Por qué se ha duplicado el precio del tomate en España
El precio de los tomates se ha duplicado y nadie firma la culpa. Lo que era un producto de cesta básica se ha convertido en el termómetro de un pulso entre la gran distribución y el campo, con los agricultores movilizados. La pregunta que sobrevuela el asunto no es si ha subido —ha subido—, sino quién se queda el margen.
La respuesta corta resulta incómoda: no hay una sola causa. Compiten al menos cuatro relatos
—impuestos, coste logístico, oligopolio y etiquetado— y ninguno se sostiene por sí solo.
La luz y el combustible: el argumento que ya no cuela
El primer sospechoso de manual es la energía. Almacenamiento y transporte funcionan con electricidad y carburante, así que cuando esos costes suben, el tomate sube con ellos. El razonamiento es impecable... salvo por un detalle cronológico que lo rompe, según recuerda un participante:
el precio de la luz y del combustible es hoy claramente inferior al de 2022, que fue justo cuando se produjo la subida fuerte de los alimentos.
Quien defiende esta tesis tiene, eso sí, un matiz a su favor: los costes no siempre se trasladan de forma automática. Hay empresas que en 2023 no tocaron sus precios y han empezado a repercutirlos mucho después.
El desfase existe. Lo que no encaja es que ese desfase, por sí solo, duplique un producto básico.
El IVA que recauda más cuanto más sube el precio
Aquí la cosa se pone interesante. Cada etapa de la cadena —la semilla, el cultivo, el transporte, el almacén, la venta— pasa por caja. Un cálculo que circula sostiene que, al sumar todos los tributos que soporta un producto cualquiera,
la presión supera la mitad de su precio final. Otro participante, que dice montar un negocio con un socio, asegura que la presión fiscal se le acerca al 40%.
De ahí el argumento más repetido: el IVA grava el precio, así que cuanto más caro se vende el tomate, más recauda el Estado sin mover un dedo. El principal beneficiario de la inflación alimentaria no sería el súper, sino la administración, según sostiene otro usuario. Con matices, porque no todos los impuestos van al mismo saco.
El oligopolio de la distribución
La segunda corriente apunta al mercado minorista. El diagnóstico que se repite es que en España existe
un oligopolio en la distribución de alimentos, con un operador enorme por zona, y eso equivale en la práctica a un monopolio local. Si las grandes cadenas suben precios a la vez, la competencia que debería contenerlos desaparece.
El paralelismo que más se cita es el de la vivienda: primero cierran los pequeños, después sube el precio. Con los supermercados de barrio ocurrió algo parecido, y el resultado, según esta lectura, es un mercado donde el margen ya no se discute. Circula una cifra —márgenes que no bajarían del 400%— que
ninguna cuenta pública confirma, pero que resume bien la sospecha.
El tomate de Marruecos y la patata que no era española
Y luego está el etiquetado. Organizaciones agrarias como
UPA-COAG y Asaja han señalado a Lidl y Dia por vender como española una patata que, según su denuncia, no lo es, y han pedido al Ministerio de Agricultura que actúe contra lo que califican de engaño al consumidor. Es una acusación, no una sentencia.
A eso se suma la paradoja de las importaciones: España exporta producto propio y trae similares de fuera. Para algunos responde a un negocio deliberado, porque cuanto más se mueve la mercancía, más ganan intermediarios y transportistas. Para otros, es estacionalidad y precio. Por qué los tomates llegan de Marruecos sigue sin respuesta cerrada.
Las cuentas del tomate que nadie cuadra
El intento más ambicioso de explicar el doble precio fue un modelo casero: descomponer el coste en pieza, transporte, almacenamiento, venta y margen, y aplicar subidas del 30% en transporte y del 50% en almacenamiento. El resultado daba
exactamente el doble. El problema, le señalaron, fue todo lo que dejaba fuera: la distribución al detalle, el tratamiento de mermas, la amortización de activos y todos los impuestos salvo el IVA.
La discusión derivó en un intercambio de fórmulas y correcciones que no llegó a puerto. Y en el fondo queda una duda razonable: cuando alguien vende que una subida del 30% y otra del 50% explican un 100%, algo falta. O un eslabón, o el margen haciendo un trabajo que nadie quiere enseñar.
Si las cadenas mantienen precios mientras el campo aprieta, lo previsible es que el pulso se alargue hasta una mesa de negociación. Pero con estas cuentas, y con la distribución concentrada en pocas manos, conviene no apostar a que el tomate vuelva pronto a su precio de antes.