420 euros por la sandalia de playa que ya llevábamos en los 80
Un par de sandalias de piel que parecen salidas de un chiringuito de los ochenta se venden por 420 euros. El detalle que descoloca al personal no es el diseño, sino que ese mismo modelo lo llevaban nuestros padres en el maletero del coche y los chinos lo despachan por una fracción de ese precio. La conversación arranca con una carcajada y termina en un pequeño tratado sobre cómo se construye el precio de la moda de lujo.
De la playa de los 80 a la pasarela de lujo
El objeto del escándalo es una sandalia de tiras, con hebilla y aire funcional, de esas que servían para pisar la arena sin quemarse y para salir del agua sin resbalar. Varias voces recuerdan que el modelo existía mucho antes de que nadie lo bautizara como pieza de temporada:
cangrejeras, sandalias de río, el calzado que hacía el ruido inconfundible al caminar mojado. Una descripción lo clava: el mismo par, en marrón clarito, guardado en el maletero de un Citroën durante veranos enteros.
El salto de precio es lo que indigna. Lo que antes costaba
un par de euros hace cincuenta años, según uno de los mensajes, hoy se ofrece por 420. La cifra no es un capricho aislado: hay quien recuerda que la marca de turno las fabrica por unos
30 euros de coste y las coloca sin la inicial bordada en otros canales por 50. La diferencia entre esos dos mundos es la etiqueta.
¿Por qué una sandalia de plástico cuesta 420 euros?
Porque el precio no mide el material, mide la señal. Ese es el argumento que recorre toda la discusión: lo que se paga es la
G de Gucci, no la sandalia. La idea se repite con distintas formulaciones, desde el que sostiene que un tonto y su dinero se separan pronto hasta el que defiende que cada cual gasta en lo que le da la gana, igual que otros se dejan el sueldo en cacharros que a los demás parecen tonterías.
La comparación con otros episodios del lujo contemporáneo aparece enseguida. Una bolsa de basura de diseño por
1.400 euros. Un brazalete que imita un rollo de cinta adhesiva por
3.300 dólares. Una bolsa de Ikea reinterpretada por
1.700 euros. La lista sirve para dos cosas: relativizar el escándalo de la sandalia y confirmar que el mecanismo no es nuevo. Lo barato se convierte en caro cuando alguien con poder de prescripción decide que es deseable.
El lavado de cerebro del precio alto
Hay una lectura más incómoda que la del simple capricho. La tendencia de las grandes marcas no sería
elegantizar al cliente, sino rebajarlo: vender como aspiración lo que hace dos décadas era el uniforme del mercadillo. El pantalón roto, la zapatilla de andar por casa, la sandalia de río. Todo vuelve, pero con un cero más en la etiqueta y una campaña que lo presenta como ruptura.
Ese mecanismo tiene consecuencias fuera de la pasarela. Si lo cutre se vuelve cool, el mercado de imitaciones se multiplica y el consumidor de a pie acaba pagando sobreprecio por un objeto que no aporta nada nuevo. La pregunta que sobrevuela es si el comprador de 420 euros está pagando calidad o está comprando la certeza de pertenecer al grupo que puede permitírselo.
El ruido de las chanclas que vuelve
La nostalgia hace su trabajo. El sonido del calzado al salir del agua, el pie lleno de arena, la vuelta al coche con las suelas calientes. Varios mensajes describen esa escena con precisión de arqueología doméstica. Y ahí está la paradoja: el objeto que se ridiculizaba entonces es el que ahora se reivindica desde una pasarela.
Hay quien ve en esto una señal de época. La moda recicla lo que ya existía porque ya no sabe inventar, y el precio alto funciona como certificado de autenticidad para algo que nunca dejó de estar en el mercado. El que quiera el original de los ochenta lo tiene en cualquier bazar. El que quiera el estatus, paga la diferencia.
¿Cuánto de ese sobreprecio es diseño y cuánto es simple necesidad de que los demás sepan cuánto has pagado?