La producción alemana más cara de su época y el enfado de su autor
Corría 1984 y el cine alemán se marcaba su producción más cara: 'La Historia Interminable'. 42 años después, la película de Wolfgang Petersen sigue siendo un icono pop, pero su creador, Michael Ende, nunca la tragó. Quiso desmarcarse de los créditos; al final apareció solo como “creador de la novela”.
El libro que quería ser un objeto imposible
Ende soñaba con un volumen con candados, relieves y excentricidades. Los editores lo convencieron de dejarlo en dos tintas —roja y verde—, una edición que aún se recuerda con devoción. La paradoja: la historia que él concibió como infinita porque la imaginación no tiene límites, en pantalla se quedó en hora y media. Algunos espectadores salieron del cine sintiéndose estafados: “la historia interminable… y a la hora y media estábamos fuera”.
El argumento del libro es más oscuro y existencialista —no en vano lo escribió un alemán de posguerra—, con capas que la película apenas roza. Quienes lo han leído destacan el tono gris y decadente, alejado del espíritu más aventurero de otras novelas juveniles.
1984: el annus mirabilis del cine
El año de estreno también alumbró 'Terminator', 'Gremlins', 'Cazafantasmas' y 'Érase una vez en América'. Una cosecha que hoy se mira con nostalgia: “salías del cine aturdido, pensando ‘joder qué peliculón’”. En contraste, el temor a un remake planea. Cada cierto tiempo resurge el pánico a una versión moderna que, según la caricatura recurrente, convertiría a Fujur en un personaje transgénero y la Emperatriz Infantil en un drag queen canario.
La banda sonora y el caballo del pantano
El tema de Limahl es imán de emociones: los pinchadiscos de pop ochentero cuentan que siempre que lo ponen, alguien se acerca a dar las gracias con lágrimas en los ojos. Pero no todo es amor: la escena de Artax hundiéndose en el Pantano de la Tristeza dejó a más de un niño con una angustia que perdura décadas.
Con 42 años a la espalda, la película ha envejecido mal en efectos —“muñecajos pre-CGI” dicen unos— pero conserva un aura que las producciones digitales no logran. La pregunta sigue abierta: ¿resistiría un remake sin romper el hechizo original?