Soy pesimista: puede haber violencia (Gorka Maneiro en Vozpópuli)

Soy pesimista: puede haber violencia (Gorka Maneiro en Vozpópuli)
RESUMEN DEL MENSAJE INICIAL · elaborado con IA

Gorka Maneiro sostiene en Vozpópuli que un triunfo electoral de PP y Vox podría desembocar en violencia en las calles por parte de la extrema izquierda, y pide a los partidos democráticos que se unan frente a los violentos.

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Gorka Maneiro sostiene en Vozpópuli que un triunfo electoral de PP y Vox podría desembocar en violencia en las calles por parte de la extrema izquierda, y pide a los partidos democráticos que se unan frente a los violentos.

El columnista Gorka Maneiro firma en Vozpópuli un artículo en el que confiesa su pesimismo sobre lo que puede ocurrir tras las próximas elecciones generales, fijadas para el 29 de noviembre. Su tesis central es que, si el PP de Alberto Núñez Feijóo y Vox, el partido de Santiago Abascal, suman y gobiernan, existe riesgo de que la extrema izquierda más violenta no acepte el resultado y traslade su rechazo a las calles. No es una predicción, insiste, sino un aviso para que no ocurra.

El punto de partida: la caída de Sánchez como objetivo

Maneiro parte de una premisa que considera compartida por la mayoría del electorado: el PSOE de Pedro Sánchez sufrirá un varapalo electoral. Lo atribuye a la debilidad orgánica del partido, a su balance de gestión, a lo que llama su «podemización» ideológica y a los errores estratégicos acumulados. Cita como termómetro las encuestas, aunque descarta las del Centro de Investigaciones Sociológicas que dirige José Félix Tezanos y los pronósticos del consultor Iván Redondo, a quien reprocha anteponer su cuenta de resultados a la precisión.

Para el articulista, el objetivo ineludible es la salida de Sánchez de la Moncloa. Considera que sus ocho años al frente del Gobierno han mostrado una tendencia a saltarse procedimientos democráticos, ocupar instituciones que deberían ser neutrales y condicionar al poder judicial. Por eso pide no ponerse exquisitos con las alternativas: primero se para a quien ve como un peligro para la democracia y después se juzgará a los que lleguen por sus actos.

El temor a que la derrota no se acepte

El núcleo del artículo es el escenario posterior a la cita electoral. Maneiro da por hecho que Sánchez sufrirá un «revolcón», que Vox subirá y que gobernará el PP con el apoyo de los de Abascal. Hasta ahí, el guion previsible. El problema aparece cuando se pregunta qué hará la extrema izquierda si ese resultado se produce. Si durante años se ha sostenido que la derecha no puede ser alternativa de gobierno porque es fascismo, razona, quienes ganen carecerán de legitimidad a ojos de esa parte del electorado.

De ahí su pregunta incómoda: si se considera que lo que llega es una aberración totalitaria, ¿qué impedirá que algunos pasen de las palabras a los hechos? Maneiro no señala a un grupo concreto ni aporta datos de incidentes, pero advierte de que la violencia extrema en la calle es un riesgo real si los números electorales no apean a los violentos de sus supuestas razones. Rechaza, eso sí, la hipótesis del pucherazo que atribuye a mentes calenturientas: un golpe de Estado electoral en España, recuerda, llevaría a la cárcel a quien lo intentara.

La responsabilidad de quien azuza la convivencia

El columnista amplía la mirada más allá de los violentos. Le preocupa que algunos de los que deberían defender la democracia lleven demasiado tiempo «echando fuego» e incendiando la convivencia. No da nombres, pero sitúa esa responsabilidad en el discurso político que legitima la idea de que el adversario es un enemigo al que hay que parar por cualquier medio. Esa retórica, sostiene, es el caldo de cultivo de la violencia que teme.

Su receta es doble. Primero, que quienes amenazan con ejercer la violencia dejen de hacerlo. Segundo, que quienes la justifican de forma sutil digan con claridad que es inaceptable. La unión de los partidos democráticos frente a los violentos le parece el dique más eficaz. Y añade un argumento preventivo: imaginar que la violencia se reproduce es una forma de tomar medidas para impedirla. No se trata de ser cenizo, dice, sino de avisar a navegantes.

Un aviso, no una profecía

Maneiro cierra su texto insistiendo en que no da por hecho que la violencia vaya a producirse. Su intención es la contraria: señalarla para que no ocurra. Reconoce que el escenario depende de que PP y Vox sumen y gobiernen, algo que las encuestas apuntan pero que solo las urnas confirmarán el 29 de noviembre. Y deja una advertencia final: si al final ocurre lo que solo unos pocos desean, será porque quienes podían haberlo frenado no lo hicieron.

El artículo se publica en un contexto de alta polarización política en España, con un PSOE que gobierna en minoría y una oposición que reclama elecciones. La tesis de Maneiro no es un diagnóstico técnico ni una encuesta, sino una opinión firmada que conviene leer como tal. Quien la cite debe atribuirla a su autor y a su medio, no presentarla como un hecho probado.

Datos clave
  • Gorka Maneiro publica su tesis en Vozpópuli el 20 de octubre de 2026.
  • Fija las elecciones generales en el 29 de noviembre.
  • Anticipa un varapalo electoral del PSOE de Pedro Sánchez y un subidón de Vox.
  • Teme violencia en las calles de la extrema izquierda si PP y Vox gobiernan.
  • Descarta el pucherazo electoral y pide unidad de los partidos democráticos frente a los violentos.
Resumen generado con inteligencia artificial a partir del primer mensaje del tema.

Eric Finch

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Soy pesimista: puede haber violencia​

20/10/2026

Gorka Maneiro-Vozpópuli​

  • Es lugar común dar por hecho el varapalo electoral que sufrirá el PSOE de Sánchez, habida cuenta la propia debilidad orgánica de su partido

Como he explicado en otras ocasiones, el 29 de noviembre nos jugamos la pervivencia de nuestro sistema democrático, no porque las alternativas al gobierno de Sánchez sean más o menos de nuestro agrado estético, gusto programático o interés ideológico o porque sean formaciones políticas que vayan a resolver todos los problemas que padecemos… sino porque Sánchez ya ha demostrado durante sus ocho años de permanencia en la Moncloa sus tics autoritarios, su propensión a la mentira, su querencia por saltarse los más básicos procedimientos democráticos, su pulsión por priorizar su interés personal al interés común, su deseo de ocupar todas las instituciones que debían ser neutrales y su disposición práctica a sortear, evitar o saltarse el poder legislativo y a ocupar, controlar o amenazar al poder judicial.

Y siendo esto así, no es momento de ponerse exquisitos ni andarse con demasiados remilgos ni ser más quisquilloso de lo recomendable sino de alcanzar ahora el objetivo ineludible, el único realmente alcanzable y, en el fondo, el único indispensable: la caída definitiva de Pedro Sánchez, tanto para pasar la peor página de nuestra historia reciente como para que pueda abrirse una nueva etapa de regeneración democrática, reformismo político y reconciliación ciudadana. A continuación ya juzgaremos a los que vengan por sus actos y por sus omisiones, cada cual según sus apetencias, sus prioridades y sus preocupaciones, ahora lo que toca es parar los pies y descabalgar a quien se ha convertido, con la responsabilidad culposa de sus conmilitones, en un auténtico peligro público para nuestra democracia. Todo lo demás son minucias o divagaciones no demasiado útiles en estos momentos.

Es lugar común dar por hecho el varapalo electoral que sufrirá el PSOE de Sánchez, habida cuenta la propia debilidad orgánica de su partido, su balance político, su podemización ideológica, sus incoherencias y sus errores estratégicos, así como el de la extrema izquierda en sus variadas expresiones electorales, habida cuenta el espectáculo que se han permitido y su pogre empequeñecimiento durante estos últimos años, absorbidos por el podemizado Sánchez, todo lo cual está siendo reflejado con bastante nitidez en todas las encuestas dignas de tal nombre. O sea que, salvo para Iván Redondo, más pendiente de ganar cuota de pantalla para beneficiar su cuenta de resultados que de acertar en sus pronósticos, y para Tezanos, que pone nuestro dinero malversado al servicio de Sánchez, la suerte está echada: Sánchez sufrirá un revolcón electoral, se confirmará el subidón de Vox y gobernará el PP de la mano de los de Santiago Abascal. Y aquí paz y después gloria. ¿O no?

Eso es lo que ocurrirá si todo transcurre como presupone tanto el analista político más avezado como el ciudadano relativamente bien informado, siempre que no se produzcan sucesos inimaginables que sólo caben en mentes calenturientas que osan vislumbrar trampas electorales o, en su grado más extremo, un pucherazo electoral dirigido por Sánchez que revierta el resultado electoral y le permita permanecer en la Moncloa «de una manera o de otra», por usar una expresión que él mismo empleó el otro día, más, quiero pensar, como provocación que como amenaza. Al fin y al cabo, una cosa es buscar votos de debajo de las piedras modificando disimuladamente leyes e instrucciones, en lo que Sánchez ha demostrado ser un maestro sin escrúpulos, y otra ser tan «valiente» como para revertir por las bravas un resultado electoral, lo que viene a ser un golpe de Estado tan habitual en otras latitudes y que, por estos lares, pudiera mandarte a la cárcel, ya que España, a pesar de todo, es todavía un país serio.

Yo, sin embargo, más allá de las cifras concretas que arrojen las próximas elecciones, temo la reacción de la extrema izquierda más violenta en las calles, a la que los números contantes y sonantes no van a apear de sus supuestas indiscutibles razones. Porque si por tierra, mar y aire se nos ha dicho que los que ahora no gobiernan no pueden ser alternativa de gobierno, la cuestión es qué se hará o dejará de hacerse para impedir que quienes legítimamente ganen, gobiernen, dado que no tienen legitimidad para hacerlo. Porque si es fascismo lo que parece que llega, ¿hasta qué punto no debe pararse semejante aberración totalitaria con violencia explícita y extrema que impida después cosas peores? Si todo vale para parar a la extrema derecha y la derecha de toda la vida se ha convertido en extrema derecha (y hasta nosotros mismos lo somos por decir lo que la izquierda de antes decía), ¿qué será lo que impida que los que ya amenazan con la palabra pasen de las palabras a los hechos en defensa de sus ideas que, según ellos, son las únicas que pueden proponerse?

Y no sólo la violencia extrema que pudiera expresarse en las calles es lo que ahora mismo me preocupa, cosa que podría pararse con la unión de los partidos democráticos frente a los violentos, sino observar que algunos de los que supuestamente deberían defender la democracia llevan demasiado tiempo echando fuego e incendiando la convivencia. No es cuestión de ser cenizo, pesimista, malpensado o conspiranoico y dar por hecho que tal situación se producirá en España si PP y Vox ganan, suman y gobiernan, sino de, vistos los antecedentes y la fauna política que nos rodea, avisar a navegantes de lo que quizás ocurriría, también para que no ocurra. Porque una forma de impedir que haya violencia es imaginar que se reproduce, porque plantearlo supone tomar medidas para que eso no ocurra.

Y para que tal cosa no ocurra, lo primero que debe pasar es que los que amenazan con ejercerla, dejen de hacerlo, y los que aunque sea sutilmente la justifican, digan que es inaceptable. No vaya a ser que al final ocurra lo que, en el fondo, sólo unos pocos desean.
 

Soy pesimista: puede haber violencia​

20/10/2026

Gorka Maneiro-Vozpópuli​

  • Es lugar común dar por hecho el varapalo electoral que sufrirá el PSOE de Sánchez, habida cuenta la propia debilidad orgánica de su partido

Como he explicado en otras ocasiones, el 29 de noviembre nos jugamos la pervivencia de nuestro sistema democrático, no porque las alternativas al gobierno de Sánchez sean más o menos de nuestro agrado estético, gusto programático o interés ideológico o porque sean formaciones políticas que vayan a resolver todos los problemas que padecemos… sino porque Sánchez ya ha demostrado durante sus ocho años de permanencia en la Moncloa sus tics autoritarios, su propensión a la mentira, su querencia por saltarse los más básicos procedimientos democráticos, su pulsión por priorizar su interés personal al interés común, su deseo de ocupar todas las instituciones que debían ser neutrales y su disposición práctica a sortear, evitar o saltarse el poder legislativo y a ocupar, controlar o amenazar al poder judicial.

Y siendo esto así, no es momento de ponerse exquisitos ni andarse con demasiados remilgos ni ser más quisquilloso de lo recomendable sino de alcanzar ahora el objetivo ineludible, el único realmente alcanzable y, en el fondo, el único indispensable: la caída definitiva de Pedro Sánchez, tanto para pasar la peor página de nuestra historia reciente como para que pueda abrirse una nueva etapa de regeneración democrática, reformismo político y reconciliación ciudadana. A continuación ya juzgaremos a los que vengan por sus actos y por sus omisiones, cada cual según sus apetencias, sus prioridades y sus preocupaciones, ahora lo que toca es parar los pies y descabalgar a quien se ha convertido, con la responsabilidad culposa de sus conmilitones, en un auténtico peligro público para nuestra democracia. Todo lo demás son minucias o divagaciones no demasiado útiles en estos momentos.

Es lugar común dar por hecho el varapalo electoral que sufrirá el PSOE de Sánchez, habida cuenta la propia debilidad orgánica de su partido, su balance político, su podemización ideológica, sus incoherencias y sus errores estratégicos, así como el de la extrema izquierda en sus variadas expresiones electorales, habida cuenta el espectáculo que se han permitido y su pogre empequeñecimiento durante estos últimos años, absorbidos por el podemizado Sánchez, todo lo cual está siendo reflejado con bastante nitidez en todas las encuestas dignas de tal nombre. O sea que, salvo para Iván Redondo, más pendiente de ganar cuota de pantalla para beneficiar su cuenta de resultados que de acertar en sus pronósticos, y para Tezanos, que pone nuestro dinero malversado al servicio de Sánchez, la suerte está echada: Sánchez sufrirá un revolcón electoral, se confirmará el subidón de Vox y gobernará el PP de la mano de los de Santiago Abascal. Y aquí paz y después gloria. ¿O no?

Eso es lo que ocurrirá si todo transcurre como presupone tanto el analista político más avezado como el ciudadano relativamente bien informado, siempre que no se produzcan sucesos inimaginables que sólo caben en mentes calenturientas que osan vislumbrar trampas electorales o, en su grado más extremo, un pucherazo electoral dirigido por Sánchez que revierta el resultado electoral y le permita permanecer en la Moncloa «de una manera o de otra», por usar una expresión que él mismo empleó el otro día, más, quiero pensar, como provocación que como amenaza. Al fin y al cabo, una cosa es buscar votos de debajo de las piedras modificando disimuladamente leyes e instrucciones, en lo que Sánchez ha demostrado ser un maestro sin escrúpulos, y otra ser tan «valiente» como para revertir por las bravas un resultado electoral, lo que viene a ser un golpe de Estado tan habitual en otras latitudes y que, por estos lares, pudiera mandarte a la cárcel, ya que España, a pesar de todo, es todavía un país serio.

Yo, sin embargo, más allá de las cifras concretas que arrojen las próximas elecciones, temo la reacción de la extrema izquierda más violenta en las calles, a la que los números contantes y sonantes no van a apear de sus supuestas indiscutibles razones. Porque si por tierra, mar y aire se nos ha dicho que los que ahora no gobiernan no pueden ser alternativa de gobierno, la cuestión es qué se hará o dejará de hacerse para impedir que quienes legítimamente ganen, gobiernen, dado que no tienen legitimidad para hacerlo. Porque si es fascismo lo que parece que llega, ¿hasta qué punto no debe pararse semejante aberración totalitaria con violencia explícita y extrema que impida después cosas peores? Si todo vale para parar a la extrema derecha y la derecha de toda la vida se ha convertido en extrema derecha (y hasta nosotros mismos lo somos por decir lo que la izquierda de antes decía), ¿qué será lo que impida que los que ya amenazan con la palabra pasen de las palabras a los hechos en defensa de sus ideas que, según ellos, son las únicas que pueden proponerse?

Y no sólo la violencia extrema que pudiera expresarse en las calles es lo que ahora mismo me preocupa, cosa que podría pararse con la unión de los partidos democráticos frente a los violentos, sino observar que algunos de los que supuestamente deberían defender la democracia llevan demasiado tiempo echando fuego e incendiando la convivencia. No es cuestión de ser cenizo, pesimista, malpensado o conspiranoico y dar por hecho que tal situación se producirá en España si PP y Vox ganan, suman y gobiernan, sino de, vistos los antecedentes y la fauna política que nos rodea, avisar a navegantes de lo que quizás ocurriría, también para que no ocurra. Porque una forma de impedir que haya violencia es imaginar que se reproduce, porque plantearlo supone tomar medidas para que eso no ocurra.

Y para que tal cosa no ocurra, lo primero que debe pasar es que los que amenazan con ejercerla, dejen de hacerlo, y los que aunque sea sutilmente la justifican, digan que es inaceptable. No vaya a ser que al final ocurra lo que, en el fondo, sólo unos pocos desean.
Ya llego Finch con sus phialae veneum.
 

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