El NFC llega a los cajeros: así se saca dinero sin la tarjeta
Hay una escena que las entidades bancarias llevan tiempo ensayando y que ya se puede ver en algunos cajeros: alguien llega a la máquina, no abre la cartera, saca el móvil, lo acerca al lector sin contacto y espera a que la pantalla le pida el PIN. La tarjeta, ese rectángulo de plástico que durante décadas fue imprescindible para retirar efectivo, empieza a ser prescindible. Las entidades están actualizando el módulo
contactless de sus cajeros para hacerlo compatible con el NFC.
La tecnología que lo permite es el NFC (Near Field Communication), una comunicación inalámbrica de corto alcance que transfiere datos entre dos dispositivos cuando están a pocos centímetros. Hacen falta dos aparatos compatibles: el teléfono —o el reloj inteligente— como dispositivo activo y el cajero como pasivo.
Muchos móviles siguen sin admitir esta tecnología, y eso condiciona todo lo que viene después.
¿Cómo se saca dinero con NFC en un cajero?
No es magia: es una secuencia de cuatro pasos. Primero se abre la aplicación donde esté alojada la tarjeta, sea la del banco o una cartera digital tipo Google Wallet. Después hay que activar el NFC en los ajustes del teléfono. Luego se acerca el dispositivo al lector del cajero y se mantiene ahí unos segundos. Y por último se teclea el PIN como si fuera una tarjeta normal.
La duda que sobrevuela el asunto es si las entidades
añadirán el NFC como opción extra a los cajeros actuales o los actualizarán en exclusiva a esa tecnología. De ser lo segundo, quien no tenga un móvil compatible se quedaría sin poder sacar dinero en efectivo. Ese es el punto que más incomoda.
¿Es seguro sacar dinero con NFC?
Quienes defienden la medida sostienen que es tan segura como cualquier otra operación. Quienes la critican ven una puerta más abierta. El argumento recurrente es que el teléfono concentra demasiado: hoy es la llave de la cuenta bancaria y lo llevamos a la calle todos los días. La seguridad del terminal es mejorable, apunta un participante: hay fabricantes que solo garantizan
actualizaciones de seguridad durante un par de años, y a partir de ahí el aparato queda a merced de cualquier fallo.
Con el efectivo, el riesgo físico se limita a lo que llevas encima. Con el móvil, el riesgo potencial es el saldo entero. De ahí que se insista en algo elemental: si te roban el teléfono, cancela las tarjetas antes de que sea tarde.
El efectivo no es un avance tecnológico, es una tecnología que se cambia por comodidad
Aquí el análisis se vuelve más incómodo. Como sostiene un participante, los pagos en efectivo son prácticamente anónimos, intrazables y fungibles, y funcionan sin electricidad ni infraestructura compleja. Los sistemas electrónicos no tienen ninguna de esas virtudes. Lo que llega al cajero no es un avance tecnológico en sentido estricto: es el
intercambio de unas propiedades —privacidad, robustez, anonimato— por una supuesta comodidad.
En esa balanza, según otro participante, hay intereses concretos. A las empresas les generan gastos los pagos en efectivo; a la policía, el dinero anónimo le complica el rastro; y a Hacienda, el pago sin rastro le abre la puerta a la evasión. Con esos mimbres, la previsión que se apunta es que los billetes vayan dejando de usarse. No de golpe: por erosión.
¿Qué pasa con quien no tiene un móvil inteligente?
No todo el mundo tiene un teléfono capaz de pagar. Hay quien usa un móvil sencillo, sin internet, y quien directamente no usa smartphone. Para ese colectivo, un cajero exclusivamente NFC sería un muro.
El coste de entrada tampoco es trivial, según apunta un participante: un teléfono compatible cuesta varios cientos de euros; uno básico puede encontrarse por menos de cuarenta, y ha habido ofertas de tres o cuatro euros. Atar el acceso al efectivo a un aparato caro y a una aplicación supone poner una barrera económica a un servicio básico.
El control como telón de fondo
En el fondo de la discusión está la palabra maldita: control. Quien abandona el efectivo entrega un registro completo de en qué gasta, cuándo y dónde. Ese registro ya existe con la tarjeta, pero el móvil lo amplía: pagos, ubicación, identidad digital, documentación. La tecnología no crea el problema, lo agranda.
El ejemplo extremo que se cita es el de algunos bancos de China, donde, según denuncias difundidas en redes, se llega a exigir la instalación de una aplicación
antifraude en el móvil para operar. Salvando las distancias, la pregunta es la misma que recorre cualquier debate sobre digitalización de pagos: ¿dónde acaba la comodidad y dónde empieza el sometimiento?
Conviene recordar que no hace tanto se discutió algo parecido. Cuando España pasó de la peseta al euro, hubo quien preguntó quién ganaba con el cambio. Hoy casi nadie recuerda aquella resistencia. La diferencia es que entonces cambiaban los billetes; ahora lo que cambia es el modo de acceder a ellos.
Un participante sostiene, a partir de una noticia sobre la muerte de un joven, que depender al cien por cien del pago electrónico ha tenido ya consecuencias trágicas, y equipara esa dependencia a subirse a la catenaria de un tren. Se trata de una afirmación personal; no hay en el material ninguna relación causal probada entre ambos hechos.