Luna-25: del lanzamiento triunfal al choque contra la superficie lunar
La sonda rusa Luna-25 despegó a bordo de un cohete Soyuz 2.1b desde el cosmódromo de Vostochni rumbo al polo sur de la Luna. Debía aterrizar allí, permanecer alrededor de un año y estudiar el regolito de la superficie, el polvo y las partículas exosféricas. La operación se presentó como una demostración de que el país sigue en condiciones de jugar la partida espacial. Poco después,
Roscosmos admitía que la estación había colisionado contra la superficie lunar. Entre el vídeo del lanzamiento y el comunicado de pérdida hay un manual completo de cómo se construye —y se desmorona— un relato.
Qué era la Luna-25 y qué pretendía estudiar
El módulo debía posarse cerca del polo sur lunar. Su misión: analizar el
regolito, el polvo superficial y las partículas de la exosfera durante
un año. Había expectación por las imágenes que pudiera enviar: algunos señalaron que podrían ser las primeras en color de la superficie lunar tomadas desde el suelo desde las
Surveyor de la NASA en los años 1960, con el matiz de que las últimas habrían sido las del
Lunojod-2 soviético, en 1973. Algunas panorámicas podrían incluso captar la Tierra en el firmamento, muy cerca del horizonte.
El cálculo que ponía en duda la trayectoria del despegue
En el minuto
40:09 del vuelo, según un desglose que circuló en el seguimiento del lanzamiento, el cohete alcanza
10.000 km/h a
110 km de altitud. A ese ritmo —166,6 km por minuto—, sesenta segundos más tarde debería ir bastante por encima de los
276 km. El dato disponible era otro:
141 km. La velocidad implícita caería a unos
1.860 km/h. De ahí se extraía una conclusión gruesa: que había engaño.
La respuesta técnica llegó rápido. Ningún cohete sube en vertical: describe una parábola hacia el este para aprovechar la rotación terrestre y, al alcanzar la velocidad orbital —
27.000 km/h como mínimo—, se mantiene a altura constante. Hablar de una única velocidad vertical es mezclar vectores que no se suman así. También se recordó que la aproximación a otro cuerpo celeste se hace con una
maniobra Hohmann, y que la trayectoria no busca el camino más corto, sino el más eficiente en combustible.
El fallo: de la comunicación perdida al impacto
El comunicado de Roscosmos no dejó margen: la sonda chocó contra la Luna. Antes se había aludido a problemas de comunicación durante la maniobra previa al descenso. Un especialista anónimo de la
industria, citado por prensa rusa, apuntó al impulso de frenado de la maniobra de acercamiento antes del aterrizaje. El fracaso llegaba en plena tensión bélica con Ucrania, y buena parte de la conversación lo leyó como un varapalo para Putin justo cuando no sobraban titulares favorables.
El asunto dejó también frases para el archivo. La idea de que Rusia está empleando solo una fracción de su potencial mientras Occidente se desangra apoyando a Ucrania. La réplica fue inmediata y por el otro flanco: que si la sonda era chatarra, que si el rublo cae, que si la ingeniería de control automático no da para más. Dos relatos, un mismo aparato estrellado en el centro.
Quién compite de verdad en el espacio
El episodio reabrió el asunto de fondo: quién juega la partida espacial y con qué músculo. Los dos nombres que se repiten son
Estados Unidos y
China. Rusia aparece como un tercero que arrastra tecnología heredada de la URSS —motores, diseños y décadas de inversión acumulada— sobre un PIB que no acompaña. En paralelo se cuela la comparación europea, con la
ESA como referencia de lo que no se está haciendo.
Y hay un detalle histórico que se repite: la carrera espacial vuelve a animarse en tiempos de máxima tensión entre potencias, igual que en los años 60. La competición por llegar a sitios nuevos funciona como prolongación de la guerra por otros medios, sin que nadie lo diga en voz alta.
Aparece además la paradoja de los componentes: un aparato de fabricación nacional al que se le atribuyen piezas electrónicas importadas de la UE, Estados Unidos, China o Taiwán. La sanción tecnológica convive con la dependencia tecnológica, y eso incomoda según a quién se le pregunte.
De la Luna al terraplanismo en cinco mensajes
Como casi siempre, la conversación derivó. Del perfil de la misión se saltó a por qué un vuelo Madrid-Canarias tarda más a la vuelta, a la red de satélites GPS —cuyo algoritmo asume que la Tierra es un elipsoide— y a los aficionados a la astronomía que fotografían la Estación Espacial Internacional. El terraplanismo, ese subproducto inagotable, se coló sin invitación y se quedó a cenar.
El punto donde el análisis se atasca es el de siempre. Para unos, Rusia conserva capacidad para lanzar y operar naves interplanetarias, y el fallo entra dentro de lo que le pasa a cualquier programa. Para otros, el resultado desnuda una operación de propaganda sin respaldo técnico. Los datos duros —la colisión confirmada, el año de misión que nunca empezó— no resuelven la disputa. Y ahí sigue, abierta, con la Luna de testigo mudo.