No ver el eclipse: la nueva rebeldía que no tiene casa
Decir que el joven que pasó el eclipse encerrado en su habitación, con las persianas bajadas, es un rebelde es una solemne tontería. Es, probablemente, el retrato más preciso de una generación que no puede permitirse tener una ventana propia. La imagen da la vuelta a las redes: 15 millones de personas siguieron el evento, el hombre más rico del mundo se desplazó para verlo, y en España no se veía un eclipse total desde hace un siglo. Y aun así, hay quien presume de no haber levantado la persiana.
El eclipse y su coste de oportunidad
El eclipse no costaba entrada, pero la economía que lo rodea sí: desplazamientos, alojamiento, gafas certificadas, jornadas de permiso. Quien se quedó en casa se ahorró todo eso. A cambio, renunció a un bien del que no habrá reposición en décadas. Según los cálculos que circulan, una ciudad promedio ve un eclipse total una vez cada 375 años. La decisión de no mirar al cielo tiene, por tanto, un coste de oportunidad enorme, aunque no se contabilice en euros.
La psicología del borrego inverso
La justificación que se ha repetido es la de la personalidad. No ser un borrego. Pero el análisis del comportamiento humano sugiere lo contrario: el llamado gregarismo inverso es un rechazo deliberado de la conducta de la masa para reafirmar una identidad propia, a menudo con una falsa independencia. Los psicólogos lo describen como una reacción tan automática como la del rebaño, solo que en dirección opuesta. Reaccionar constantemente en contra de lo que hace la mayoría es también un patrón predecible. De hecho, esa previsibilidad permite pastorear a los contracorriente proponiendo exactamente lo contrario de lo que se desea que hagan. El rebelde de las persianas no escapa del rebaño: forma parte de otra clase de ganado.
Persianas ajenas: la base económica de la rebeldía
El detalle más revelador del episodio no está en el cielo, sino en la vivienda. Un observador lo resumió con precisión: lo que el joven quería era bajar las persianas de su propia casa, que no tiene ni tendrá. Ahí está la raíz económica. La emancipación juvenil sigue bloqueada por precios de alquiler imposibles y salarios insuficientes. El joven adulto no vive en su casa; vive en la de sus padres. Su rebelión no puede ocupar un espacio propio porque no lo posee. Bajar las persianas ajenas es un gesto vacío, una forma de autogobierno en un territorio que no le pertenece.
El eclipse como distracción
La cobertura mediática del fenómeno astronómico también recibió críticas: demasiado despliegue para un fenómeno que no cambia el día a día de los ciudadanos. Algunos señalaron que no se dedica el mismo espacio a los problemas económicos reales. El eclipse actuó como distracción: mientras todos miraban al cielo, nadie preguntaba por la letra pequeña de la economía doméstica. También hubo quien se quedó en casa por motivos menos heroicos: por no tener amigos con los que compartirlo. La soledad, esa que no entiende de eclipses, fue el argumento más honesto de todos. Algunos lo admitieron sin heroísmo ni banderas: seguir con la rutina, remar, ver cómo la gasolina sube.
Pasado el fenómeno, queda la duda de si las futuras rebeldías de persiana bajada serán realmente decisiones libres o la consecuencia inevitable de una generación que aún no tiene una ventana que bajar. Si la economía no cambia, lo más probable es que el gesto se repita, pero ya no como provocación, sino como resignación. Porque para tener personalidad hace falta, antes, una puerta que cerrar. Y esa puerta, de momento, no aparece en el balance familiar.