El pimiento que se vende a 2 euros y se paga a 10 céntimos
Un agricultor pone el dedo en la llaga: según su denuncia, cobra 10 céntimos por kilo de pimientos cuando una caja sale de origen a 0,50 euros y en el supermercado el mismo producto se vende a 2 euros. La denuncia, recogida por
Noticias Trabajo, ha abierto una discusión que va mucho más allá del precio del pimiento. Porque el problema no es solo cuánto se lleva el agricultor, sino quién se queda con la diferencia y por qué nadie ha montado un negocio paralelo si el margen es tan suculento.
La primera reacción es de incredulidad hacia el propio agricultor. Si el negocio es tan rentable, ¿por qué no se convierte en intermediario? La respuesta que aparece una y otra vez es la lista de costes que nadie ve:
transporte, cámaras frigoríficas, mermas, personal, permisos y logística. Un cálculo que circula en la conversación desglosa partida a partida por qué el margen se evapora antes de llegar a la caja del supermercado. El resultado, sostienen, no es una conspiración sino una cadena de valor donde cada eslabón se lleva su parte.
¿Por qué el agricultor no vende directamente al consumidor?
La pregunta parece obvia y la respuesta no lo es. Vender directo exige logística inversa, punto de venta con licencia, personal, asunción de pérdidas por producto no vendido y responsabilidad civil si algo sale mal. Quien lo intenta se topa con la burocracia sanitaria, la trazabilidad y el envasado individual. El resultado, según varios análisis, es que
es más rentable vender barato toda la producción a un mayorista que liarse con el detalle.
Hay quien recuerda casos de éxito: un vendedor que compraba melones directamente al agricultor y los revendía por pueblos a 3 unidades por 2 euros, con un beneficio mensual que él mismo cifraba en 4.000 euros. La anécdota sirve para demostrar que el canal corto funciona, pero también para preguntarse por qué no se generaliza. La respuesta suele ser la misma:
volumen, permisos y tiempo.
El mito del intermediario que se forra sin aportar nada
Aquí el debate se parte en dos. Unos sostienen que el intermediario es un comisionista que no aporta valor y solo encarece el producto. Otros responden que el transportista, el distribuidor y el comercio final no son meros intermediarios: prestan un servicio y lo cobran. Si no, que el agricultor venda él mismo a 10 céntimos y el consumidor encantado de comprarle sin que nadie robe en el camino.
El argumento se refuerza con datos incómodos. Un participante afirma que un supermercado declara márgenes de entre el 2% y el 5%, cifra que se repite en la conversación para desmontar la idea del beneficio desorbitado. Viven de volumen, no de margen. Y si el negocio fuera tan goloso,
aparecerían más intermediarios hasta hundir el precio. No ocurre. Algo falla en la cuenta de la lechera.
Subvenciones, PAC y el agricultor que no enseña sus números
La otra pata del debate es la ayuda pública. Se reprocha al agricultor que no cuenta lo que recibe de la PAC ni las subvenciones al gasoil. La respuesta es que no todos los productores cobran lo mismo y que hay explotaciones que no ven un euro de ayuda. La discusión deriva hacia si el campo español es un sector privilegiado o un sector abandonado, y ahí nadie se pone de acuerdo.
El dato que descoloca es otro: hay quien señala que hay productos españoles que se venden más baratos en Alemania que en España. La explicación que se da es logística. Los costes de transporte dentro de Alemania son más bajos, las cadenas de frío se rompen menos por clima y las mermas son menores. El coste de llevar género de España al centro de Europa es, por unidad, insignificante frente a lo que se supone. La tienda final marca la diferencia, no el camión.
Con estos márgenes, cualquiera montaría una cooperativa y se saltaría al intermediario. Algunos lo han intentado. Casi todos han vuelto a vender al mayorista. El pimiento sigue a 10 céntimos en origen y a 2 euros en la estantería, y la diferencia sigue sin tener dueño claro.