Lorca 90 años después: el Estado sigue sin soltar los papeles del crimen
Noventa años después, el asesinato de Federico García Lorca sigue siendo oficialmente un expediente sin cerrar. La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica ha pedido al Gobierno que desclasifique los documentos oficiales en poder del Estado que, según la Cadena SER, siguen ocultos cincuenta años después del fin de la dictadura. La petición ha reabierto un debate que no es solo historiográfico: es también un pulso por el uso político del poeta.
La noticia ha sacado a la luz un detalle incómodo: el Estado español todavía no ha soltado toda la documentación relacionada con la muerte del autor de “Romancero gitano”. Y mientras los archivos permanezcan cerrados, cualquier investigación —la oficial y las alternativas— se mueve sobre arenas movedizas.
Las otras teorías que no encajan con el mito
La versión que ha dominado durante décadas es la del poeta fusilado por el bando sublevado por rojo y homosexual. Pero en la discusión pública resurgen hipótesis incómodas: que el asesinato tuvo que ver con una rencilla familiar por herencias, o que Lorca se había ganado enemigos en Granada por sus sátiras contra prohombres de la ciudad. Hay quien sostiene que el falangista Luis Rosales, amigo del poeta, lo escondió en su casa precisamente por esa amistad, y que fue detenido al salir.
El problema es que ninguna de esas hipótesis puede confirmarse o descartarse sin los papeles. Y los papeles no aparecen. Mientras tanto, la figura de Lorca se ha convertido en un campo de batalla: para unos es el mártir de la represión franquista; para otros, un señorito andaluz que huyó de las checas republicanas y acabó atrapado en una guerra que intentó esquivar.
El Lorca que no sale en los carteles
Uno de los documentos que más circulan entre los escépticos es una carta escrita por el propio Lorca desde Nueva York el 14 de julio de 1929. En ella, el poeta se declara admirador del catolicismo español y arremete contra los cultos protestantes, que le parecen “lo más ridículo y lo más odioso”. Difícil encajar esa declaración con el retrato de un revolucionario anticlerical que se ha difundido durante años.
También se señalan las malas maneras de algunos de sus presuntos valedores: la reciente aparición de una estudiosa pronunciando “Viznar” con la “a” acentuada —cuando el nombre del pueblo granadino es Víznar— se ha convertido en la anécdota perfecta para ilustrar lo endeble de buena parte del relato lorquista.
El contrapunto: otras víctimas que nadie reivindica
En el otro lado del debate se recuerda que Lorca no fue el único intelectual asesinado en la guerra. Pedro Muñoz Seca, Ramiro de Maeztu o José María Hinojosa también cayeron, y ninguno de ellos genera campañas institucionales. La pregunta incómoda es si el silencio sobre esos nombres se debe a su ideología, y si la memoria histórica es en realidad una memoria selectiva.
El pulso por las cifras sigue abierto: un bloguero citaba 2.500 personas asesinadas en la zona republicana durante el primer mes de guerra, frente a los 500.000 muertos que la izquierda atribuye al bando nacional. Cifras imposibles de contrastar mientras los archivos sigan cerrados, y sospechosamente fáciles de usar para adornar cualquier relato.
Documentos bajo llave y un mito que resiste
La petición de desclasificación no es nueva: cada aniversario de la muerte del poeta se repite la misma escena, con las mismas promesas y los mismos silencios. La diferencia es que ahora se cumple un siglo de la muerte de Lorca, y la pregunta ya no es quién lo mató, sino por qué el Estado sigue negándose a soltar la verdad. Que los archivos se abran es improbable a corto plazo; que el mito sobreviva a lo que esconden, es otra historia.