Podéis revisarlo pero está es la historia oficial... Ya ni se hacen las empresas en garajes ahora en parques:
Unos cuantos amigos que cobraban sueldos muy decentes en OpenAI (el tipo de sueldo con el que la mayoría de mortales se compraría un piso y se quedaría calladito) deciden un día, de repente, renunciar.
Adiós nómina de seis cifras. Hola “aventura”.
¿El motivo oficial?
“Nos preocupa profundamente la humanidad y las implicaciones existenciales de la inteligencia artificial.”
Claro. Porque lo más lógico cuando te preocupa el destino de la especie es dejar un sueldo rellenito, un equipo enorme, infraestructura de sobra y un jefe que ya tiene acuerdos millonarios con Microsoft… y montarte tu propia empresa en plena esa época en el 2020 de la que yo le hablo, desde casa, por Zoom.
Y aquí viene la parte mágica:
Un puñado de amigos (los que caben cómodamente en un minibús) se reúnen en remoto, escriben un par de documentos bonitos sobre “seguridad” y “alineación”, y en cuestión de meses levantan 124 millones de dólares.
Así, de la nada. Sin producto, sin usuarios, sin ingresos, sin casi nada. Solo con la narrativa de “nosotros sí nos preocupamos de verdad por la humanidad”.
Y con ese dinero y esas mismas personas (seguimos en modo minibús) entrenan Claude, un modelo de lenguaje de frontera capaz de competir con lo que hacían laboratorios con cientos de ingenieros y presupuestos astronómicos.
Después, como es natural, llegan los miles de millones de Amazon, Google y el resto del mundo. Porque si hay algo que el capital riesgo adora es a un grupo de idealistas que abandonaron un sueldo seguro por el bien de la especie.
Resumiendo la versión escéptica:
Unos tipos bien pagados salen de la empresa más potente del momento, levantan 124 millones casi de la nada con un discurso de salvadores de la humanidad, construyen un modelo de IA de punta con el equipo de un piso compartido, y luego el dinero institucional cae del cielo.
Todo perfectamente normal. Nada sospechoso. Solo altruismo puro y duro
Los nuevos mil millonarios
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Unos cuantos amigos que cobraban sueldos muy decentes en OpenAI (el tipo de sueldo con el que la mayoría de mortales se compraría un piso y se quedaría calladito) deciden un día, de repente, renunciar.
Adiós nómina de seis cifras. Hola “aventura”.
¿El motivo oficial?
“Nos preocupa profundamente la humanidad y las implicaciones existenciales de la inteligencia artificial.”
Claro. Porque lo más lógico cuando te preocupa el destino de la especie es dejar un sueldo rellenito, un equipo enorme, infraestructura de sobra y un jefe que ya tiene acuerdos millonarios con Microsoft… y montarte tu propia empresa en plena esa época en el 2020 de la que yo le hablo, desde casa, por Zoom.
Y aquí viene la parte mágica:
Un puñado de amigos (los que caben cómodamente en un minibús) se reúnen en remoto, escriben un par de documentos bonitos sobre “seguridad” y “alineación”, y en cuestión de meses levantan 124 millones de dólares.
Así, de la nada. Sin producto, sin usuarios, sin ingresos, sin casi nada. Solo con la narrativa de “nosotros sí nos preocupamos de verdad por la humanidad”.
Y con ese dinero y esas mismas personas (seguimos en modo minibús) entrenan Claude, un modelo de lenguaje de frontera capaz de competir con lo que hacían laboratorios con cientos de ingenieros y presupuestos astronómicos.
Después, como es natural, llegan los miles de millones de Amazon, Google y el resto del mundo. Porque si hay algo que el capital riesgo adora es a un grupo de idealistas que abandonaron un sueldo seguro por el bien de la especie.
Resumiendo la versión escéptica:
Unos tipos bien pagados salen de la empresa más potente del momento, levantan 124 millones casi de la nada con un discurso de salvadores de la humanidad, construyen un modelo de IA de punta con el equipo de un piso compartido, y luego el dinero institucional cae del cielo.
Todo perfectamente normal. Nada sospechoso. Solo altruismo puro y duro
Los nuevos mil millonarios
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