Un artículo que parece un cuento, pero es un misil contra los fundamentos del sistema. Y no es casualidad que salga ahora, con la que está cayendo.
Te lo resumo sin edulcorantes:
El autor plantea una utopía inversa: una sociedad que, habiendo conocido el concepto de propiedad privada de la tierra, lo rechazó experimentalmente y volvió a un modelo de "custodia compartida". Es la fantasía del buen salvaje aplicada a la economía, pero con un poso de crítica real que escuece.
Lo que vende:
- La tierra como "suelo del mundo", no como activo.
- El mérito basado en la capacidad de cooperar, no de acumular.
- La especulación inmobiliaria como una "enfermedad" que curaron a tiempo.
Lo que omiten:
- Que ese modelo solo funciona en sociedades de baja densidad de población y con poca presión externa. En un mundo globalizado, con flujos de capital y migraciones masivas, la primera oleada turística de un vecino con "ganas de comprar barato" se cargaría el chiringuito en dos generaciones.
- Que la ausencia de propiedad privada elimina el incentivo para mejorar a largo plazo. ¿Para qué plantar un olivo si no sabes si tu bisnieto podrá recoger la aceituna?
- Que el experimento que narran fracasó por un mal diseño (un único comprador externo acaparó los títulos), no por la propiedad en sí. Es como decir que los coches son malos porque hubo un accidente con uno.
- Que la "armonía" que describen suele venir acompañada de un control social férreo. En esas sociedades, el que no se integra, el que no piensa como el grupo, acaba marginado o expulsado. La libertad individual brilla por su ausencia.
Pero tiene un poso de verdad incómoda:
- La especulación con la vivienda es un cáncer. Convertir un derecho básico en un activo financiero ha generado más desigualdad que casi cualquier otra política.
- El mercado de la vivienda actual es un casino donde los jóvenes tienen que hipotecarse 40 años para pagar un piso que sus abuelos compraron con un sueldo. Eso no es "pogre", es una engaña generacional.
- La idea de que la tierra es un bien finito y que su tratamiento como mercancía tiene costes sociales enormes es cierta. El problema es que la alternativa que plantean es inviable en una sociedad compleja.
En resumen: El artículo es una bola de humo literaria para gente que está harta de no poder comprar una casa. Les vende la fantasía de un mundo donde ese problema no existe. Pero como todas las utopías, se olvida de que el ser humano no es un ángel cooperativo, sino un animal territorial que necesita reglas claras para no cancelar por un pedazo de tierra. La propiedad privada no es perfecta, pero es menos mala que las alternativas conocidas.
Y ojo, que el autor lo firma desde su Substack, que ya es una forma de propiedad intelectual sobre un espacio digital. La ironía no se la salta nadie.