No, tranquilo, pretendo retomar el orden de lectura, sólo pasé a la parte que, a priori, me interesa más porque de la otra no estaba sacando demasiado en claro, no tanto de los ejemplos como de las propias explicaciones del autor.
De todas maneras, y retomando un tema que se trata en el libro -el del lenguaje daimónico-, el autor desvela que la forma terrenal más empapada del mundo astral corresponde a la expresión de la poesía y de la música (y yo añado la de los bardos), para ello pone entre otros ejemplos a Yeats, al que también menciona respecto a los seres feéricos (hadas) irlandeses.
El caso es que a raíz de Yeats me acordé de El crepúsculo celta de Javier Marías y, al ponerme a buscarlo, me topé con este libro: "Cinco poetas contemporáneos" con poesías de Yeats, Kavafis, Trakl, Apollinaire y Södergran, así que siguiendo el espíritu un poco difuso del libro he decidido poner una poesía de cada uno de ellos para ejemplificar lo del lenguaje poético que nos plantea en la tercera parte y el por qué los mensajes transmitidos por los dáimones son, a menudo, crípticos. También creo que hay una diferencia entre la escritura de los cuatro hombres y la de la mujer y no me estoy refiriendo sólo a temas o estilo. A ver qué os parece a vosotros, en general.
YEATS
La canción de Aengus el vagabundo
Fui al bosque de avellanos,
Porque sentía un fuego en mi cabeza,
Y corté y pelé una rama de avellano,
Y enganché una baya en el hilo;
Y mientras volaban las polillas blancas,
Y estrellas como polillas titilaban,
Solté la baya en el arroyo
Y atrapé una pequeña trucha dorada.
Cuando la hube dejado en el suelo
Fui a avivar las lenguas fuego,
Pero algo susurró en el suelo,
Y alguien me llamó por mi nombre:
Se había convertido en una joven de sutil resplandor
Con flores de manzano en su cabello
Que me llamó por mi nombre y corrió
Y se desvaneció en el claro aire.
Aunque ya estoy viejo para vagar
Por tierras bajas y tierras montañosas,
Descubriré dónde se ha ido,
Y besaré sus labios y tomaré sus manos;
Y caminaré por la larga hierba de colores,
Y aferraré hasta el fin de los tiempos
Las plateadas manzanas de la luna,
Las doradas manzanas del sol.
KAVAFIS
Voces
Idealizadas voces de aquellos que han perecid
o de aquellos que para nosotros
se han perdido, como perecid.
Algunas veces en nuestros sueños hablan,
alguna vez la imaginación los oye en la mente
y en su eco, por momentos, regresan
con la primera poesía de nuestras vidas,
como una melodía que se pierde en la noche lejana.
Cosas peligrosas ( y yo añado, menuda patraña creerse este poema)
Minias (estudiante sirio en Alejandría,
durante el reinado de Augusto Constancio,
parte pagano y parte cristiano) decía:
"Fortalecido por la meditación y el estudio,
no cuidaré mi posición como un fistro;
sin temor, entregaré mi cuerpo a la sensualidad,
a los goces que he soñado,
a los deseos eróticos más audaces
y a los impulsos lascivos de mi sangre.
Porque cuando lo desee, tendré el equilibrio,
fortificado por la meditación y el estudio.
En un momento de crisis,
encontraré mi alma como antes: ascética".
GEORG TRAKL
Primavera del alma
Grito en el sueño,
por calles oscuras avanza el viento,
del ramaje aflora el azul primaveral,
el rocío púrpura de la noche adviene
y alrededor se apagan las estrellas.
Verde amanece el río, plateados son los paseos antiguos
y las torres de la ciudad. Ah, la suave embriaguez
de la barca que se desliza y el oscuro cantar del mirlo
en jardines de la infancia. Ya se aclara el rosado velo.
Las aguas murmuran ceremoniosas.
Ah, las húmedas sombras de la pradera,
el animal que avanza; intenso verdor,
los ramajes floridos tocan la frente cristalina;
vívido balanceo de la barca.
El sol murmura sobre las nubes rosadas de la colina.
Grande es el silencio de los abetos,
las graves sombras en el río.
¡Pureza! ¡Pureza!
¿Dónde están las terribles veredas de la gloria,
del gris silencio pétreo, las rocas nocturnas
y las inquietas sombras? Radiante abismo del sol.
Hermana, cuando te encontré
en el claro solitario del bosque
era mediodía y vasto el silencio del animal;
blanca estabas bajo una encina silvestre
y florecía plateado el espino.
Poderosa la gloria y la llama que canta en el corazón.
Oscuras aguas rodean el juego de los peces.
Hora de la desolación, silenciosa vista del sol.
Es un ser extraño el alma en la tierra.
Sagradamente anochece el azul sobre el bosque abatido
y repica una sombría campana en la aldea;
compañía apacible.
Sobre los pálidos párpados del perecid
florece el mirto silencioso.
Suaves suenan las aguas al declinar la tarde
y en la orilla verdea con intensidad la hierba,
fulgor en el viento rosado;
el dulce canto del hermano en la colina crepuscular.
APOLLINAIRE (éste es brutal)
Onirocrítica
Las ascuas del cielo estaban tan cerca que yo temía su ardor. Estaban a
punto de quemarme. Pero yo me daba perfecta cuenta de las eternidades diferentes
del hombre y de la mujer. Dos animales distintos se acoplaban y los rosales
amugronaban pámpanos grávidos de racimos de lunas. De la garganta
del […] salieron llamas que flordelisaron el mundo. Un armiño albeaba entre
los mirtos. Le preguntamos la causa del falso invierno. Me tragué rebaños
oscuros. Orkenise apareció en el horizonte. Nos dirigimos hacia esta ciudad
recordando con pena los valles donde los manzanos cantaban, silbaban y rugían.
Pero el canto de los campos cultivados era maravilloso:
Por las puertas de Orkenise
quiere entrar un carretero.
Por las puertas de Orkenise
salir quiere un pordiosero.
Y los guardias de la villa
persiguiendo al pordiosero:
"—¿Qué tomaste de la villa?"
"—Dejé el corazón entero".
Y los guardias de la villa
persiguiendo al carretero:
"—¿Qué traes para la villa?"
"—Casar mi corazón quiero".
¡Corazones de Orkenise!
Cómo reían los guardias,
la senda es gris, pordiosero,
el amor gris, carretero.
Bellos guardias de la villa
tejían muy diestramente;
y las puertas de la villa
se cerraron lentamente.
Pero yo me daba perfecta cuenta de las eternidades diferentes del
hombre y de la mujer. El cielo amamantaba sus felinos. Entonces, sobre
mi mano advertí manchas carmesíes. Hacia la mañana, los piratas se llevaron
nueve navios anclados en el puerto. Los monarcas se alegraron y las
mujeres no querían lamentarse por los perecid. Preferían a los antiguos
reyes, más viriles en el amor que los viejos perros. Un verdugo deseó ser
inmolado en lugar de la víctima. Le abrieron el vientre. Vi cuatro I, cuatro
O, cuatro D. Nos sirvieron carne fresca y después de comerla crecí súbitamente.
Personaje parecidos a sus árboles abusa sepulcros antiguos. Llamé
a una de estos animales sobre el que crecían hojas de laurel. Me trajo una
cabeza hecha de una sola perla. La cogí en mis brazos y la interrogué
luego de amenazarla con arrojarla al mar si no me respondía. Esta perla
era ignorante y el mar la sumergió.
Pero yo me daba perfecta cuenta de las eternidades diferentes del
hombre y de la mujer. Dos animales distintos se amaban. Sin embargo sólo
los reyes no morían de aquella risa y veinte sastres ciegos acudieron con
el objeto de cortar y coser un velo destinado a cubrir el ónix amarillo. Yo
mismo los dirigía a reculones. Hacia el anochecer, los árboles se fueron
volando, los personaje permanecieron inmóviles y yo me vi centuplicado. El
grupo que yo era se sentó junto al mar. Grandes navios de oro cruzaban el
horizonte. Y cuando cayó la noche, cien llamas acudieron a mi encuentro.
Procreé cien niños cuyas nodrizas fueron la luna y la colina. Ellos
amaron a los reyes deshuesados que agitaban en los balcones. Llegué a la
ribera de un río, lo cogí con las dos manos y lo blandí. Esta espada apagó
mi sed. Y la fuente que languidecía me advirtió que si detenía al sol lo
vería, en realidad, cuadrado. Centuplicado nadé hacia un archipiélago. Cien
marineros me acogieron y conduciéndome a un palacio, me cancelar
noventa y nueve veces. En ese momento rompí a reír y bailé mientras ellos
lloraban. Bailé a cuatro patas. Los marineros temían moverse porque tenía
el espantoso aspecto de un león.
A cuatro patas, a cuatro patas.
Mis brazos y mis piernas se semejaban y mis ojos multiplicados me
coronaban atentamente. Luego, me levanté para bailar como las manos y
las hojas.
Usaba guantes. Los habitantes de la isla me llevaron a sus huertos para
que cogiese frutos parecidos a mujeres. Y la isla, a la deriva, fue a colmar
un golfo y en la arena brotaron súbitamente árboles rojos. Un animal blando
cubierto de blancas plumas cantaba inefablemente y todo un pueblo lo
admiraba sin descansar. Encontré en el suelo la cabeza hecha de una sola
perla que lloraba. Blandí el río y la muchedumbre se dispersó. Los
ancianos comían apio e, inmortales, no sufrían más que los perecid. Yo
me sentí libre, libre como una flor en su estación. El sol no era más libre
que un fruto maduro. Un rebaño de árboles pacía estrellas invisibles y la
aurora le daba la mano a la tempestad. La influencia de la sombra se sintió
entre los mirtos. Todo un pueblo amontonado en un lagar sangraba cantando.
Hombres brotaron del licor que corría del lagar. Blandían otros ríos
que se entrechocaban con sonido de plata. Las sombras salieron de entre
los mirtos y se fueron a los pequeños jardines que regaba un pulular de
ojos de hombres y de bestias. El hombre más hermoso me cogió por la garganta,
pero logré derribarlo. De rodillas, me mostró los dientes. Los toqué
y salieron sonidos que se convirtieron en serpientes del tonalidad de las castañas
y su idioma se llamaba Sainte Fabeau. Desenterraron una raíz transparente
y comieron de ella. Era del tamaño de un nabo.
Y mi río en reposo los sumergió sin ahogarlos.
El cielo estaba lleno de heces y cebollas. Yo maldecía los astros
indignos cuya claridad se derramaba sobre la tierra. Ya no aparecía ninguna
criatura viviente. Pero se elevaban cantos de todas partes. Visité ciudades
vacías y cabanas abandonadas. Recogí las coronas de todos los reyes e
hice con ellas al ministro inmóvil del mundo locuaz. Navios de oro, sin
marineros, cruzaban el horizonte. Inmensas sombras se perfilaban sobre
las velas lejanas. Varios siglos me separaban de aquellas sombras. Me
desesperé. Pero yo me daba perfecta cuenta de las eternidades diferentes
del hombre y de la mujer. Sombras distintas oscurecían con su amor la
púrpura de las velas, mientras que mis ojos se multiplicaban en los ríos, en
las ciudades y sobre la nieve de las montañas.
[Publicado en La Phalange № 20. París, 15 de febrero de 1908]
SÖDERGRAN
¿Qué hay mañana?
¿Qué hay mañana? Tal vez tú no.
Tal vez otros brazos y un nuevo contacto y un dolor semejante…
Te dejaré con una certeza sin igual:
Volveré como una parte de tu propio dolor.
Vendré a ti de otro cielo con una nueva decisión.
Vendré a ti de otra estrella con la mirada igual.
Vendré a ti con mi antiguo anhelo en otros rasgos.
Vendré a ti extraña, mala y fiel
con los pasos de un felino de la patria desértica de tu corazón.
Me combatirás dura e impotentemente
tal como se combate su destino, su felicidad, su estrella.
Sonreiré y arrollaré hilos de seda en uno de mis deseos
y esconderé el pequeño ovillo de tu destino
en los pliegues de mi traje.
La red
Tengo la red donde van todos los peces.
La dicha expande el sereno pecho de la pescadora
cuando arrastra el fardo plateado.
Cargo mis hombros con todas las riquezas de la tierra.
Os llevo, os llevo a un estanque de ensueño.
En la orilla hay un pescador con una caña de oro.
En algún sitio hay dioses detrás de los bosques más densos,
nosotros, los niños extraviados, no queremos ir a otra parte sino
allá.
Ir a buscar el sol llameante del porvenir detrás del bosque.