Cinco años y 160.000 km: la factura real de tener coche
Un coche que recorre 160.000 kilómetros en cinco años no es un capricho: son casi 90 kilómetros diarios, todos los días, sin excepción. Ese ritmo de uso convierte cualquier vehículo en una máquina de devorar dinero, y el desglose de gastos que se ha puesto encima de la mesa lo confirma. La discusión sobre si merece la pena tener coche propio vuelve a encenderse cada vez que alguien se sienta a sumar mantenimiento, combustible, seguro, impuestos y revisiones. La conclusión depende de dónde vivas, cuánto ganes y si el transporte público llega a tu puerta a la hora que necesitas.
El coste por kilómetro que nadie quiere calcular
Los números que circulan en el análisis del caso son tozudos. Un coche de segunda mano comprado por 2.350 euros, con 168.000 kilómetros a sus espaldas, acumuló en pocos años facturas de embrague, correa de distribución, pastillas de freno, rodamientos y carrocería que superaron con creces el precio de compra. Otro caso documentado con un coche nuevo de 13.000 euros, diésel, seis años y 39.000 kilómetros, arroja un coste mensual de 312 euros entre gasoil, impuestos, revisiones y seguro a todo riesgo. La cifra no es un capricho estadístico: es lo que sale de la hoja de cálculo cuando se apunta cada repostaje.
Hay quien sostiene que el cálculo más honesto es el que incluye el precio de compra y lo reparte entre los kilómetros recorridos. Un propietario de un Ibiza TDI de 90 caballos que le hizo 220.000 kilómetros llegó a la conclusión de que cada kilómetro le costaba 20 céntimos. Otro, con un coche similar y 160.000 kilómetros, bajó hasta los 18 céntimos. La diferencia entre ambos no está en el motor: está en si el coche salió bueno o malo, en si hubo golpes que pagar de bolsillo y en si la financiación añadió intereses.
El coche es una lotería mecánica con factura mensual.
¿Cuánto cuesta mantener un coche al mes?
La respuesta corta: depende de cuánto lo uses y de lo que te dure. La respuesta larga está en los desgloses que se han compartido. Un utilitario de gasolina de tres cilindros, con un consumo homologado de 3,8 litros a los 100 kilómetros, gastaría unos 8.000 euros en combustible para cubrir 160.000 kilómetros. Un diésel que haga 39.000 kilómetros en seis años se conforma con 2.300 euros de gasoil, pero paga 1.180 euros de impuestos y 1.200 euros de revisiones y reparaciones. La horquilla es amplia, y por eso los promedios engañan.
El cálculo completo, desglosado partida a partida, da una diferencia que sorprende a quien solo mira el precio de la gasolina. Seguro, impuesto de circulación, ITV a partir del quinto año, neumáticos, frenos, aceite, correas y averías imprevistas se acumulan sin que uno se dé cuenta. La trampa está en que el gasto llega en gotas: 240 euros hoy, 360 el mes que viene, 130 la semana siguiente. Cuando uno levanta la vista, lleva gastado el sueldo de un mes y medio al año.
El transporte público no siempre es la alternativa
Aquí es donde la aritmética se rompe. En una ciudad bien comunicada, el metro, el autobús o la bicicleta ganan por goleada. En un pueblo de Albacete, en los suburbios de una capital o en un polígono industrial, no hay autobús que te lleve a las tres de la mañana ni metro que te acerque al veterinario cuando el perro sangra. El coche es caro, pero compra disponibilidad absoluta. Y esa disponibilidad tiene un precio que no aparece en ninguna tarifa de transporte público.
La otra cara de la moneda es el uso irracional. Hay quien coge el coche para trayectos de menos de cinco kilómetros, para ir al hipermercado a comprar un perrito caliente o para visitar a un amigo que vive a diez minutos andando. El vehículo privado permite la libertad individual, pero también permite la pereza. La frontera entre necesidad y capricho no la marca el coche: la marca el conductor.
La ciudad que expulsa al coche y el pueblo que lo exige
Las políticas municipales van en una dirección: menos coches en el centro, más aparcamientos disuasorios en las afueras, calles peatonales y restricciones por contaminación. Milán aparcó el coche en el centro para frenar la contaminación, y ese tipo de medidas se extienden. El problema es que prohibir el coche en la ciudad beneficia a quien vive en la ciudad y castiga a quien vive fuera y trabaja dentro. La ciudad se vuelve un gueto para ricos con metro, y el extrarradio se queda sin alternativas.
Mientras tanto, el coche sigue siendo un símbolo de estatus para algunos y una herramienta de trabajo para otros. Un comercial que hace 500.000 kilómetros en cinco años amortiza el vehículo con cada visita. Un oficinista que lo usa para ir a trabajar a tres kilómetros de casa está tirando el dinero. La racionalidad no está en el objeto, sino en el uso. Y el uso, en España, depende demasiado de dónde hayas nacido y de dónde te hayas dejado caer.
Con estos diferenciales de coste, la decisión de tener coche debería ser puramente matemática. No lo es. La libertad de moverse cuando uno quiere, a la hora que quiere y sin depender de horarios ni transbordos tiene un valor que no sale en ninguna hoja de cálculo. ¿Cuánto estarías dispuesto a pagar por no mirar el reloj del autobús?