Zelensky posa en Vogue mientras Ucrania sigue en guerra
Una portada de revista de moda. Un presidente en campaña de imagen. Y un país en guerra. La aparición de Volodímir Zelensky y su esposa en la revista Vogue, con una sesión de fotos en plena contienda, ha encendido a propios y extraños. La imagen, publicada en un contexto en el que, según críticos del presidente, se moviliza forzosamente a ucranianos de entre 18 y 75 años, ha sido calificada de «burla» y «postureo» incluso por sectores que hasta ahora defendían al líder ucraniano. El malestar no viene solo de Rusia o de los críticos habituales: la foto ha incomodado dentro de casa.
Una sesión de fotos que indigna en plena movilización
El contraste es difícil de digerir. Mientras, según sus críticos, miles de ucranianos son enviados al frente, Zelensky y su mujer posan para una cabecera de moda. La escena ha sido descrita como un insulto a quienes están en una trinchera cubiertos de barro. La crítica no se limita al bando prorruso: incluso analistas que habían defendido la resistencia ucraniana consideran que la operación de imagen daña la credibilidad del presidente. «La foto ha sido un tiro», resume una corriente de opinión que apunta a que el daño puede ser más que reputacional.
La revista Vogue, que en el momento de la publicación acumulaba más de 100.000 «me gusta» en sus redes, es leída por un público acomodado que, según se argumenta, no sigue el conflicto con la misma intensidad que las noticias duras. La elección del medio no es casual: se trata de una audiencia influyente, con capacidad de presión sobre gobiernos. La pregunta es si ese público se moviliza con una portada o con un informe sobre el terreno.
El argumento de la propaganda: ¿a quién beneficia la imagen?
Hay quien sostiene que la operación forma parte de una estrategia de comunicación más amplia. La guerra, se argumenta, se libra también en el terreno del marketing. Y en ese terreno, Zelensky ha sido un actor eficaz. La portada, sin embargo, ha sido leída por muchos como un exceso. «El postureo, la falta de seriedad y el insulto a los que mueren ahora mismo», resume una de las críticas más repetidas.
La comparación con otros líderes es inevitable. Se menciona el caso de Sadam Husein, capturado sin que su mujer apareciera en una revista de moda. También se recuerda el concierto de Bono en el metro de Kiev, una operación de imagen que ya generó división. La diferencia es que aquel gesto se interpretó como un apoyo simbólico; este, como una frivolidad.
El desgaste del relato: de héroe a figura controvertida
El desgaste del relato oficial es visible. Durante meses, Zelensky fue presentado como un líder heroico que resistía la invasión. La portada en Vogue ha roto esa imagen para una parte de la opinión pública. «La gente acepta que les vendan a un figurante heroico y traga sin criterio, pero si ese mismo figurante se dedica a posturear, muchos menos lo comprarán», señala un análisis que circula en redes.
La crítica no es unánime. Hay quien defiende que la sesión de fotos es una herramienta más de comunicación y que Zelensky tiene derecho a desconectar. Pero incluso entre quienes le apoyan, la elección del medio y el momento genera dudas. La guerra no ha terminado. La movilización continúa. Y la imagen del presidente en una revista de moda, con su esposa, compite con la de los soldados en el frente.
El contexto que no se ve: corrupción y acuerdos bajo sospecha
Más allá de la portada, el desgaste tiene raíces más profundas. Se mencionan los acuerdos de Minsk, anulados unilateralmente, y la presencia de nuevas bases de la OTAN en territorio ucraniano. También se alude a los papeles de Panamá y a la empresa gestora del gas ucraniano, en la que habría participado Hunter Biden. Son acusaciones que circulan sin resolución judicial firme y que forman parte del ruido de fondo del conflicto.
La guerra, mientras tanto, sigue. Los misiles y las discotecas conviven en el verano más extraño de Ucrania. La portada de Vogue es solo un síntoma. El malestar que ha generado no se limita a un sector: atraviesa el arco político y mediático. Y eso, para un presidente en guerra, es una señal que conviene no ignorar.
La discusión sobre el papel de los medios y la propaganda en conflictos armados no es nueva. Lo que sí es nuevo es la velocidad con la que una imagen puede erosionar un relato construido durante meses.