La ‘refugiada ideológica’ de El País que estudiaba en Dubái
La joven marroquí que un periódico español convirtió en símbolo de la huida del islam no era pobre, no era perseguida y no tenía un perfil de víctima. Estudiaba en Dubái, se fotografiaba en La Meca y aparecía vinculada a círculos acomodados de Marruecos. Su historia se derrumbó en cuestión de horas, pero la polémica no ha hecho más que empezar.
El diario presentó a Wafae Atid como una refugiada ideológica que quería dejar Marruecos por no sentirse musulmana y por rechazar la mentalidad del país. Su declaración, reproducida como prueba de la opresión islámica, era contundente: «No huyo de Marruecos porque sea pobre o porque no tenga dinero. Quiero dejar Marruecos porque no soy musulmana». El problema es que el perfil público de la joven no cuadraba con esa imagen de mujer acorralada.
Las contradicciones que desmontaron el relato
En redes sociales no tardaron en aparecer las pruebas del desajuste. La misma mujer que decía no sentirse a gusto en Marruecos había participado en la peregrinación a La Meca, uno de los pilares del islam. Las fotografías con iconografía de la familia real alauita y junto a la selección de fútbol tampoco encajan con una huida por persecución religiosa. Y su rastro profesional, con estudios en una escuela de negocios de Dubái y una trayectoria entre Qatar y Emiratos Árabes, eliminaba cualquier sospecha de precariedad.
La herramienta que terminó de rematar la versión oficial fue la sección de «los lectores añadieron contexto» de la red social X, que colocó la historia de Wafae Atid en su justa medida: la de una persona con medios y contactos intentando dejar su país, no la de una víctima desesperada.
Lo que el caso revela sobre la verificación periodística
El episodio ha reabierto el debate sobre cómo contrastan los medios las historias de vida antes de publicarlas. Hay quien sostiene que fue un error de contexto, no un bulo deliberado: la joven podía ser, en efecto, una crítica con el islam que además hubiera participado en rituales religiosos. Pero la rapidez con la que se desmontó el relato sugiere que alguien en la cadena de publicación se saltó las comprobaciones más básicas. Y lo preocupante es que no es un caso aislado: otros medios replicaron la versión antes de comprobarla.
Mientras tanto, la protagonista ha limpiado su perfil de LinkedIn y ha borrado rastro de Dubái, lo que no ha disipado las sospechas. Caben dos lecturas: la del error puntual y la del síntoma de un periodismo que privilegia la declaración emocional sobre el dato verificable. Si se impone la segunda, el problema no es Wafae Atid, sino una profesión que necesita un manual urgente de contraste.