Y si no eres de derechas, ¿a quién votas? (Gorka Maneiro en Vozpópuli)

Y si no eres de derechas, ¿a quién votas? (Gorka Maneiro en Vozpópuli)
RESUMEN DEL MENSAJE INICIAL · elaborado con IA

La pregunta que lanza Gorka Maneiro en Vozpópuli es a quién votará esa izquierda que aborrece a Sánchez pero no se ve metiendo en la urna una papeleta del PP. Su tesis es que ese elector se debate entre quedarse en casa o votar a la derecha para cerrar la etapa del sanchismo.

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La pregunta que lanza Gorka Maneiro en Vozpópuli es a quién votará esa izquierda que aborrece a Sánchez pero no se ve metiendo en la urna una papeleta del PP. Su tesis es que ese elector se debate entre quedarse en casa o votar a la derecha para cerrar la etapa del sanchismo.

Hay una pregunta que circula por las sobremesas y que Gorka Maneiro puso por escrito en Vozpópuli: si no eres de derechas, ¿a quién votas? No es una pregunta retórica. Detrás hay un electorado concreto, el que históricamente votó al PSOE, que hoy no traga a Sánchez y que, sin embargo, sigue sintiendo el corazón a la izquierda. Gente que no se ve metiendo en la urna una papeleta del PP. Y que, mientras tanto, se queda en casa, vota en blanco o apoya a opciones minoritarias sin representación.

El artículo de Maneiro se publica con una cita marcada en el calendario: el 29 de noviembre. Ese día, quien haya votado siempre a la derecha no tendrá dudas, porque solo hay dos opciones, el PP o Vox, la escisión por la derecha que además recoge votos de clases populares castigadas por las políticas de la izquierda o por su ausencia. El problema no está ahí. Está en el votante de izquierdas que sabe que Sánchez es lo peor para España pero no se mancha.

El remilgo de votar al PP

Maneiro describe a ese votante con precisión incómoda. No habla solo del sectario del PSOE que ha despertado de un sopapo, sino de quien, siendo de izquierdas, sigue teniendo la sangre roja y el corazón a la izquierda. Para esa persona, votar a Feijóo supone una incomodidad inasumible, casi una traición a sus ideas más enraizadas. Y si encima el PP pacta con Vox, el trance se vuelve más difícil todavía.

La paradoja que señala el texto es fina: son quienes quieren que gobierne el PP para pasar página, pero prefieren mantenerse impolutos antes que mancharse. Esperan que sean otros, menos puros, quienes hagan el trabajo sucio. Que tire la primera piedra quien esté libre de culpa, escribe Maneiro. La pureza, en política, tiene un precio y a veces lo pagan los demás.

Lo que defiende esa izquierda que no vota a la izquierda

El artículo se detiene en el catálogo de convicciones de ese elector. Defiende la unidad de España por convencimiento sentimental y, sobre todo, práctico: sin Estado no hay ciudadanía compartida ni Estado del Bienestar que asegure servicios mínimos a quien no nació con un pan debajo del brazo. Le parece reaccionario que no se pueda estudiar en español en cualquier parte de España, y sostiene que ese despropósito perjudica más a los vulnerables, como inmigrantes recién llegados o familias con pocos recursos.

Exige inversión en Sanidad y Educación públicas cercana a los umbrales de los países más avanzados del entorno, y para eso, dice, es indispensable no pactar con quienes quieren romper España. Rechaza el despilfarro en publicidad y propaganda y en organismos innecesarios, pero pide un sistema fiscal robusto y progresivo que sostenga un Estado del Bienestar digno. Aborrece la corrupción, el enchufismo, las adjudicaciones a dedo y los asesores que viven de la sopa boba. Y, aun así, sigue pensando que la política es una de las actividades más dignas a las que puede dedicarse un ciudadano.

También defiende el emprendimiento, la igualdad por arriba, el libre albedrío y la meritocracia, sin caer en el individualismo salvaje del sálvese quien pueda. Sabe que en la vivienda manda la oferta y la demanda y que hacen falta más pisos, públicos y privados, pero admite que el Estado puede poner límites al enriquecimiento infinito y a los desahucios injustos. Ve a los sindicatos convertidos en correa de transmisión del gobierno y, al mismo tiempo, defiende los derechos laborales y los empleos dignos. No quiere retrocesos en aborto, igualdad entre hombres y mujeres, lucha contra el cambio climático ni contra la violencia machista, aunque sepa que la izquierda oficial habla mucho más de lo que hace.

Ocho años de sanchismo y la cita del 29 de noviembre

La conclusión de Maneiro es que ese votante haga memoria de los ocho años de sanchismo y caiga en la cuenta de que estas no son unas elecciones cualquiera. Según su tesis, está en juego el avance del autoritarismo hacia el que Sánchez ya ha dado pasos o el mantenimiento de la Constitución Española y de la democracia. Por eso plantea que, sin renunciar a nada, ese elector vote a lo que no le gusta porque lo que desea todavía no existe, y que lo haga antes de que sea demasiado tarde para que pueda existir más tarde.

Su argumento final tiene dos patas. Una, que es preferible una derecha democrática que una izquierda autócrata. Otra, que votar no es entregar un cheque en blanco: en cuanto se forme gobierno, uno podrá seguir siendo crítico con quienes mandan. No votar ahora, sostiene, sería traicionarse a sí mismo. La pregunta queda sobre la mesa y cada cual decide si la respuesta le incomoda.

Datos clave
  • Gorka Maneiro publica el artículo en Vozpópuli con fecha del 27 de octubre de 2026.
  • La cita electoral que cita el texto es el 29 de noviembre.
  • El artículo habla de ocho años de sanchismo como periodo de referencia.
  • Maneiro sitúa al PP y a Vox como las dos opciones de la derecha, con Vox descrito como escisión por la derecha del PP.
  • El texto menciona a Feijóo como candidato del PP y el posible pacto de este con Vox.
Resumen generado con inteligencia artificial a partir del primer mensaje del tema.

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Y si no eres de derechas, ¿a quién votas?​

27/10/2026

Gorka Maneiro-Vozpópuli​

  • Saben que Sánchez es lo peor para España pero siguen teniendo la sangre roja y el corazón a la izquierda

Tras la podemización del PSOE y la ausencia de un partido de centro que pusiera en un brete al PP e hiciera dudar a sus históricos votantes, quien ha votado históricamente a la derecha no tendrá ninguna duda porque no hay competencia más allá de la que se hacen entre sí las derechas; así, el próximo 29 de noviembre votará al PP o a Vox, su escisión por la derecha que, además, últimamente, recoge votos de las clases populares víctimas de las políticas de la izquierda o de la ausencia de ellas.

La cuestión o, al menos, lo que yo me cuestiono, es a quién votarán no sólo quienes han votado históricamente al PSOE y hoy discrepan de Sánchez, que también, sino quienes, por las razones que sean, incluso sin haber votado a Sánchez nunca, siguen sintiendo su corazoncito de izquierdas y pensando que votar al PP les supondría una incomodidad inasumible y hasta una traición a sus ideas más enraizadas, razón por la cual han optado durante los últimos años por quedarse en casa, votar en blanco o apoyar a opciones minoritarias sin posibilidad de obtener representación porque no votar les parecía una opción inaceptable; al fin y al cabo, son quienes, en última instancia, aunque en el fondo quieren que gobierne el PP para pasar página y acabar con esta etapa, prefieren mantenerse impolutos y puros antes que mancharse insertando en la urna una papeleta de aquellos a quienes no votarían nunca, aunque puede que sea la única opción para que Sánchez pase definitivamente a la historia. No me refiero sólo a quienes son del PSOE por pura afinidad y han dejado de serlo porque la realidad los ha despertado sino también a quienes, siendo de izquierdas, saben que Sánchez es lo peor para España pero siguen teniendo la sangre roja y el corazón a la izquierda, por lo que siguen teniendo remilgos para votar a Feijóo, que además pactará con Vox, lo que dificulta aún más el trance. Son aquellos que no están dispuestos a mancharse y votar a la derecha pero esperan que sean otros menos puros quienes lo hagan. Que tire la primera piedra quien esté libre de culpa.

Corrupción y despilfarro​

Son quienes defienden la unidad de España por puro convencimiento sentimental pero sobre todo práctico: sin Estado no hay ciudadanía compartida ni Estado del Bienestar que asegure unas condiciones de vida y unos servicios públicos mínimos sobre todo a quienes no han nacido con un pan debajo del brazo; son quienes consideran reaccionario que no se pueda estudiar en español en cualquier parte de España porque es de sentido común y porque además semejante despropósito perjudica más a quienes tienen menos o son más vulnerables, como forasteros recién llegados o familias con pocos recursos; son quienes exigen que el Estado invierta en Sanidad y Educación públicas unas cuantías que vayan acercándose a los umbrales de los países más avanzados de nuestro entorno, para lo cual es indispensable no pactar con quienes quieren romper España; son quienes exigen que el Estado no despilfarre en publicidad y propaganda ni organismos públicos innecesarios pero piden que exista un sistema fiscal lo suficientemente robusto que sostenga y mantenga un Estado del Bienestar digno de tal nombre, para lo cual los impuestos, que deben ser pogre, son indispensables; son quienes aborrecen la corrupción política, el enchufismo de partido, las adjudicaciones a dedo, los asesores innecesarios y hasta las juventudes de los partidos políticos que maleducan en el repruebo al adversario y, sin embargo, a pesar de todo, siguen pensando que la política es una de las actividades más dignas a las que puede dedicarse un ciudadano; son quienes defienden el emprendimiento, la igualdad por arriba, el libre albedrío, las libertades individuales y la meritocracia pero que la ausencia de Estado y el individualismo salvaje empujan a un sálvese quien pueda tan perjudicial como el asistencialismo más paternalista; son quienes saben que en el mercado de la vivienda prevalece la ley de la oferta y la demanda y que, por lo tanto, nada se solucionará sin construir más pisos por parte de los gobiernos y por parte de la iniciativa privada pero que, además, el Estado puede legislar para tratar de poner ciertos límites al deseo de enriquecimiento infinito y a los desahucios injustos, sin por ello traspasar la responsabilidad a los propietarios; son quienes han comprobado que los sindicatos se han convertido en la correa de transmisión del gobierno pero que es necesario defender los derechos laborales y luchar por que los empleos que los trabajadores cobran sean dignos; son, en fin, quienes no quieren retrocesos en lo referente al aborto, a la igualdad entre hombres y mujeres, a la lucha contra el […] y a la lucha contra la violencia hombrista, a pesar de que saben que la izquierda oficial habla mucho más de lo que hace y que en ella no es precisamente oro todo lo que reluce.

Son, como digo, quienes siguen teniendo la sangre roja y el corazoncito a la izquierda, con todas las incoherencias que uno se imagine, pero sin que tales ideas les hagan creer que sus creencias son absolutas y sus adversarios, enemigos a desterrar de la faz de la tierra.

Una izquierda autoritaria​

Quizás, sin tener que renunciar a nada de lo que siguen siendo sus ideas y sus principios, hagan memoria de los hechos acaecidos durante ocho años de sanchismo y caigan en la cuenta de que estas no son unas elecciones más de esas que se celebran cada cuatro años sino que pueden suponer, según quién gane, el avance del autoritarismo hacia el que Sánchez ya ha comenzado a dar pasos o el mantenimiento de la Constitución Española y de la democracia frente a quienes quieren cargársela. Quizás lleguen a la conclusión de que es un momento clave de nuestra historia y que, antes de que tengan después que arrepentirse, no votarán a aquello que les gustaría porque todavía no existe pero deben votar antes de que sea demasiado tarde para que aquello que desean pueda existir más tarde; porque es preferible una derecha democrática que una izquierda autócrata o autoritaria. Y porque además votar no es entregar un cheque en blanco y porque en cuanto se forme el nuevo gobierno uno podrá seguir siendo crítico con los que mandan. Quizás caigan en la cuenta de que no es momento para quedarse en casa y, si lo piensan, no votar ahora sería traicionarse a sí mismos. Porque nos jugamos la democracia.
 

Y si no eres de derechas, ¿a quién votas?​

27/10/2026

Gorka Maneiro-Vozpópuli​

  • Saben que Sánchez es lo peor para España pero siguen teniendo la sangre roja y el corazón a la izquierda

Tras la podemización del PSOE y la ausencia de un partido de centro que pusiera en un brete al PP e hiciera dudar a sus históricos votantes, quien ha votado históricamente a la derecha no tendrá ninguna duda porque no hay competencia más allá de la que se hacen entre sí las derechas; así, el próximo 29 de noviembre votará al PP o a Vox, su escisión por la derecha que, además, últimamente, recoge votos de las clases populares víctimas de las políticas de la izquierda o de la ausencia de ellas.

La cuestión o, al menos, lo que yo me cuestiono, es a quién votarán no sólo quienes han votado históricamente al PSOE y hoy discrepan de Sánchez, que también, sino quienes, por las razones que sean, incluso sin haber votado a Sánchez nunca, siguen sintiendo su corazoncito de izquierdas y pensando que votar al PP les supondría una incomodidad inasumible y hasta una traición a sus ideas más enraizadas, razón por la cual han optado durante los últimos años por quedarse en casa, votar en blanco o apoyar a opciones minoritarias sin posibilidad de obtener representación porque no votar les parecía una opción inaceptable; al fin y al cabo, son quienes, en última instancia, aunque en el fondo quieren que gobierne el PP para pasar página y acabar con esta etapa, prefieren mantenerse impolutos y puros antes que mancharse insertando en la urna una papeleta de aquellos a quienes no votarían nunca, aunque puede que sea la única opción para que Sánchez pase definitivamente a la historia. No me refiero sólo a quienes son del PSOE por pura afinidad y han dejado de serlo porque la realidad los ha despertado sino también a quienes, siendo de izquierdas, saben que Sánchez es lo peor para España pero siguen teniendo la sangre roja y el corazón a la izquierda, por lo que siguen teniendo remilgos para votar a Feijóo, que además pactará con Vox, lo que dificulta aún más el trance. Son aquellos que no están dispuestos a mancharse y votar a la derecha pero esperan que sean otros menos puros quienes lo hagan. Que tire la primera piedra quien esté libre de culpa.

Corrupción y despilfarro​

Son quienes defienden la unidad de España por puro convencimiento sentimental pero sobre todo práctico: sin Estado no hay ciudadanía compartida ni Estado del Bienestar que asegure unas condiciones de vida y unos servicios públicos mínimos sobre todo a quienes no han nacido con un pan debajo del brazo; son quienes consideran reaccionario que no se pueda estudiar en español en cualquier parte de España porque es de sentido común y porque además semejante despropósito perjudica más a quienes tienen menos o son más vulnerables, como forasteros recién llegados o familias con pocos recursos; son quienes exigen que el Estado invierta en Sanidad y Educación públicas unas cuantías que vayan acercándose a los umbrales de los países más avanzados de nuestro entorno, para lo cual es indispensable no pactar con quienes quieren romper España; son quienes exigen que el Estado no despilfarre en publicidad y propaganda ni organismos públicos innecesarios pero piden que exista un sistema fiscal lo suficientemente robusto que sostenga y mantenga un Estado del Bienestar digno de tal nombre, para lo cual los impuestos, que deben ser pogre, son indispensables; son quienes aborrecen la corrupción política, el enchufismo de partido, las adjudicaciones a dedo, los asesores innecesarios y hasta las juventudes de los partidos políticos que maleducan en el repruebo al adversario y, sin embargo, a pesar de todo, siguen pensando que la política es una de las actividades más dignas a las que puede dedicarse un ciudadano; son quienes defienden el emprendimiento, la igualdad por arriba, el libre albedrío, las libertades individuales y la meritocracia pero que la ausencia de Estado y el individualismo salvaje empujan a un sálvese quien pueda tan perjudicial como el asistencialismo más paternalista; son quienes saben que en el mercado de la vivienda prevalece la ley de la oferta y la demanda y que, por lo tanto, nada se solucionará sin construir más pisos por parte de los gobiernos y por parte de la iniciativa privada pero que, además, el Estado puede legislar para tratar de poner ciertos límites al deseo de enriquecimiento infinito y a los desahucios injustos, sin por ello traspasar la responsabilidad a los propietarios; son quienes han comprobado que los sindicatos se han convertido en la correa de transmisión del gobierno pero que es necesario defender los derechos laborales y luchar por que los empleos que los trabajadores cobran sean dignos; son, en fin, quienes no quieren retrocesos en lo referente al aborto, a la igualdad entre hombres y mujeres, a la lucha contra el […] y a la lucha contra la violencia hombrista, a pesar de que saben que la izquierda oficial habla mucho más de lo que hace y que en ella no es precisamente oro todo lo que reluce.

Son, como digo, quienes siguen teniendo la sangre roja y el corazoncito a la izquierda, con todas las incoherencias que uno se imagine, pero sin que tales ideas les hagan creer que sus creencias son absolutas y sus adversarios, enemigos a desterrar de la faz de la tierra.

Una izquierda autoritaria​

Quizás, sin tener que renunciar a nada de lo que siguen siendo sus ideas y sus principios, hagan memoria de los hechos acaecidos durante ocho años de sanchismo y caigan en la cuenta de que estas no son unas elecciones más de esas que se celebran cada cuatro años sino que pueden suponer, según quién gane, el avance del autoritarismo hacia el que Sánchez ya ha comenzado a dar pasos o el mantenimiento de la Constitución Española y de la democracia frente a quienes quieren cargársela. Quizás lleguen a la conclusión de que es un momento clave de nuestra historia y que, antes de que tengan después que arrepentirse, no votarán a aquello que les gustaría porque todavía no existe pero deben votar antes de que sea demasiado tarde para que aquello que desean pueda existir más tarde; porque es preferible una derecha democrática que una izquierda autócrata o autoritaria. Y porque además votar no es entregar un cheque en blanco y porque en cuanto se forme el nuevo gobierno uno podrá seguir siendo crítico con los que mandan. Quizás caigan en la cuenta de que no es momento para quedarse en casa y, si lo piensan, no votar ahora sería traicionarse a sí mismos. Porque nos jugamos la democracia.
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