Cuatro menores, 3.000 euros y una piscina al borde del cierre
El Ayuntamiento de Burgos ha decidido poner números a un problema que se repetía demasiado: cuatro menores sin nacionalidad, raza ni etnia –la definición que consta en la denuncia– se enfrentan a una sanción de 3.000 euros por usar una piscina municipal. La multa, según las informaciones publicadas, llega después de seis episodios en el mismo recinto. No es una cifra simbólica: es la primera vez que se aplica una sanción de esta cuantía a usuarios sin medios de pago.
El obstáculo del cobro
Las reacciones han sido tan previsibles como inútiles. Un sector reclama mano dura y trabajos forzosos, aunque olvida que la justicia juvenil no funciona así. Otro se limita a constatar la evidencia: una multa de 3.000 euros a menores insolventes es papel mojado. El pragmatismo municipal choca con la realidad demográfica de quienes usan la piscina.
Pero hay algo que los unos y los otros pasan por alto. La piscina no está en riesgo por culpa de unos bañistas incívicos, sino porque la administración no ha encontrado la manera de disuadirlos sin cerrar el servicio. Cada incidente acerca el cierre, y cada cierre de equipamiento público castiga al conjunto del vecindario.
La sanción de 3.000 euros probablemente nunca se cobre. Y mientras tanto, el problema de fondo sigue ahí: cómo mantener un servicio público cuando una minoría decide que las normas no van con ella. Nadie ha resuelto todavía esa ecuación.