El médico dice que el ayuno intermitente es malo: «no hay atajos»
¿Es el
ayuno intermitente una herramienta legítima para perder grasa o una temeridad que conviene desterrar? La respuesta depende de a quién se pregunte, y ahí está el nudo. Un especialista, consultado de forma particular, lo tiene claro: hacer ayuno intermitente «no es nada sano». Su razonamiento es que no es normal darse una panzada, hacer trabajar los órganos a tope y después parar durante horas. Añadió que no hay atajos, que lo normal es bajar peso
muy progresivamente y que lo sensato es comer cinco veces al día, lo más natural posible, evitando el exceso de calorías que no se gastan.
La receta no cae en saco roto, pero tampoco se traga sin resistencia. Junto a la frase del especialista aparecen de inmediato dos bloques: el que desconfía del criterio de quien tiene bata y el que sostiene que saltarse comidas es una moda con riesgo real. Entre medias, una veintena de testimonios con báscula, analítica y cronómetro en mano.
¿Cuántas comidas al día son fisiológicas?
La pauta de cinco ingestas diarias no es una ley natural, y ahí empieza la fricción. Hay quien sostiene que ese reparto horario beneficia más a la industria alimentaria que al comensal, y que la coincidencia entre la generalización de las cinco comidas y el aumento de la obesidad no es casual.
Frente al picoteo pautado se alza un argumento mecánico: comer cada pocas horas es tener los
órganos funcionando sin parar, y eso no puede ser bueno. La imagen que resume la postura es ganadera: comer seis veces al día no es de humanos, sino de vacas. En medio quedan los partidarios de tres comidas fijas y los que consideran que el número importa poco; que lo decisivo es comer cuando se tiene hambre y no cuando lo marca el reloj.
¿Está el ser humano adaptado a pasar hambre?
El argumento evolutivo se usa en las dos direcciones. Quienes defienden el ayuno recuerdan que ayunar es lo que hizo el ser humano durante la mayor parte de su existencia, de modo que el cuerpo debería estar adaptado a tirar de reservas. La réplica llega rápido: el ser humano no es un gran depredador, no puede permitirse fallar una caza y quedarse sin comer; come lo que encuentra y todos los días que puede, aunque sea en varias tandas. El ayuno, se argumenta, nace de la
escasez, no de la elección.
De ahí sale una tercera vía que intenta conciliar a ambos: admitir periodos sin comer de forma habitual, con una ventana nocturna de doce horas entre la cena y el desayuno, y reservar los ayunos largos para momentos puntuales. No es una postura cómoda, pero es la que menos enemigos genera.
Los casos que defienden ayunos de 16, 18 y 23 horas
Los testimonios personales son el músculo de esta discusión. Un participante relata un mes completo con una sola comida al día, unas 23 horas de ayuno, sin perder apenas masa muscular y con una pérdida de
3 kilos de grasa que, partiendo de solo 5 kilos de sobrepeso, considera enorme. Otro asegura un año de práctica con analíticas excelentes y
32 kilos menos. Aparecen también protocolos 20/4 y 18/6 mantenidos durante años y un caso de dieta crudivegana abandonada por precio y por falta de fruta de calidad, no por motivos de
salud.
A esto se suma un dato que llega del deporte profesional: desde hace unos años se ha extendido entrenar en ayunas a baja intensidad, con el objetivo de mejorar el uso de las grasas y reducir el porcentaje graso. Que haya equipos que lo hagan no convierte la práctica en recomendable para cualquiera, pero desmonta la idea de que sea una ocurrencia de aficionados.
El problema de meter el día entero en un solo plato
Aquí el choque es puramente aritmético. Comer
100 gramos de proteína de una sentada provoca, según una de las partes, dolor de barriga casi garantizado; para la otra, es una comida normal. La herramienta que se reclama una y otra vez es una app de cálculo nutricional: sin medir la composición real de lo que se ingiere, dicen, la discusión es fe.
El segundo frente es la glucosa. Según una de las partes, el cerebro nunca ha necesitado azúcar añadido: el metabolismo puede obtener glucosa de hidratos no refinados, de proteínas e incluso de grasas. Dársela directamente, como en un flan, provoca un subidón; sobra insulina, el excedente se almacena en forma de grasa y a las tres o cuatro horas llega el bajón. Quien defiende el reparto clásico responde que también se pueden tomar las mismas calorías en tres o cuatro comidas, y que el problema nunca fue el número, sino el total. Hubo incluso quien ofreció una comida de ejemplo de más de 2.000 calorías para zanjar la duda.
Al final, el único punto donde los dos bandos se rozan es el reloj: doce horas sin comer entre la cena y el desayuno no le parecen mal a casi nadie. Todo lo que exceda de ahí ya depende de qué especialista te toque en la consulta.