Zelensky viajará a Madrid para firmar un acuerdo bilateral con Sánchez
El presidente ucraniano, Volodímir Zelensky, tiene previsto viajar a Madrid en los próximos días para firmar con Pedro Sánchez un acuerdo bilateral de seguridad. La noticia, adelantada por la Cadena SER, ha caído como un jarro de agua fría en una parte de la opinión pública española que no entiende por qué España se compromete con un país en guerra sin pasar por el Congreso. El acuerdo, según la información disponible, se enmarca en la estela de los compromisos bilaterales que varios países europeos han ido cerrando con Ucrania, pero en España ha reabierto la herida de siempre: ¿hasta dónde nos metemos en un conflicto que no es el nuestro?
El acuerdo bilateral, sin pasar por el Congreso
La firma de un acuerdo bilateral de seguridad con Ucrania implica, sobre el papel, un compromiso de apoyo militar y financiero a medio plazo. El problema, señalan las voces críticas, es que ese tipo de compromisos se están adoptando por vía ejecutiva, sin debate parlamentario y sin consulta popular. «¿Quién le ha dado permiso al Doctor Sánchez para firmar ese acuerdo en nombre de todos los españoles?», resume una de las objeciones más repetidas. La queja no es solo formal: afecta a la naturaleza misma de un pacto que, si se materializa, podría arrastrar a España a una lógica de confrontación directa con Rusia.
Hay quien sostiene que un acuerdo bilateral de seguridad debería ser recíproco, y que si Ucrania no está en condiciones de defender a España de una hipotética amenaza en el norte de África, el pacto se convierte en un cheque en blanco. «Si nos ataca Marruecos, ¿Ucrania nos va a ayudar?», se pregunta con retintín. La ironía no oculta el fondo: la percepción de que España aporta y no recibe.
El coste económico y la fatiga de la ayuda
El segundo gran eje del rechazo es el dinero. La ayuda a Ucrania se percibe como una sangría de fondos públicos que salen de los impuestos de los españoles sin contrapartida visible. «Zelensky viene a sacarnos unos millones de euros robados por la fuerza de nuestros impuestos», resume una postura que, con distintos grados de virulencia, recorre buena parte de las críticas. La sombra de la corrupción planea sobre el debate: hay quien directamente sugiere que el destino de los fondos no está claro.
Frente a esto, la
defensa oficial del acuerdo se apoya en la idea de que Ucrania se está defendiendo de una invasión y que apoyarla es una obligación moral y estratégica. «Ucrania sí está en guerra, por tanto Ucrania sí está en guerra», se argumenta desde el otro lado, subrayando que las ciudades ucranianas están siendo bombardeadas y que España no puede mirar hacia otro lado. La discrepancia no es tanto sobre los hechos como sobre el grado de implicación que corresponde a España.
La OTAN, el elefante en la habitación
El acuerdo bilateral se lee en clave OTAN. Para unos, es un paso más hacia la integración de Ucrania en la Alianza Atlántica, algo que Rusia ha señalado como línea roja. «Firma un acuerdo bilateral de seguridad con un país en guerra de espaldas al Congreso, y además garantiza su apoyo para que Ucrania entre en la OTAN», se critica. Para otros, la OTAN ya ha cambiado sus reglas de juego: se apunta que los ministros de Defensa de la Alianza habrían modificado sus estatutos para permitir entrar en guerra sin invocar el artículo 5 y sin unanimidad. Si eso es así, el margen de maniobra de España se reduce drásticamente.
La discusión deriva hacia si España debería seguir en la OTAN o someterlo a plebiscito. «Cuestiones como si se declara una guerra a alguien deberían ser objeto de plebiscito», se plantea. No es una postura mayoritaria, pero sí sintomática de un malestar más amplio con la política de defensa europea.
Zelensky, entre el desdén y la caricatura
El tono de una parte del debate desciende al insulto y a la burla personal. Se ridiculiza la vestimenta del presidente ucraniano, se le acusa de venir a pedir dinero y se especula con supuestos problemas personales. Es el registro menos presentable del asunto, y conviene no confundirlo con la crítica política legítima. Lo relevante, más allá del ruido, es que la visita se percibe como una imposición de la agenda exterior sobre las prioridades domésticas.
¿Qué se juega España con este acuerdo?
El acuerdo bilateral con Ucrania no es un hecho aislado: forma parte de una estrategia coordinada de varios países europeos para blindar su apoyo a Kiev ante la incertidumbre sobre el futuro respaldo estadounidense. Para España, el compromiso tiene implicaciones militares, económicas y diplomáticas que van más allá de la foto. La pregunta que queda en el aire es si ese compromiso se ha explicado lo suficiente a los ciudadanos o si, por el contrario, se está gestionando por la vía de los hechos consumados.
Mientras tanto, la visita sigue adelante. Y con ella, la sensación de que decisiones de calado estratégico se adoptan sin que nadie haya preguntado a los españoles si quieren formar parte de ellas.