por debajo de las alternativas de pago.
El hardware añade otra capa de fricción. Un micrófono USB
HyperX Cloud II lleva
siete años sin funcionar en Ubuntu pese a probarse distintas configuraciones de audio, mientras que en Windows se conecta y funciona sin tocar nada. La causa probable, apuntan, es un error del propio sistema con ese dispositivo concreto.
Donde el sistema abierto sí cumple
Hay excepciones que sostienen el relato contrario. En gaming, Steam y Proton han nivelado mucho la balanza en los últimos años. Y en equipos sencillos para tareas sencillas, la experiencia es otra: hay quien tiene a su
hija de diez años con Debian/Ubuntu en un
HP de 400 euros comprado hace tres años, que arranca en cinco segundos y se apaga en dos. Solo hay que acordarse de guardar los documentos en formatos compatibles para el colegio.
Lo demás, dicen, es adaptación. Quien solo necesita navegar, escribir y ver vídeo puede vivir perfectamente en Linux. Quien depende de Adobe, de firmas digitales concretas o de accesos a aplicaciones corporativas, difícilmente. Quien lleva veinte años en el sistema no vive esos problemas, pero tampoco representa a la mayoría.
Con estos mimbres, la predicción es fácil de formular y difícil de acertar: Linux seguirá ganando cuota donde ya la tiene —servidores, nube, móvil— y seguirá siendo minoritario donde hay que hacerlo todo al primer clic.
A menos que alguien, por fin, acepte que ganar el escritorio pasa por hacerlo aburrido.