Abascal deja el hemiciclo tras descalificar a Sánchez
En plena sesión de control, Santiago Abascal se levantó de su escaño, le dijo a Pedro Sánchez que «no piensa escucharle ni un segundo más» y lo llamó «corrupto y traidor» antes de abandonar el hemiciclo. El vídeo corrió como la pólvora. Lo que vino después fue menos una discusión sobre el gesto que un inventario de agravios acumulados: el absentismo parlamentario, la utilidad de las preguntas al presidente, la conveniencia de guardar las formas y el funcionamiento mismo de la Cámara. Y una pregunta incómoda de fondo: ¿sirve de algo quedarse a escuchar?
¿Qué dijo Abascal a Sánchez antes de marcharse?
El episodio es breve y está grabado.
Abascal califica a Sánchez de «corrupto y traidor» —una descalificación política, no una imputación judicial— y anuncia que no piensa seguir escuchándole. Se levanta. Se va. Nada más.
Lo llamativo es cómo se lee el mismo fragmento. Para unos es una rabieta prescindible, un gesto teatral. Para otros es la única respuesta posible ante lo que describen como un presidente que convierte la sesión de control en un monólogo sin respuestas. Desde el Gobierno, la réplica llegó por redes sociales: un ministro describió al líder de Vox como el único aliado del jefe de la oposición. Y hay quien repara en un detalle lingüístico: la acusación se formula en pasado, como si el episodio que se denuncia ya estuviera cerrado. Poca cosa. Pero en política, el tiempo verbal también se interpreta.
El cómputo de horas como arma arrojadiza
Aquí la discusión se vuelve contable. Una de las primeras réplicas sostiene que Abascal ha trabajado
30 segundos y que eso es diez segundos más que en un día laboral cualquiera. La ironía no apunta tanto al diputado como al sueldo: si la política se paga con dinero público, cada minuto de hemiciclo se mide.
El argumento se devuelve con la misma moneda. Una intervención recuerda los cinco días de ausencia del presidente del Gobierno y sostiene que aquello, y no esto, fue el desplante grave. Una participante añade que los que se quedan a escuchar serían los mismos que después pactan a puerta cerrada lo que no discuten en público. Y una parte de la conversación eleva la queja al conjunto de la clase política: a esta gente se le paga por estar en su puesto de trabajo, les guste o no lo que escuchen.
Perder las formas o dejar de legitimar al Gobierno
La primera grieta es de tono.
Lo cortés no quita lo valiente, resume una postura: por mucha razón que se tenga, quien ataca debería saber encajar. Marcharse, en esa lectura, es salir por la puerta de atrás y regalar el relato al adversario.
La contraria es más dura. Quedarse a aguantar no legitima nada. Si el compareciente no responde a ninguna pregunta y se refugia en el marco de siempre, permanecer en el escaño solo sirve para dar apariencia de normalidad al trámite. En esa versión, el desplante es lo mínimo; lo máximo, se llega a escribir, sería paralizar la actividad de la Cámara hasta que el presidente comparezca de verdad. Una réplica lo resume con sequedad: «Poco le ha dicho [...] Pero se puede hacer mucho mejor».
Del desplante al funcionamiento del Congreso
Según avanza la conversación, el foco se mueve del gesto al sistema. Se discute qué instrumentos reales tiene la oposición cuando no hay votos para una
moción de censura. Ahí aparece el argumento más cínico del conjunto: si no se puede desalojar al Gobierno por la vía parlamentaria, la descalificación personal se convierte en la única herramienta que queda.
Otras voces rechazan el marco entero. Sostienen que la Cámara funciona como un reparto de precios: los grupos se reúnen sin cámaras y negocian con el Ejecutivo cesiones para formaciones como
PNV, Bildu, ERC o Junts, mientras el espectáculo se queda para el pleno. Bajo esa lectura, el problema no es que un diputado se marche, sino que la negociación de verdad ocurra fuera del registro.
Y luego está el ruido. La conversación deriva, como casi todas, al terreno personal, con descalificaciones cruzadas sobre la salud mental del adversario —un recurso que no aporta un solo dato— y con comparaciones históricas que no resisten el menor análisis. Nadie gana nada ahí, pero ocupa la mayor parte del tiempo.
Donde el análisis se queda sin suelo
Aquí se atasca todo. Nadie discute los hechos: el vídeo existe, la salida existió, las palabras existen. Lo que no se cierra es la consecuencia. Si el desplante fue un error táctico, debería notarse en votos; si fue un acierto, debería haber cambiado algo en el funcionamiento de la Cámara. No hay elemento de juicio para saber cuál de las dos cosas ocurrió. Y ese es, exactamente, el punto donde el análisis se queda sin suelo.