Drones a 1.000 km y gasolina racionada en Rusia
Dieciocho minutos para trece misiles hipersónicos Zircon, ocho Iskander-M y dos KN-22. Ese fue el ritmo del último gran ataque ruso contra Kiev según el relato que circula entre quienes siguen el conflicto al detalle. La cifra impresiona menos de lo que parece. Lo revelador es otra cosa: esa misma semana, Rusia racionaba la gasolina en Moscú y San Petersburgo. La guerra en Ucrania ha dejado de decidirse solo en el frente. Se decide, y se desangra, en la retaguardia.
La escasez de combustible llega de Moscú a San Petersburgo
Siguiendo el ejemplo de Moscú, varias petroleras rusas han impuesto restricciones a la venta de gasolina en San Petersburgo. Según el medio local en el exilio Boumaga, Gazprom Neft ha reintroducido un límite de 60 litros por repostaje y prohíbe llenar más de un bidón. Tatneft limita la venta a 50 litros para la gasolina A-92 y A-95, los dos octanajes estándar del país. La escasez ya no es un rumor de guerra: es una medida administrativa con fecha y empresa detrás.
En el análisis que se hace de estos datos hay una coincidencia incómoda. La campaña de drones ucranianos contra refinerías y puertos no busca ganar el conflicto en una tarde. Busca encarecer el combustible, tensionar la logística y meter la guerra dentro de la vida cotidiana rusa. Y, a juzgar por los cupos de repostaje, algo de eso está ocurriendo. El dato que remata la paradoja: mientras San Petersburgo limitaba surtidores, la aviación rusa lanzaba sobre Ucrania su enésima oleada de misiles de crucero.
El arsenal con el que Rusia golpea Kiev
La Dirección Principal de Inteligencia del Ministerio de Defensa de Ucrania publicó una estimación de las reservas rusas de misiles: 600 unidades del sistema Onyx, 450 Kalibr y 400 del RM-48U. La publicación fue recibida con escepticismo. La reacción más repetida apuntaba a lo que faltaba en la lista: el Oreshnik. Otra corriente sostenía que publicar esas cifras en plena ofensiva sirve, sobre todo, para desviar la atención de lo que Rusia acababa de lanzar.
Porque lo que cayó fue contundente. Según el relato que circuló, en dieciocho minutos se lanzaron trece Zircon, ocho Iskander-M y dos KN-22 contra Kiev; después se sumaron misiles de crucero Kalibr desde la zona del puerto de Novorossiysk y la aviación estratégica. En total, alrededor de setenta proyectiles contra objetivos en territorio controlado por el Gobierno de Zelensky, más una oleada de drones Geran.
Sobre el terreno quedaron incendios en el complejo de almacenes del distrito de Shevchenkivskyi y daños en instalaciones de las cadenas de televisión del telemaratón ucraniano. También impactos en almacenes logísticos vinculados a FedEx, que según quienes siguen estas operaciones habría sido utilizada desde el inicio del conflicto para logística militar. La pregunta que dejaba flotando un participante, sin respuesta: por qué la Duma ucraniana y el palacio presidencial de Kiev siguen sin tocarse.
El gas europeo vuelve a los niveles de la crisis de 2023
Según un análisis que circulaba en el hilo, el 20 de agosto de 2026 los precios del gas natural en Europa se dispararon hasta niveles no vistos desde la crisis energética provocada por la invasión rusa de Ucrania. El detonante fue una publicación nocturna en Truth Social del presidente Trump declarando el «Día D económico» contra Irán, que disparó la probabilidad de interrupción del suministro. El estrecho de Ormuz, y su reapertura, quedaron en el aire.
Detrás del movimiento de precios hay una lectura más de fondo que circulaba estos días: Estados Unidos intentaría reconstruir su hegemonía económica no recuperando su antigua superioridad industrial, sino controlando cuellos de botella estratégicos, es decir, energía, transporte, tecnología e inteligencia artificial y finanzas. Un plan que, según esta tesis, no nace con Trump, pero que su equipo formula de manera más abierta.
En esa ecuación, Europa es la pieza que paga. Cuando Putin recordaba que queda un tubo del Nord Stream sin dañar y 27,5 billones de metros cúbicos de gas, la pregunta implícita era por qué Alemania no abre el grifo. La respuesta que daba el propio Putin: porque Washington decide y dice no.
Desertores, sabotajes y toque de queda en la frontera con Estonia
Más de 80 soldados ucranianos desertaron en Sajonia-Anhalt, según los datos que se manejaban estos días. La cifra no es enorme, pero apunta a un fenómeno que las autoridades ucranianas no publicitan. Y plantea una pregunta incómoda para Berlín: si esos militares piden asilo, hay quien sostiene que la Alemania de Merz los repatriaría de inmediato.
A la vez, seguían apareciendo sabotajes. La central eléctrica de Jänschwalde, en el este de Alemania, sufrió un ataque con cohetes que provocó una interrupción breve del suministro, según las autoridades germanas. Coincidió con el día en que Alemania tenía previsto vincular públicamente a Rusia con un incidente previo con un dron explosivo en Leipzig. Que los canales diplomáticos son el último puente antes de la ruptura es algo que advertían varios de los analistas que siguen estos episodios.
Hay además una hipótesis recurrente y sin pruebas que la respalde en el material disponible: que detrás de la ola de sabotajes está la segunda parte de las operaciones de stay-behind, la red clandestina que en la Guerra Fría operaba bajo el paraguas de la OTAN. La idea, según quienes la defienden, sería preparar a la población europea para un conflicto mayor. Es una sospecha, no un hecho. Conviene tratarla como lo que es.
Mientras, Rusia anunció un toque de queda y restricciones a lo largo de una sección de su frontera con Estonia, país miembro de la OTAN: a los civiles se les prohíbe salir de las aldeas después del anochecer, navegar por el río Narva y pescar en un radio de cinco kilómetros.
Alemania gira hacia el este: AfD lidera en Mecklemburgo
El resultado de las elecciones en Mecklemburgo-Pomerania Occidental fue un golpe a la línea de flotación del Gobierno de Merz. Alternativa para Alemania (AfD) lideró con el 37 % de los votos en los sondeos a pie de urna; el SPD quedaba segundo, con el 35,5 %. En Berlín, Die Linke se colocaba primera con el 24,5 %, por delante del partido de Merz (20 %) y de AfD (16 %).
La lectura de estos datos en clave de la guerra depende de dónde se ponga el foco. Una parte sostiene que el ascenso de la extrema derecha debilita la coalición europea de apoyo a Ucrania y coincide con el descontento por el coste energético. Otra argumenta lo contrario: que esos partidos son funcionales a los intereses anglosajones y que su nacionalismo acabaría alineándose con la OTAN cuando la contienda llame a la puerta. Basta con mirar los sondeos para comprobar que ninguna de las dos lecturas cierra el círculo.
Drones, satélites y el frente invisible
Un dron ruso de reacción Geran-5 recorrió casi 1.000 kilómetros, desde Crimea hasta la región de Volinia, atravesando toda Ucrania. El vuelo duró unas dos horas. Los medios ucranianos se quejaban de que Rusia produce cada vez más drones propulsados por motores a reacción y de que perfecciona los ataques contra objetivos en el interior del país.
Lo técnicamente interesante es cómo están construidos. El motor de crucero Telefly va montado en la parte superior desnudo, sin carenado; el bloque inferior, más grande, es un acelerador de combustible sólido que se desprende al agotarse y da el empujón inicial. Un ensamblaje barato, según quienes lo analizan, que explica por qué estos aparatos se producen en serie.
La amenaza no es solo aérea. El asesor de Zelensky y experto en drones, Sergey «Flash» Beskrestnov, advertía de una «pequeña catástrofe» si Rusia pone en órbita parte de su constelación de satélites Rassvet en un solo lanzamiento. Con esa red, Moscú podría controlar sus Geranes y misiles por satélite. El dato que ilustra la magnitud: solo en una noche, Moscú aseguró haber derribado 152 drones ucranianos.
Las negociaciones: de Ratcliffe a Witkoff
El director de la CIA, John Ratcliffe, viajó a Moscú, según informó The Wall Street Journal, supuestamente para tratar los planes de movilización de Rusia y un posible ataque contra países europeos. Según analistas citados por ese medio, Ratcliffe podría haberse reunido con Putin para transmitirle una advertencia, y también para abordar el apoyo del Kremlin a Irán tras la nueva campaña de sanciones.
En paralelo, Putin y Trump intercambiaron opiniones sobre el viaje de Witkoff y Kushner a Rusia y Ucrania, según Ushakov, asesor del Kremlin. Ambos valoraron positivamente los resultados, Trump defendió la necesidad de terminar con el conflicto y Putin respaldó la disposición a reconstruir relaciones. Que luego Ucrania declarara su disposición al compromiso en grano y energía, tras los ataques contra puertos y el sistema energético, completaba el cuadro. El Kremlin, por su parte, sostenía que la victoria está «muy cerca» y que son los europeos, a diferencia de los estadounidenses, quienes hacen todo lo posible para que la guerra no termine.
Israel, armas en la sombra
Una última pieza, más polémica. Israel ha mantenido durante casi cuatro años una neutralidad pública en Ucrania. Según las filtraciones que circulaban, detrás de esa fachada habría un flujo constante de armas, inteligencia y mercenarios israelíes hacia Kiev. Conversaciones atribuidas al coronel de inteligencia ucraniano Zhikovich apuntarían a que el Mossad habría suministrado al Gobierno de Zelensky un software de inteligencia de última generación, un polígrafo digital con un 90 % de certeza. Son afirmaciones difundidas sin verificación independiente y deben leerse como tales.
Una de las interpretaciones que circulaban es que esa ayuda tiene más de relaciones públicas que de capacidad estratégica real. Hay quien sostiene que Rusia lleva seis meses y medio aumentando sus ingresos por petróleo y gas, y que eso pesa en la balanza mucho más que cualquier software de interrogatorio. Cualquiera de las dos lecturas deja al descubierto la misma paradoja: las lealtades de esta guerra no se ajustan a los bloques que dicen defender.
Y así queda el tablero. Rusia raciona gasolina en sus ciudades, dispara Zircon en minutos y dice que gana. Ucrania pierde soldados por deserción, ve arder sus puertos y dice que aguanta. Europa compra gas a precios de 2023 y vota a los partidos que prometen salir del atolladero. ¿En qué momento esta guerra dejó de tener un final y se convirtió en una renta de la que todos quieren cobrar?