Rusia atrinchera el terreno y espera el desgaste
Ocupar, minar y esperar. La tesis de que la estrategia rusa en Ucrania no ha salido tan mal como auguraban los pronósticos iniciales cabe en esa frase. Se toma una parte del país aprovechando el desconcierto de las primeras horas, se consolidan posiciones de artillería y campos de minas, y la pelota queda en el tejado contrario: si el adversario no se mueve, el territorio se consolida y se anexiona; si se mueve, se estrella contra el muro. Meses de contraofensiva, añade el argumento, sin apenas ganancias territoriales y sin ningún objetivo estratégico cumplido.
Es una lectura cínica y muy discutida. Pero obliga a mirar el frente con otra pregunta: no quién gana, sino quién aguanta.
Por qué el asalto inicial a Kyiv no salió como estaba previsto
La operación relámpago fracasó. El único escenario que, según esta lectura, habría dado la victoria rápida a Moscú era forzar un cambio de gobierno en la capital en las primeras horas, con un presidente afín ya colocado al otro lado de la frontera. No ocurrió, y buena parte del análisis sostiene que tampoco podía ocurrir: el centro y el oeste del país no lo habrían tolerado y la capital está precisamente en el centro. Es un punto que se da por zanjado en dos episodios anteriores, 2005 y 2014, en los que la hipótesis de un gobierno con relaciones amistosas con Rusia en Kyiv quedó descartada.
A partir de ahí, el plan cambió de forma. Menos columnas blindadas, más artillería.
Y a esperar.Qué se ha llevado Rusia en el terreno
El inventario territorial es el argumento con más peso hoy. Rusia controla la práctica totalidad de las zonas de mayoría rusoparlante que se había marcado como objetivo, ha amarrado la conexión terrestre con Crimea y ha dejado a Ucrania sin puertos para exportar salvo Odesa, cuyo tráfico puede estrangular cuando quiera. Además se ha quedado con la central nuclear de Zaporiya, una pieza relevante en la producción eléctrica ucraniana. La cifra que maneja uno de los participantes es el
20% del terreno, convertido después en un borde minado y artillado.
La réplica es rápida: casi nada de eso es nuevo desde 2022 y la línea del frente apenas se ha movido desde entonces.
El coste económico: mercado europeo cerrado y gas con descuento
Aquí las posiciones se parten en dos. Un bloque subraya el daño estructural: el mercado europeo se ha cerrado, las amenazas energéticas ya no funcionan, el crudo y el gas se colocan en Asia a precio de saldo y, cuando la venta pasa por intermediarios, hace falta multiplicar por tres o cuatro el volumen para ingresar lo mismo. A eso se suman la impresión de moneda y los controles de capital, medidas que se comparan con las de una economía en crisis administrada.
El otro bloque responde con el dato incómodo: la economía rusa ha aguantado el tipo mejor de lo que se esperaba. Y coloca el balance en otro sitio: han ganado China y Estados Unidos, han perdido Rusia, Ucrania y la Unión Europea. La discusión deriva entonces hacia quién se ha cerrado a quién, con el argumento de que el mercado ruso se ha clausurado para las empresas europeas mientras las materias primas siguen llegando por otras vías, y con la tesis contraria de que un mercado intervenido de facto no puede ser boyante.
El agujero demográfico: quién pierde más población
Los números que se manejan en el debate son, de lejos, lo más brutal del asunto. Según las cifras que aporta uno de los participantes, Rusia parte de
147 millones de habitantes, a los que se sumarían
7 millones de rusos étnicos de los territorios ocupados hasta llegar a 154 millones. Ucrania, en cambio, habría caído hasta los 30 millones tras la salida de unos 10 millones de ucranianos hacia Occidente. A eso se añade la movilización de
300.000 efectivos que cifra otro participante, después del desgaste del ejército profesional, y la fuga de población en edad de trabajar.
El problema de la cuenta rusa es el mismo que el de la ucraniana: los muertos no vuelven y los que se han ido, tampoco. Un país puede repoblar un territorio sobre el papel y tardar décadas en llenarlo de verdad. Un territorio que era casi Europa, se apunta con retintín, deja de serlo cuando se convierte en moneda de cambio.
Ni Odesa para Rusia ni Crimea para Ucrania: la tesis del empate
Buena parte de la discusión acaba en un lugar parecido: ningún contendiente puede alcanzar sus objetivos declarados. Odesa no será rusa y Crimea no volverá a Ucrania. La OTAN no estaba muerta, precisamente porque la relación con Kyiv ya venía rota y la invasión ha acabado de reordenar el flanco este de Europa. El frente se congela porque moverlo cuesta vidas que ninguna de las dos partes puede permitirse.
Eso convierte el conflicto en una guerra de desgaste pura. Y en una guerra de desgaste no gana quien avanza: gana quien consigue que el otro se rompa antes.
La discusión derivada: libertad, impuestos y modelos de país
El intercambio se desvía con frecuencia hacia el modelo que cada bando defiende. Un lado señala que los países que salieron de la órbita soviética escogieron mayoritariamente entrar en el club comunitario y pone a Estonia como ejemplo: impuestos bajos, una empresa abierta por internet en cinco minutos, treinta años de recorrido desde la ocupación. El otro responde con Georgia, con tipos impositivos mínimos y una opinión poco amable hacia Moscú, para separar la fiscalidad de la
geopolítica.
Donde se rompe la conversación es en el Donbás. Una parte sostiene que los bombardeos sobre la población local se prolongaron nueve años; la contraria rebate que la intensidad máxima se concentró en 2014 y 2015 y que, de haber sido así, no quedaría edificio en pie, como ocurrió en Mariupol en unas semanas. Como telón de fondo, la acusación mutua de cinismo: unos reprochan que la soberanía se defiende solo cuando conviene y otros que la libertad se invoca como coartada.
No hay terreno común. La conversación degenera además en descalificaciones personales que no aportan nada al análisis.
Con el frente estabilizado y las cifras de población moviéndose en direcciones opuestas, lo previsible es que ninguno de los dos bandos logre una victoria clara a corto plazo. Si el escenario se mantiene, la pregunta que decidirá el resultado no será cuántos kilómetros se conquistan, sino cuántos años aguanta cada economía el precio de sostenerlos.