Alicante, el verano en que el tranvía a Benidorm ya no da abasto
Un viajero sube a la línea 1 del tranvía en el centro de Alicante, un recorrido con más de veinte paradas que baja hasta Benidorm bordeando calas y acantilados, y llega a su destino con la sensación de haber cruzado una frontera sin bajarse del vagón. Es la foto que explica por qué la provincia se ha convertido en el escaparate de un fenómeno que ya tiene nombre en la calle: la «mañaquización» de la costa. Más turismo, más residentes extranjeros y, de fondo, la misma pregunta incómoda sobre quién puede permitirse vivir aquí.
Cuántos extranjeros viven en Alicante
Los cálculos que maneja la conversación pública apuntan a una proporción difícil de ignorar: uno de cada cuatro residentes de Alicante habría nacido fuera de España, y en verano esa cifra se multiplica por el efecto del turismo. La suma de visitantes y vecinos extranjeros convertiría a la provincia, en los meses de calor, en el punto de mayor presión demográfica estacional del país, muy por encima de lo que soporta la mayoría de capitales.
De ahí nace buena parte del ruido. Una corriente sostiene que el problema no es el origen de quien llega, sino el volumen: servicios saturados, vivienda tensionada y salarios que no acompañan. Otra desplaza el foco hacia la nacionalidad de los recién llegados, con un argumento que no resiste el contraste con los datos de empleo. Y una tercera, menos ruidosa, recuerda que la comunidad no puede permitirse renunciar al turismo que sostiene su economía.
El tranvía como termómetro del turismo
El transporte público es el mejor indicador de lo que pasa. La línea 1 conecta Alicante con Benidorm con más de veinte paradas y enlaces posteriores hacia la línea 9. Los relatos de usuarios describen vagones llenos incluso fuera de temporada alta y trayectos de unos 40 kilómetros convertidos en una experiencia incómoda para quien los usa a diario.
Aquí el análisis se parte. Para unos, la saturación es la consecuencia lógica de un modelo que lo ha apostado todo al turismo residencial y hotelero. Para otros, es un fallo de gestión: si la demanda crece, la oferta de transporte debería crecer con ella.
La guerra por el nombre del pueblo
A medio camino aparece una disputa que suena a otra cosa: el topónimo. La Vila Joiosa y Villajoyosa conviven en la cartelería y en el habla, y hay quien ve en la forma valenciana una imposición reciente, con fechas concretas para ese supuesto origen. El peso de la documentación histórica apunta en otra dirección, pero el asunto funciona como catalizador de un malestar más amplio sobre identidad, lengua y pertenencia.
Quién quiere que a su ciudad le vaya peor
La frase que descoloca no es un insulto. Es un deseo: hay quien afirma que preferiría que la zona fuera económicamente peor, con menos hoteles y menos servicios, si con eso bajaran el turismo y la presión sobre las calles. Un residente dispuesto a renunciar a la prosperidad de su propia ciudad para recuperar la tranquilidad es el resumen más honesto de lo que está pasando en la costa alicantina.