Calor de verano: entre la nostalgia de los 80 y el recibo de la luz
El verano es el verano. Quienes defienden que la ola de calor actual es “lo normal” se agarran a un recuerdo: en los años 80 también se dormía mal, con los mosquitos de compañía. Pero la memoria es selectiva, y mientras tanto la factura de la luz sube, la productividad cae y la infraestructura urbana se resquebraja.
La comparación con los 80 no resiste ni el sarcasmo que provoca. Algunos llevan la cifra a los años 30 o a “antes de nacer”, y no es solo humor: delata que no hay un termómetro común. El meteorólogo lo llamará ola de calor; el vecino, “caloret” de toda la vida. La diferencia entre una anécdota y una tendencia es justo la que falta en la conversación pública: datos largos.
La economía no entiende de añoranza
Cada ola de calor dispara el consumo eléctrico, sobrecarga la red y eleva el coste para los hogares. También encarece la energía cuando el sistema está más tenso. La nostalgia de los 80 no paga el aire acondicionado: lo paga quien lo usa, y lo sufre quien no puede usarlo.
Hay quien sostiene que “el infierno son los demás” y se queda tan ancho; otros responden que el calentamiento es “innegable”. En el medio quedan los que saben que comparar con la infancia no es argumento. La próxima vez que alguien diga que en su época hacía tanto calor, pregúntele cuánto pagaba de luz. El verano siempre llega; la factura, también. Y si alguien sigue negándolo, dentro de veinte años dirá que antes no hacía calor.
Sic transit gloria aestatis.