Esperar la segunda venida de Jesús como coartada para no hacer nada
Una reunión de un supuesto grupo de resistencia. Personas que dijeron haber despertado con la pandemia y que, un tiempo después, siguen buscando a qué agarrarse. La conclusión a la que llegan muchas no es un plan de acción: es la rendición. Si la
Gran Tribulación ya está en marcha y la segunda venida de Jesús lo va a arreglar todo, intentar frenar la Agenda 2030 carece de sentido. Esa es la idea que atraviesa un debate sobre por qué una parte de la población ha dejado de creer que sirva de algo moverse.
Qué se atribuye a la Agenda 2030 y por qué genera alarma
El punto de partida es un catálogo de temores encadenados: los objetivos de la Agenda 2030, las vacunas, la inmigración, el fin de la propiedad privada y un supuesto control de la población. Ninguna de esas acusaciones viene acompañada de pruebas; se sostienen en la sospecha de que existe una hoja de ruta oculta. El argumento de fondo es que lo que se presenta como política pública responde a un plan deliberado de despoblación y control.
Quien plantea el asunto admite la dificultad de contarlo sin ser señalado.
«Enseguida te tachan de conspiranoico», resume. Y añade un matiz que vertebra todo el texto: la gente mayor parece más consciente del deterioro que los jóvenes y las edades intermedias, a los que describe entregados a las redes sociales.
Del euro digital al control del consumo de CO2
El salto a lo económico llega con la moneda digital. Se sostiene que un euro digital permitiría a los gobiernos limitar los movimientos de dinero, recortar la capacidad de gasto cuando la inflación aprieta y condicionar el consumo individual, incluso el número de vuelos si se supera cierta cuota de emisiones. El modelo de referencia sería China, con su unión estrecha entre empresa y Estado, y el Foro de Davos como escaparate de esa hoja de ruta.
Conviene separar el dato del augurio. Que los bancos centrales estudien monedas digitales es un hecho regulatorio sobre el que se debate abiertamente; que vayan a usarse para racionar vuelos es una proyección que el material no demuestra. Aun así, la desconfianza hacia cualquier forma de dinero programable funciona como combustible de todo lo demás.
La sospecha que también apunta hacia dentro
El diagnóstico se vuelve incómodo cuando mira hacia el propio bando. En esa reunión se habla de guerra de quinta generación y de una lista interminable de operaciones psicológicas: los chalecos blancos, QAnon, las propuestas de la New Age. La tesis es que todo eso sirvió para desactivar a los que ya estaban despiertos. La conclusión, según este relato, es que mucha gente que vio parte del problema se aferra a cualquier creencia con tal de no asumir la responsabilidad de actuar.
Circula además un mensaje atribuido al arzobispo Carlo María Viganó en el que se habla de un
«golpe de Estado global» y se advierte de que quien no haga nada lo perderá todo, incluida su libertad, con una alusión directa a Klaus Schwab. El material recoge la cita, no la verifica.
«Analfabetismo con carrera»: el nivel educativo que alarma
Entre los temores sobre el control aparece una preocupación más terrenal. Una persona cuenta que tutela a cuatro empleados de su empresa y que sus preguntas son de una elementalidad que alarma a todo el equipo. Toma nota con el móvil, igual que el resto. El diagnóstico que se repite es el de un
analfabetismo funcional que ya no se limita a quien no estudió: alcanza a titulados universitarios.
Ya no es solo que no lean. Es que no entienden lo que firman.
¿Quién es el anticristo y cuándo se le espera?
Cuando la conversación abandona la economía y entra en la profecía, el debate se atasca. Para que haya segunda venida tiene que venir antes el anticristo, y nadie lo ve. Los requisitos son exigentes: un personaje adorado y seguido a escala global. En un mundo descrito como egoísta y descreído, ese hueco parece imposible de llenar.
Las apuestas son dispares y poco convincentes: un magnate tecnológico, un expresidente estadounidense, el responsable de la Organización Mundial de la Salud. Ninguno reúne el perfil, y los propios participantes lo admiten. Otros optan por la vía rápida y anuncian un
Blue Beam, apuntando a una operación de falsa señal celestial; a la pregunta de quién encaja mejor, la respuesta es una sola palabra: Trump.
La pelea interna: quién representa al catolicismo
En paralelo, el apartado religioso deriva en un enfrentamiento sobre la definición misma del cristianismo. Un sector sostiene que el catolicismo es la única versión verdadera y arremete contra el pontífice, al que llega a describir como un hereje disfrazado. El origen se sitúa en la conversión de Constantino, presentada por unos como providencial y por otros como una maniobra política que corrompió la doctrina. La discusión sobre si se adora a Dios o a las imágenes cierra el círculo.
Estirar el hilo del control hasta los primeros siglos del cristianismo no es casual. Es la forma de convertir una preocupación por el presente en un relato que empieza muy atrás y no tiene final cercano.
Las dos salidas: desconectar o esperar
Entre la parálisis y la acción aparece una tercera vía, la menos épica. Frente a la idea de que no se puede hacer nada, se responde que no se trata de no actuar, sino de practicar la no-acción y confiar en la gracia. La propuesta práctica es desconectar de las necesidades artificiales que impone el sistema, cuidar el cuerpo y la mente y vivir con menos.
También hay quien ha recorrido el camino inverso: tras pasar por el budismo, el hinduismo y la New Age, vuelve al cristianismo convencido de que esto es una guerra espiritual. La recomendación, en ese caso, es rezar y esperar, porque nadie sabe la fecha.
Y para no perder el humor, alguien corrige el término: no estamos en la Gran Tribulación, sino en la
«Gran Tributación», que es peor.
Después de tantas respuestas, el resumen del sentir general cabe en una frase repetida como un mantra:
«mejor dejar que los acontecimientos que tengan que venir vengan, y ya». El desplome del activismo no se resuelve con un plan. Se resuelve con un calendario que nadie tiene.