Málaga: 30 grados de noche y playas con las duchas cortadas
Treinta grados a medianoche, 75% de humedad y dos semanas sin bajar de 27. Ese es el verano que se ha encontrado quien ha pasado casi un mes en Málaga y ha vuelto a Madrid con la impresión de haber asistido a algo más que a una ola de calor. La estación meteorológica de un familiar confirmaba lo que el cuerpo ya sabía:
ni una brizna de aire. Pero el descontento va más allá del termómetro. Playas con el agua turbia, residuos en la orilla, duchas cortadas por la sequía, aparcamientos suprimidos y precios que ya no distinguen al vecino del visitante. En casi
35 años de veraneos en la misma provincia, nunca se había pasado más calor.
¿Por qué el agua de la costa de Málaga sale turbia y con 'natas'?
La zona oriental de la provincia, entre Rincón de la Victoria y Benajarafe, acumula este año más días de agua sucia que de agua aceptable, según esta crónica. La explicación que se maneja apunta a un litoral poco profundo y con corrientes escasas sobre el que descargan los emisarios submarinos y, en ocasiones, las depuradoras al límite. El cálculo que ofrece esta crónica es contundente:
más de tres millones de personas dejando su rastro sanitario en apenas
130 kilómetros de costa. Hay quien matiza que parte de esa espuma es arcilla en suspensión y no un problema sanitario, pero el resultado a la vista —y lo que se intuye— es el mismo. A esto se suma que muchas duchas de playa llevan el agua cortada, una medida de ahorro que el veraneante considera mal calibrada: para quitarse la arena de los pies no hace falta agua potable.
El menú de 14 euros y el plato que cabe en una tapa
Comer en el centro se ha convertido en un ejercicio de fe. Los menús a
14 euros existen, pero las raciones son de dimensiones ridículas, poco más que una tapa. Quien no quiera dejarse un dineral ni quedarse con hambre acaba en un kebab. Las garrafas de aceite de girasol sin marca a la puerta de los bares, visibles a primera hora de la mañana, completan la estampa. Y el espeto, emblema de la costa malagueña, se ha convertido en un campo de batalla: mientras unos sostienen que en barrios como El Palo se despacha a
3 euros, otros aseguran no haber visto nada por debajo de 4 y muchos hablan de 6 y hasta 7,5 según la playa. La coincidencia es que el chiringuito compensa la diferencia con la bebida.
Torres de 40 pisos, fondos de inversión y el tirón de Banderas
El otro frente es la
vivienda. La compra y el alquiler se han disparado, y en la ciudad se levantan promociones de
40 plantas en diversos puntos, con el respaldo del alcalde y el rostro de Antonio Banderas como reclamo publicitario. Los pisos, según este relato, acaban en manos de fondos de inversión, mientras se anuncian nuevos hoteles de cinco estrellas en la capital. La sensación entre los vecinos, recogida a través de familiares y amigos, es que cargan con los inconvenientes del turismo de masas y que los beneficios se concentran en unos pocos. El regidor, Francisco de la Torre (PP), sigue al frente; según este relato, los malagueños le votaron porque los otros candidatos les parecían peores.
Málaga, ¿muerte por éxito o burbuja a punto de estallar?
La pregunta que sobrevuela todo el análisis es qué pasa si el grifo se cierra. El turismo de Málaga depende en buena medida del avión y su mercado principal es británico y del norte de Europa, no el nacional. Una subida sostenida de las tarifas aéreas, la llegada de la alta velocidad a otras ciudades costeras con mejores playas y menos calor, o una crisis económica seria dejarían al descubierto cuánto de la ciudad es estructura y cuánto es
espejismo. La pata tecnológica, dicen, es pequeña para tantas plazas hoteleras y tantos pisos turísticos. No todo el mundo es apocalíptico: hay quien sostiene que Málaga conserva barrios excelentes y una calidad de vida envidiable, pero solo si se vive allí todo el año y no se juzga por agosto. La dualidad la resumió otro comentario: extremos de 1 a 3 sobre 10 y de 7 a 10 sobre 10, con muy poca calidad media.
Picasso, el Museo de la Aduana y la propaganda oficial
Ni la ciudad de los museos se sostiene como se cuenta. La única cola apreciable estaba en el Museo Picasso, con entrada de
12 euros y, a juicio del cronista, obra menor del artista; en el resto, tranquilidad. El mejor refugio contra el calor resultó ser el Museo de la Aduana —el Museo de Málaga propiamente dicho—, gratuito y con una colección arqueológica notable, gestionado por la Junta de Andalucía y, a juicio del cronista, mal promocionado. La relación con Picasso es otro motivo de fricción: nació en la ciudad, se marchó siendo un niño y no volvió, algo que no impide que su nombre lo invada absolutamente todo.
El retrato termina donde empezó: en el termómetro y en la cartera. Si el verano se alarga, los precios suben y las playas se llenan de residuos, ¿cuántos veranos más aguantará la paciencia de quien vive allí todo el año?