Un mes en Rusia: precios, obras y ciudades que no salen en prensa
Un viajero español vuelve de un mes en Rusia con una conclusión incómoda para el relato dominante: ni el país se cae a pedazos ni las ciudades son el estercolero que le habían prometido. Cinco años sin pisarlo —entre la pandemia y la operación especial— y lo que encuentra es un país que, según su relato, ha mejorado en lo visible.
San Petersburgo, Moscú y varias ciudades provinciales, más una aldea casi deshabitada en la Rusia profunda. El detonante del relato no es geopolítico: es que
se le acabaron las vacaciones.
El viaje arranca en el mercadillo de Udelnaya, en San Petersburgo, cazando objetos soviéticos. Ahí aparece el primer dato duro:
no se puede sacar del país nada con más de 50 años de antigüedad. Se queda en libros. El resto es arquitectura constructivista, Yandex Maps para moverse sin ruso, un partido de copa del Zenit en el Gazprom Arena por
5 euros la entrada —ambiente apático, dice— y el contraste con el Teatro Mariinski, donde ver ballet arranca en
200 euros.
Qué se puede sacar de Rusia y qué no
La normativa sobre bienes culturales es el primer filtro real del viaje. Los objetos soviéticos del mercadillo de Udelnaya son el reclamo, pero la aduana marca la línea en los 50 años. El viajero lo resume sin dramatizar: compró libros y poco más. Para quien planee algo parecido, ese es el dato que conviene tener claro antes de llenar la maleta.
El acceso tampoco es trivial. Con visado de turista se puede entrar por puertos fronterizos como el de Estonia, con colas de varias horas, o volar vía Marruecos, Turquía, Belgrado, Egipto, Georgia o Armenia, más caro pero sin espera. La estancia máxima con ese visado: un mes. Nada de quedarse a probar suerte alargando la estancia.
El desarrollo de las ciudades provinciales que sorprende al visitante
Lo que más le impacta no es Moscú. Es
Penza, donde se ha construido un barrio enorme con playa artificial y viviendas a precios altos. Preguntó si de verdad se vendían a esos precios y la respuesta fue de extrañeza: claro que se venden. Lo mismo en otras ciudades. En paralelo, coches nuevos chinos por todas partes, también en zonas rurales.
La lectura del viajero es que la gente de esas zonas
no vive mal y vive mejor que antes, con percepción de que el nivel de vida sube. Es la parte del relato que más choca con la imagen que se consume fuera. No hay encuesta ni serie estadística detrás: es impresión de calle, y como tal conviene leerla.
Seguridad, limpieza y la ausencia de la queja woke
Otra cosa que le llama la atención es la seguridad en las calles, la limpieza y la gente bien vestida en los museos. Lo formula como contraste con lo que llama la no decadencia woke. Hay quien responde con un matiz de peso: quien estuvo hace una década ya vio calles más limpias que en buena parte de Europa, y quien volvió más tarde describe una mejora notable en Moscú respecto a 2008. La ciudad que era hosca para el peatón hoy tiene un metro que hace innecesario el coche, según esa lectura.
La réplica llega por otro lado: Moscú frío, gigantesco, impersonal, sin una terraza decente en verano, con el coche como rey. Dos retratos incompatibles de la misma ciudad. Lo que sí comparten casi todas las versiones es que
San Petersburgo sale mejor parada que Moscú en belleza urbana.
La Rusia rural: kompot, samagón y gente que ofrece de todo
La parte que el viajero destaca como mejor experiencia es la aldea casi deshabitada. Casa con lo mínimo, retiro espiritual y vecinos que ofrecen pescado seco, kompot, samagón, setas y pelmeni. Quiere volver a investigar cómo se destila el samagón para intentarlo en España. Es la anécdota que resume el tono del relato: más etnografía que geopolítica.
El detalle práctico: cómo se entra a los sitios desde Rusia
Aparece un dato útil y poco glamuroso: determinados foros y webs españolas no abren desde Rusia. Se resuelve con VPN, aunque no todas funcionan. La recomendación que se repite es usar una VPN de pago y hacerlo también en España. Para un viaje de un mes, es el tipo de detalle que decide si puedes seguir leyendo según qué cosas.
El choque de relatos: propaganda occidental contra propaganda inversa
El viajero cierra su crónica con una tesis: lo que cuentan los periódicos de aquí son majaderías y propaganda. La respuesta del otro lado es simétrica y más dura: que si el país es un estercolero, que si los rusos son gentuza, que si quien escribe esto no ha pisado Moscú. Entre esos dos extremos, el material deja un puñado de datos verificables —precios, normas aduaneras, rutas de entrada, obras— y mucha impresión personal disfrazada de conclusión.
¿Cuánto de lo que se cuenta de Rusia es observación y cuánto es relato de guerra en ambos sentidos?