La sociedad israelí está muy dividida y un sector de ella está muy radicalizado por culpa de este gobierno. Antes del 7-O el país andaba agitado con manifestaciones multitudinarias exigiendo la renuncia y el enjuiciamiento de Netanyahu. Oportunamente para él sucedió el ataque, la posterior ofensiva sobre Gaza, la eliminación del liderazgo de Hezbolá y la del Ayatolá y su cúpula (la valoración general sobre esto último y, sobre todo, sus consecuencias ha sido más crítica). Todo ello en medio de un enorme desprestigio internacional.
Además, el coste de vidas de soldados no ha resultado nada desdeñable y la experiencia de la propia vulnerabilidad con los bombardeos iraníes y de Hezbolá provocó que decenas de miles abandonasen el país. También la polarización social con la cada vez más numerosa población jasídica -reflejada durante el conflicto con las protestas contra el reclutamiento- va en aumento y es un problema estructural para la viabilidad del país.
La idea de los detractores de Netanyahu es que Eisenkot frene esta espiral y que Israel devuelva la normalidad a sus relaciones internacionales, aunque el desplazamiento pogre de los palestinos hasta colonizar por completo su territorio seguirá siendo un objetivo irrenunciable para los sionistas.