El IMV alcanza 1.700.028 beneficiarios
¿Cuánto cuesta el Ingreso Mínimo Vital que ya cobran 1.700.028 personas? El Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones dio por alcanzada esa cifra de beneficiarios después de redoblar esfuerzos con carpas informativas y nuevos destinos del autobús destinado a captar solicitantes. El número, presentado como éxito de gestión, reabre una pelea de cifras que no es nueva: para unos confirma que el Estado sostiene por fin a quien no llega a fin de mes; para otros, que España paga a cambio de nada.
Cuánto cuesta el IMV al año y cuánto se cobra
Según un cálculo que circula en el debate, el coste ronda los
3.000 millones de euros anuales para sacar de la miseria a alrededor de dos millones de personas, sumando prestación y complementos. La cuenta no la firma nadie sin discutirla: otra versión rebaja el coste por debajo de los 1.000 millones, y entre ambos extremos cabe casi todo. La ayuda base se queda en torno a
560 o 565 euros mensuales, un importe que, como resume una de las intervenciones, da para comer y para asuntos muy básicos, pero se descuadra en cuanto aparece un dentista o una caldera rota.
Ese matiz —la prestación que cubre lo justo y no aguanta un imprevisto— es el que más incomoda a los dos bandos.
¿Cuántos beneficiarios del IMV son españoles y cuántos migrantes?
Aquí se concentra el ruido. Una estimación difundida sostiene que el
85% de los perceptores son españoles y el resto personas migrantes con situación legal regularizada, proporción que otras voces rebaten de plano. Lo que casi nadie discute es que el IMV no es la única paga: convive con rentas de inserción autonómicas, subsidios de desempleo y prestaciones para refugiados, de modo que atribuir a esta ayuda todas las transferencias públicas es un error de bulto.
La discusión deriva a menudo hacia los requisitos, que nadie termina de fijar. Una parte afirma que basta con
un año empadronado y no tener ingresos; otra replica que las condiciones son farragosas y que buena parte de la tramitación se pierde en burocracia. Una intervención apunta además que los menores no cobran la prestación, así que cualquier cuenta de beneficiarios por hogar se queda corta. Cuando el mismo trámite se describe a la vez como coladero y como laberinto, lo más probable es que sea las dos cosas.
De Hartz IV al IMV: la comparación con Alemania
La referencia alemana funciona como vara de medir. El
Hartz IV, que según una de las intervenciones lleva más de dos décadas en vigor, se cita para sostener que una renta mínima no es una anomalía española ni una ocurrencia de una sola ideología, sino el estándar de las economías europeas consolidadas. De ahí sale la exigencia de que el Partido Popular, que no puso en marcha el mecanismo en sus años de gobierno, reconozca la herencia.
El argumento de que la medida llega empujada desde Bruselas y recomendada por organismos internacionales sirve a algunos para rebajarle carga política: si el Fondo Monetario Internacional aconseja subir el salario mínimo y la Unión Europea impulsa redes de protección, el debate español va por detrás de los hechos. Otros ven en eso mismo la prueba de que aquí se ejecutan recetas ajenas sin discutirlas.
¿Por qué se culpa al IMV de la inflación?
La conexión entre pagas sociales e inflación es la línea más repetida en el tramo final de la discusión. El razonamiento es directo: cada euro transferido sin contrapartida de trabajo se convierte en demanda que no genera oferta, y el dinero creado por el Banco Central Europeo acaba en los precios. Desde esa óptica, el IMV no explica por sí solo el problema, pero suma y apunta en la dirección equivocada. El llamado efecto Cantillon —quien recibe primero el dinero nuevo compra a precios viejos— se cita como remate del argumento.
Enfrente está quien recuerda que las transferencias se gastan íntegras en el comercio de barrio y la farmacia, de modo que su efecto sobre el producto interior bruto es inmediato, mientras, según otro participante, el gran capital se desplaza a plazas financieras opacas. La discusión de fondo no es la cuantía —3.000 millones son calderilla en el conjunto del gasto público, sostiene una de las voces— sino si el Estado debe sostener rentas sin exigir nada a cambio.
¿Se puede exigir trabajo a cambio del IMV?
Portugal aparece como ejemplo de prestación condicionada a contraprestaciones sociales. La propuesta de obligar a pequeños trabajos comunitarios choca con un problema práctico que se apunta con retintín: quien cobra la ayuda y complementa por vías informales no puede permitirse aparecer en una nómina, y esa incompatibilidad alimenta la economía sumergida en lugar de reducirla. Forzar la formalidad sin crear empleo formal no cierra la trampa, solo la desplaza.
Las carpas informativas y los autobuses han hecho su trabajo: 1.700.028 beneficiarios. Cuando la cifra sube, unos celebran que el Estado llegue a tiempo y otros echan cuentas del coste por ayuda. Los dos miran el mismo número, y solo uno de los dos estará tranquilo el día que deje de haber dinero para contarlo.