angrymorty
Madmaxista
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No hay mucho que contar,…
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Se especula que Pedro Sánchez podría estar orquestando una escalada de tensiones diplomáticas, incluso buscando un conflicto con Marruecos, como una maniobra para justificar la declaración del Estado de Excepción y evitar así la disolución de las Cortes, perpetuando su mandato.
El panorama político y económico actual dibuja escenarios complejos, donde las decisiones estratégicas de los líderes pueden tener repercusiones profundas. En este contexto, surge la hipótesis de que Pedro Sánchez podría estar jugando una partida de alto riesgo, utilizando la diplomacia y la tensión internacional como herramientas para consolidar su posición. La idea, por descabellada que parezca, se apoya en la observación de movimientos que podrían interpretarse como preparativos para una crisis mayor.
Una de las piezas clave en esta supuesta estrategia es la visita a España del presidente argelino prevista para octubre. Este evento se produce en un momento de acentuada tensión con Marruecos, un país con el que España mantiene relaciones complejas y a menudo volátiles. La coincidencia temporal no es menor, y algunos analistas sugieren que podría ser una forma de presionar a Rabat, buscando una reacción que, a su vez, sirva de justificación para medidas extraordinarias en casa. La psicología social, a menudo, tiende a unir a la población en torno a un líder cuando percibe una amenaza externa, relegando a un segundo plano las controversias internas.
La hipótesis más audaz plantea que, ante una escalada de tensiones con Marruecos, quizás incluso provocada por acciones como el envío del Rey a Ceuta y Melilla, el Gobierno podría verse "obligado" a declarar el Estado de Excepción. Esta medida, de carácter extraordinario, permitiría la prohibición de la disolución de las Cortes, lo que significaría la perpetuación del actual gobierno sine die. Bajo un Estado de Excepción, el Ejecutivo obtendría poderes ampliados, incluyendo un control más directo sobre la justicia, lo que podría facilitar la evacuación de causas judiciales abiertas contra el propio Sánchez o su entorno. La narrativa oficial podría presentar a la oposición, e incluso a ciertos estamentos judiciales, como "traidores" o agentes de un "contubernio" contra España, aislando al país aún más.
En un escenario de conflicto declarado, cualquier información que pudiera perjudicar al gobierno, como la relacionada con supuesta corrupción, podría ser fácilmente desestimada como "propaganda de guerra" del enemigo. La historia reciente, con el caso de Netanyahu en Israel, ofrece un paralelismo. La guerra en la región postergó juicios, silenció protestas contra reformas judiciales controvertidas y evitó elecciones anticipadas que podrían haberle costado el poder y su "escudo político" frente a los tribunales. La estrategia, si se confirma, transformaría una posición de debilidad en una aparente fortaleza, utilizando la crisis como un medio para la supervivencia política.
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