Un alemán denuncia la invasión de cabras en su finca de Mallorca
Un propietario alemán ha denunciado la entrada diaria de una manada de cabras en su finca de Es Capdellà, en Mallorca. Según la denuncia, son más de 40 ejemplares y hasta se bañan en la piscina. El caso saltó a la circulación con una imagen de los animales en el agua. A partir de ahí, la cosa derivó hacia una pregunta bastante más incómoda: quién paga cuando la fauna no entiende de lindes.
¿Por qué no pone una valla si el problema son las cabras?
Es la primera pregunta que surge y también la que menos respuestas claras tiene. Una parte del análisis sostiene que la parcela simplemente no está perimetrada y que el dueño debería asumir el coste: malla, puerta y a otra cosa. En contra pesa un argumento práctico que apuntan otros mensajes: en suelo rústico, levantar un cerramiento no es ir a la ferretería, hace falta proyecto, licencia y, según qué caso, autorización de la conselleria. Hay quien apunta además que el propietario extranjero reproduce la costumbre de su país, donde las parcelas suelen ir sin valla, y que ese detalle explica media denuncia. El análisis se atasca justo ahí, no en la cabra.
¿Cabras salvajes o ganado que nadie recoge?
Manada salvaje en Mallorca suena a chiste, y sin embargo hay quien sostiene que el fenómeno tiene nombre en España. En Canarias, según relata un participante, los pastores que se jubilan sueltan el ganado y este acaba asilvestrado; se le llama ganado guanil. En Fuerteventura existe incluso la apañada de Cofete, una batida anual en la que varios pastores cierran el cerco y se reparten las capturas. Y quien ha tratado cabras en monte recuerda que se mueven por cualquier pendiente y que arrancan la planta de raíz.
Perros guardianes y la duda de si la cabra se estaba bañando
La solución que más veces aparece es la de siempre: un perro grande. Se mencionan el alano español y el dogo argentino como guardias de finca frente a los perros pequeños de compañía. En el hilo se advierte de que si el animal agarra a una cabra, el propietario podría acabar respondiendo por daños a ganado ajeno. Sobre la piscina hay discrepancia hasta en el hecho básico: parte del análisis sostiene que a las cabras no les gusta el agua y que lo que se ve es un animal caído dentro, incapaz de salir por la escalera.
El papeleo puede salir más caro que el propio problema
Aquí llega el tramo más costoso. Cualquier intervención sobre la finca —vallar, desbrozar, instalar riego— puede acabar en expediente: permisos de obra en rústico, informes ambientales y plazos que se cuentan en años, no en semanas. Hay quien recuerda que limpiar la parcela sin autorización también se sanciona, y que para cuando llegue la resolución el problema de las cabras habrá cambiado de forma pero no de fondo.
El fondo del asunto es poco exótico: el comprador de la postal —finca, piscina, montaña— que no compra el ecosistema que viene con ella. Según algunos mensajes del hilo, la denuncia va contra el Govern, no contra las cabras, porque las cabras no tienen a quién reclamar. Y el atasco sigue intacto: nadie discute que el problema existe, nadie coincide en quién debe resolverlo.