Zwickau, la apuesta eléctrica de Volkswagen, se tambalea: ¿fabrican coches chinos?
La planta sajona de Zwickau, que Volkswagen convirtió en el buque insignia de su transformación hacia la movilidad eléctrica, se enfrenta a un cierre que pondría en la calle a 10.000 trabajadores. La solución que plantea el ministro de Economía del lander, Dirk Panter, no tiene precedentes: que la factoría fabrique modelos de marcas chinas. La ironía es tan gruesa que duele.
Quienes diseñaron la estrategia eléctrica de VW contaban con que la demanda acompañaría. No fue así. La penetración del eléctrico se ha estancado en Europa y los gigantes chinos, con costes imbatibles, copan el mercado. Alemania se encuentra ahora suplicando a quienes antes despreciaba, un giro que ha desatado la mofa y la reflexión a partes iguales.
El debate sobrevuela las plantas españolas del grupo. Desde Landaben a Pamplona, los trabajadores observan el desenlace de Zwickau como un aviso. Si Alemania, la locomotora industrial, necesita recurrir a capital y tecnología china, ¿qué pueden esperar las factorías de la periferia? La política de aranceles a productos chinos y la paradoja de pedirles que instalen fábricas aquí pone de relieve una contradicción estratégica que nadie en Bruselas o Berlín ha sabido resolver.
La pregunta queda abierta: ¿es Zwickau el principio del fin de la automoción europea o una corrección necesaria para sobrevivir?