Alvise Pérez llama a España «la putita de Estados Unidos»
La frase la suelta el líder de Se Acabó la Fiesta en una entrevista y el eco llega hasta hoy: España no sería un Estado soberano, sino una pieza subordinada dentro de una cadena de mando que empieza en Washington y pasa por Bruselas y Berlín. La tesis no es nueva —lleva décadas circulando por los márgenes del análisis geopolítico—, pero el altavoz que le da un candidato con escaño la convierte en otra cosa. De fondo, una pregunta incómoda: ¿cuánta soberanía real le queda a un país que no controla su deuda, su energía ni su política exterior?
Qué dice exactamente Alvise Pérez sobre España y Estados Unidos
Alvise Pérez sostiene que España funciona como satélite de Washington y que la clase política española actúa como correa de transmisión de intereses ajenos. La formulación concreta —«la putita de
Estados Unidos»— es suya y aparece en el contexto de una entrevista donde repasa la sumisión exterior española. La idea que subyace es que el país ha cedido soberanía en defensa, energía y política monetaria, y que las élites locales se benefician de esa cesión.
El diagnóstico se apoya en hechos verificables: pertenencia a la OTAN, dependencia del paraguas militar estadounidense, alineamiento automático con las posiciones de Bruselas. Lo que ya es discutible es la conclusión: que esa subordinación sea el resultado de una traición deliberada y no de una correlación de fuerzas.
La cadena de mando: de Washington a Berlín y de Berlín a Madrid
Una parte del análisis que circula sostiene que la jerarquía real es más larga: Estados Unidos manda, Alemania ejecuta en Europa y España ocupa el último escalón. El episodio de la crisis del euro entre 2010 y 2012 se cita como prueba: las condiciones impuestas desde Berlín y Fráncfort se aplicaron sin margen de negociación. Quien defiende esta lectura subraya que España no es «la putita» de Washington, sino «la putita de la putita», lo cual, en términos de dignidad, es peor.
En contra pesa un argumento simple: ningún país mediano de la UE tiene soberanía plena, y España no es una excepción trágica sino un caso normal. La crítica, entonces, no sería al sometimiento sino a la ingenuidad de creer que existe alternativa sencilla.
El papel de Israel y el relato de las élites financieras
Otra línea del análisis introduce a Israel como eslabón superior. La tesis, repetida en distintos registros, es que existe una simbiosis entre intereses anglosajones e israelíes que condiciona la política exterior de medio Occidente. Se cita el apoyo diplomático a Israel, la influencia de lobbies y el alineamiento en organismos internacionales. Hay quien va más lejos y habla de una élite financiera que controla gobiernos mediante la deuda.
Conviene ser claro: esas afirmaciones sobre control financiero global no están respaldadas por pruebas y se mueven en el terreno de la teoría conspirativa. Lo verificable es otra cosa: la deuda pública española en manos extranjeras, la dependencia energética y la subordinación estratégica a la OTAN. Ahí sí hay datos. El resto es relato.
Críticas a Alvise Pérez: entre el destape y el teatrillo
No todos los que comparten el diagnóstico compran al mensajero. Una corriente sostiene que Alvise Pérez dice verdades para medrar: que su función es canalizar el descontento sin cambiar nada estructural. Se le reprocha haber construido una carrera a base de destapar escándalos —casos de corrupción, vídeos comprometedores de cargos públicos— sin traducir ese capital en propuestas concretas de soberanía.
El argumento más duro es que su labor normaliza la corrupción en lugar de combatirla: sacar toda la porquería de golpe satura a la opinión pública y acaba generando indiferencia. Si todo el mundo es corrupto, nadie es corrupto. Y mientras tanto, el sistema sigue funcionando igual.
La cuestión de fondo: ¿existe soberanía real en Europa?
La pregunta que planea sobre todo el asunto es cuántos países tienen hoy soberanía efectiva. La respuesta honesta es que muy pocos. Los que controlan su moneda, su energía, su defensa y su industria tienen margen; los demás administran la dependencia. España pertenece al segundo grupo, como casi toda la UE.
Eso no exime de responsabilidad a quien gestiona esa dependencia. La crítica legítima no es «España está sometida» —obviedad geopolítica— sino «qué se ha hecho con el margen disponible». Ahí es donde el debate se vuelve interesante y donde las respuestas dejan de ser consignas.
Con estos mimbres, lo previsible es que la frase siga circulando y que cada cual la use según le convenga. Unos la citarán como prueba de lucidez; otros, como ejemplo de simplismo. Lo que no cambiará es el dato de fondo: España no decide sola su política exterior, y eso no lo arregla un eslogan.