De la locomotora al 0,2%: Alemania admite el fin de su industria
Alemania ya no es la locomotora de Europa. La revisión oficial de su previsión de crecimiento para 2024, que cae del
1,3% al 0,2%, certifica algo más que un trimestre malo: el país que tiró de la economía continental durante dos décadas admite en voz alta que su modelo industrial se apaga. El ministro de Economía,
Robert Habeck, achaca el tijeretazo al fallo del Tribunal Constitucional que tumbó parcialmente los presupuestos de
Olaf Scholz. Es una explicación cómoda. Y, sobre todo, incompleta: el diagnóstico se pelea entre quienes señalan a Washington, quienes apuntan a la factura energética y quienes creen que el problema es puramente demográfico.
La previsión que se desmorona: del 1,3% al 0,2%
El dato de octubre apuntaba a una expansión del 1,3% para el ejercicio siguiente. La cifra corregida se queda en el 0,2%. Entre una y otra media un desplome superior al punto entero, y el Gobierno alemán lo explica por una sentencia: el Constitucional tumbó parte de los presupuestos de Scholz y, con ellos, el margen de maniobra fiscal. Hay quien lee ese argumento como una coartada de manual, porque el freno de deuda lleva años actuando como corsé constitucional y el Ejecutivo lo defendía como virtud hasta hace nada.
El coste político del ajuste ya se está viendo. El
FDP, gran defensor de ese freno de deuda, podría quedarse fuera del parlamento en las siguientes elecciones. Que un partido sacrifique su carrera por sostener la ortodoxia presupuestaria es una escena poco frecuente en la política europea, donde lo habitual es prometer gasto y discutir después quién lo paga.
¿Y si el gas ya no fuera el problema?
El gas ha dejado de explicar por sí solo el desplome alemán, según los cálculos que se manejan en el análisis más detallado del asunto. Ya a finales de 2022
solo se importaba un 20% de gas ruso, y pese a comprar a proveedores en teoría más caros que Rusia, el precio se ha colocado por debajo de los
7 ct/KWh, en niveles de 2021. Ese detalle desmonta buena parte del relato fácil, el que sitúa el cierre del Nord Stream como causa única de todos los males. Que la ruta se pueda sustituir no significa que saliera gratis, pero la sustitución se hizo.
En contra pesa otro argumento: la política energética alemana, con las renovables metidas a capón, y el encarecimiento de materias primas y combustibles mantienen los costes de producción altos. A eso se suma que las empresas no se fian de una regulación que cambia cada legislatura. Y en paralelo circulan versiones sobre un supuesto sabotaje del Nord Stream que ninguna prueba pública ha respaldado.
El déficit público que explica la brecha de crecimiento
La comparación internacional es demoledora y va en una dirección incómoda para quien espera un rescate de la política fiscal alemana.
- EEUU: déficit público del 8% y crecimiento del 3%
- Francia: 5% y 1%
- España: 4% y 2%
- Alemania: 1% y 0%
Así cualquiera crece. Quien defiende esta tesis sostiene que la diferencia de crecimiento no viene de la industria, sino de la obligación constitucional de cuadrar las cuentas, y recuerda que
Alemania tiene una industria diversificada, grande y potente, y que la seguirá teniendo. El escenario pesimista parte de lo contrario: sin energía barata no hay producto industrial de alto valor, y este país improvisa mal fuera de su carril.
Scholz y el giro hacia el armamento
El canciller ha instado a los países europeos a producir material militar de forma masiva, a raíz de la amenaza duradera que, según su opinión, representa Rusia. La frase que se le atribuye en los extractos que corren por los análisis económicos es difícil de aderezar: «Debemos abandonar la industria manufacturera y centrarnos en la producción de armamento a gran escala».
Si la cita es literal, la reconversión tiene nombre: de fábrica de coches a fábrica de munición. En el debate se apunta a que el gasto en defensa va a crecer en toda Europa.
Quién mueve los hilos: la tesis de la fagocitación
La corriente más dura del análisis sostiene que
EEUU ha decidido fagocitar la industria y la economía de Europa para alargar unos años más su hegemonía, y que los gobiernos europeos actúan como colaboradores necesarios. En esa línea hay quien cifra en
200.000 millones las pérdidas atribuidas a la adhesión a la propaganda rusófoba, un cálculo de parte que conviene tomar con pinzas pero que mide bien la temperatura del diagnóstico.
La tesis de fondo es más incómoda: si el aliado prefiere liquidar a quien podría ser su socio antes que compartir el tablero, el beneficiario final no es Washington, sino China e India. Y con ellas, el siglo.
Del país que servía cerveza con eficiencia industrial se esperaba cualquier cosa menos esto.
Con estos mimbres, cabe esperar que Alemania arrastre al resto de la eurozona si su industria se detiene, y que el freno de deuda se convierta en el próximo cadáver político. También cabe que se equivoquen todos: los que señalan a Washington, los que culpan al gas y los que solo ven demografía. Los datos de la próxima revisión lo dirán. O no.