244 y sin ganas: el hilo se llena de recetas y reproches
El hilo deja de ser una analítica y se convierte en un consultorio. El que abrió el tema sigue contestando a todo el que pregunta y, a lo largo del mismo día, la conversación se llena de diagnósticos, rutinas y reproches. Ya no se discute el número. Se discute qué hizo él para llegar ahí y qué le toca hacer ahora. Y de fondo, una pregunta que nadie responde: cuánto cuesta al año todo esto.
Qué se ha sabido
El propio interesado amplía la lista de síntomas. A lo que ya había contado añade
poco libido,
pocas ganas de hacer nada y
ánimo bajo. Del resto, poco: dice que espera lo que diga el médico y que la prueba le salió gratis. Alguien pregunta por el desembolso anual y se queda sin respuesta. Él, mientras, tirando de
ChatGPT y pidiendo algo que funcione sin pincharse.
Dos foreros entran con la edad por delante. Uno,
46 años, asegura que se siente «igual de bien que siempre» y pregunta si hay alguna señal que avise antes que el análisis. Otro,
42 años, dice estar mejor que con 20 y va directo a los hábitos: alcohol, tabaco, marihuana, sueño.
Y llegan las recetas. Una propone la jornada entera:
arriba a las 5, andando, doble jornada, lentejas al mediodía, una manzana a las 18 y en el sobre a las
23:30. Quien la escribe dice que esos hombres «eran máquinas». Otro resume la vía farmacológica en tres letras. Un tercero pregunta si venden algo en
Aliexpress para medirse la testosterona en casa.
Dónde está la bronca
Aquí salta. Un participante sostiene que el problema no es físico, sino de costumbres, y las califica de hábitos de adolescente que no encajan con lo que toca a estas alturas. Le pone deberes: dejar la casa, buscar un ambiente de gente que se esfuerce, moverse, cuidar un huerto si el deporte le queda grande, aguantar sin caer en lo que él llama vicio solitario. Añade además una hipótesis de fondo, la de un plan cultural para domesticar a los hombres, que no apoya en ninguna prueba.
El aludido no traga. Responde que
el único mal hábito es la vida sedentaria y que también
puede ser algo físico, que no todo será culpa suya. Cuando alguien le pincha con que da igual, porque tampoco va a tener relaciones, contesta con lo mismo que ya venía diciendo: ni ganas. Y a las rutinas responde que dan ganas de pegarse un tiro.
En medio, uno de los veteranos defiende el tono: dice que pagaría porque los médicos hablaran así. Otro matiza que la cosa puede ser de próstata o de hormonas y que no es lo mismo soltar poco que no soltar nada. No hay rectificaciones. Tampoco hay tregua. Y él cierra con la pregunta de siempre: si alguien tiene una receta mágica.
Qué cambia respecto a antes
El eje se mueve. La pregunta por los hábitos deja de ser un apartado y se convierte en el centro. Lo que venía siendo un dato aislado y un síntoma incómodo pasa a ser, según unos, un problema de conducta, y según el interesado, un problema de médicos.
Entra gente nueva con edades concretas, entra el remedio de los de antes, entra el pinchazo con nombre propio y entra la duda de medirse en casa. Y entra, sobre todo, la distancia entre los que creen que esto se arregla viviendo de otra manera y el que dice que él ya vive como vive y que algo más tiene que haber.
Las tres vías que se repiten
Se cuentan con los dedos. La del esfuerzo: madrugar, trabajar, comer poco y acostarse pronto. La del ambiente: rodearse de gente que se esfuerza, salir, moverse, no quedarse en casa. La del pinchazo: la inyección periódica, dicha sin más explicación. Ninguna viene con un médico detrás. Todas se cuentan desde la experiencia propia y ninguna trae un solo estudio que las respalde.
Queda ahí. El interesado esperando lo que le digan en la consulta, medio hilo convencido de que el problema es él y medio hilo convencido de que es la analítica. Y una pregunta flotando: si algo de esto sirve para algo sin pincharse.