La policía holandesa desaloja a palos el campamento propalestino de Ámsterdam
Ámsterdam, Países Bajos. Agentes de paisano de la policía holandesa entran a palos en un campamento de estudiantes propalestinos en la Universidad de Ámsterdam. La escena, difundida en vídeo, muestra a los agentes golpeando a los acampados para levantar el bloqueo. El asunto ha rebotado en las redes con una pregunta incómoda: ¿por qué la misma policía que en su día toleró cortes de tráfico y sentadas durante meses actúa aquí con esta contundencia?
El detonante, según las versiones que circulan, no fue la pancarta. Fue el destrozo. Los acampados habrían reventado mobiliario del rectorado, un edificio del siglo XVII conocido como Binnengasthuis, y habrían tratado de entrar a vandalizarlo. Ahí se acabó la paciencia. En Holanda, se argumenta, puedes manifestarte frente al parlamento sin que nadie te toque un pelo; lo que no puedes es cruzar la línea del Código Penal. Cuando la cruzas, la respuesta llega antes de que te dé tiempo a reaccionar.
¿Qué pasó en la Universidad de Ámsterdam?
La secuencia que reconstruyen quienes siguen el caso es esta: primero, acampada y bloqueo de accesos; después, destrozo de mobiliario y enfrentamientos con estudiantes que recriminaban el apoyo a Hamás; por último, intento de asalto al rectorado. La policía de paisano, que ya vigilaba la concentración por considerarla problemática, interviene cuando el vandalismo empieza, no antes. Ese matiz importa y desmonta la versión del ataque gratuito a pacíficos manifestantes.
Hay quien sostiene que la policía holandesa tiene un protocolo propio: primero envía a la llamada policía de paz para negociar con los manifestantes; si no hay acuerdo, llegan otros agentes que no son precisamente amables. La carga de Ámsterdam encaja en ese segundo escalón.
El contexto: un país que no tolera el bloqueo
En Países Bajos la libertad individual es enorme. Puedes plantarte con una pancarta frente al parlamento o a la salida de un coffee shop sin que nadie te moleste. Pero el mismo país que protege esa libertad castiga con dureza cualquier alteración del orden. La combinación desconcierta al observador español: aquí el que corta una calle durante semanas es un héroe; allí es un expediente.
El episodio se enmarca en un clima más amplio. La guerra en Gaza ha trasladado el conflicto a los campus europeos, y los gobiernos han endurecido el rasero. En Países Bajos, además, pesa la memoria reciente de las protestas contra las medidas sanitarias, donde la policía ya empleó medios contundentes. La comparación la hace más de uno: entonces también hubo heridos y la cobertura mediática fue mínima.
Dos relatos que no se tocan
El primer relato ve en la carga una reacción proporcionada al vandalismo. Los estudiantes no estaban solo manifestándose: estaban bloqueando el acceso a otros alumnos, destrozando un edificio histórico y enfrentándose a quienes les llevaban la contraria. La policía esperó a que hubiera daños materiales. Punto.
El segundo relato sostiene lo contrario: que la acampada era pacífica hasta que llegó la policía, que el vídeo muestra una desproporción evidente y que el apoyo a Palestina se está criminalizando en toda Europa. Desde esta óptica, la carga no responde al destrozo, sino a la incomodidad política que genera el movimiento.
Entre ambos extremos, una corriente más fría señala que el conflicto de fondo —Hamás contra Israel— es ajeno a los estudiantes holandeses, y que trasladar esa guerra a un campus es un error de cálculo. Ni los unos son héroes ni los otros son verdugos: son jóvenes metidos en un embrollo que no entienden del todo.
El detalle que descoloca
La policía secreta holandesa no es secreta si sale en todos los vídeos. La ironía la apunta más de uno: la unidad encubierta que debía pasar desapercibida acaba siendo el rostro de la operación. Y mientras el vídeo circula, la pregunta de fondo sigue sin respuesta: ¿cuántos de los acampados sabían que el edificio que ocupaban tenía casi cuatro siglos de historia?