Kissinger pide meter a Ucrania en la OTAN en julio y el mundo contiene la respiración
Henry Kissinger cumplirá 100 años el 27 de mayo. A esa edad, y desde su oficina del piso 33 de un edificio art déco en el centro de Manhattan, el que fuera secretario de Estado con Nixon y Ford ha concedido una entrevista a
The Economist en la que sostiene que Ucrania debe entrar en la
OTAN. La fecha que se maneja para la cumbre de la Alianza es julio, en Lituania. A partir de ahí, el resto es una cadena de consecuencias que cada cual rellena como quiere: artículo 5, guerra directa con Rusia, arsenal nuclear en activo y europeos en el frente. El hombre que abrió China a Nixon en 1972 —vía Operación Marco Polo, con escala secreta en Pakistán— vuelve a mover el tablero.
Qué dice exactamente Kissinger sobre Ucrania y la OTAN
En la entrevista, Kissinger constata que los europeos repiten que no quieren a Ucrania dentro porque es demasiado arriesgado, y que por eso se limitan a armarles. La lectura que se extrae del texto es que el veterano diplomático da por hecho que Rusia perderá la mayor parte del territorio ocupado y que, con ese escenario, la incorporación ucraniana deja de ser una temeridad para convertirse en una pieza del nuevo equilibrio. Hay quien lee ahí una advertencia envenenada: si Occidente quiere una guerra suicida, que lo haga ya y sin disimulos.
La letra pequeña importa. La OTAN exige unanimidad de los 31 miembros y no admite países en conflicto activo. Con un solo socio que se descuelgue, no hay entrada. Y Ucrania lleva más de un año en guerra abierta. Ese detalle, repetido en foros y en pasillos, desmonta la tesis del ingreso inminente sin necesidad de invocar a Moscú.
El artículo 5 y el escenario de guerra directa con Rusia
El artículo 5 es el mecanismo de defensa colectiva: un ataque contra un miembro se considera ataque contra todos. Si Ucrania entra y el conflicto sigue vivo, la Alianza hereda la guerra el día de la firma. Ahí es donde el análisis se parte en dos. Un sector sostiene que la OTAN nunca ha tenido estómago para un choque frontal con una potencia nuclear y que solo se ha movido contra países sin capacidad de respuesta. Otro recuerda que la escalada ha sido constante: primero líneas rojas, luego tanques, después armamento de largo alcance, aviones. Cada paso parecía imposible antes de darse.
El control de armamento añade ruido. Existe un acuerdo mutuo entre Rusia y Estados Unidos para inspeccionar los arsenales del contrario. Según se comenta, las instalaciones rusas no están operativas. Si Moscú se ve en guerra con la OTAN, su arsenal nuclear es lo único que garantiza su supervivencia. Que lo deje pasar no encaja con ningún manual.
Kissinger, el personaje que nadie deja en paz
Pocas figuras arrastran tanto lastre. Se le atribuye haber estado al tanto del golpe en Chile de 1973, cuando era secretario de Estado de Nixon; documentos desclasificados y declaraciones del general Prats apuntan en esa dirección. También se le vincula con la protección de dictadores africanos y con la sombra del caso Carrero Blanco. Y sobre su cabeza planea una acusación recurrente desde los años cincuenta: la de haber sido reclutado por los servicios soviéticos durante la Segunda Guerra Mundial, cuando servía en el Cuerpo de Contrainteligencia del Ejército estadounidense. Un coronel polaco, Goleniewski, lo habría señalado como parte de una red de espionaje. Nunca hubo condena ni prueba firme.
Ese currículum explica por qué cada frase suya se lee con lupa. También por qué hay quien directamente descarta que haya dicho lo que se le atribuye, o sospecha que se ha sacado de contexto.
Quién iría al frente si la cosa se tuerce
La conversación deriva rápido hacia el reclutamiento. Hay quien recuerda que España tiene una bolsa de residentes extranjeros en edad militar y sugiere que vayan primero. Otros responden que ni Ceuta ni Melilla ni Bruselas justifican un fusil. Y aparece la vieja idea de que un día llaman a la puerta un militar y un policía y te mandan al frente. La discusión sobre quién muere y por qué orden es, en el fondo, la única pregunta que importa cuando se habla de guerra.
El detalle que descoloca no es la edad de Kissinger ni su historial. Es que la cumbre de la OTAN de julio en Lituania ya está en el calendario, que los países bálticos y Polonia llevan meses empujando y que el ingreso ucraniano sigue chocando con la misma pared: unanimidad y ausencia de conflicto. Con esos mimbres, la guerra que unos dan por segura y otros por imposible depende de una firma que nadie ha puesto todavía.