Zelensky pasa de vetar a Putin a sentarse con sus enviados
En marzo de 2022, con las columnas rusas atascadas en las carreteras del norte, Kiev cortó las negociaciones apenas iniciada la invasión y proclamó que no habría mesa mientras Putin siguiera en el Kremlin. Dos años y medio después, el mismo gobierno que firmó aquel decreto manda a su ministro de Exteriores a China a decir que Ucrania está dispuesta a negociar. El giro no lo anunció un portavoz: lo filtró el Ministerio de Exteriores chino, que citó a su homólogo ucraniano diciendo que las conversaciones deben ser «racionales» y tener «significado práctico». Traducción: alguien en Kiev ha empezado a contar votos en Washington.
Qué ha cambiado para que Zelensky acepte negociar
El detonante tiene fecha y nombre. La elección de Donald Trump como vicepresidente de un candidato que declaró que le importaba «una guano» lo que le pase a Ucrania ha reordenado la baraja. La lectura dominante es que Estados Unidos va a pasar de Ucrania y que Europa se quedará con el muerto.
El 5 de noviembre ya es tarde, resume una de las intervenciones más lúcidas del seguimiento: cuando arranque la campaña, Ucrania pasa «al fondo de las Marianas».
Hay quien sostiene que Zelensky no negocia por estrategia sino por supervivencia. Si Trump retira el paraguas, el flujo de armas y dinero se seca, y con él la capacidad de sostener el frente. La mediación húngara y china encaja en ese cálculo: Budapest lleva meses siendo tratada como traidora por intentar conocer la posición de todas las partes, y Pekín es el único actor con influencia real sobre Moscú que no forma parte de la OTAN. Que Kiev llame a esa puerta es, en sí mismo, el reconocimiento de que la vía occidental se agota.
La ley que prohíbe negociar con Putin sigue en pie
El problema jurídico es de manual. Ucrania aprobó una norma que prohíbe formalmente negociar con la Rusia de Putin. Mientras ese texto no se derogue, cualquier mesa es papel mojado. De ahí que buena parte del análisis más escéptico califique el anuncio de
operación cosmética: se habla de paz para contentar a los futuros padrinos, no porque exista intención de firmarla.
La desconfianza tiene argumentos. Kiev ha tratado con hostilidad a Hungría y Eslovaquia por el simple delito de querer escuchar a las partes. Y el lenguaje elegido —«paz justa y duradera»— es el mismo que se usaba cuando la paz justa significaba derrota rusa. Si el marco mental no ha cambiado, la negociación es un decorado.
Quién paga la reconstrucción y con qué dinero
Aquí el debate se vuelve aritmética. Las estimaciones que circulan hablan de una factura de reconstrucción que arranca en
500.000 millones de dólares y puede llegar a los dos billones. Occidente asumía que Moscú pagaría la cuenta; Moscú no tiene intención de hacerlo y, si empata sobre el terreno, menos todavía. La conclusión que se repite es incómoda: Ucrania entra en la UE, no en la OTAN, Rusia se compromete a no cruzar el Dniéper y la reconstrucción se reparte entre Bruselas y Moscú.
El escenario alternativo es el de Vietnam: convertir el país en una sangría permanente para Rusia. Requiere, eso sí, que Europa aguante años de guerra con su economía y que los turcochinos mantengan moral y paciencia. Nadie ha explicado aún de dónde sale ese aguante.
El frente no se ha movido y el relato tampoco
Mientras se discute la mesa, el mapa sigue igual. Dos años después de las columnas de 64 kilómetros y de los pronósticos de tomar Lisboa en tres días, el segundo ejército del mundo no ha conseguido tomar una ciudad rusófona a 30 kilómetros de su frontera. Cada jornada se contabilizan alrededor de
1.500 bajas rusas, según las cifras que maneja la parte ucraniana. Ese es el dato que sostiene la moral de unos y desespera a otros.
El cierre lo da la propia evolución del discurso. El mismo gobierno que vetaba cualquier contacto ha terminado pidiendo a China que organice la segunda cumbre de paz. Si eso no es aceptar que la victoria militar no llega, que alguien explique qué es.