Quién gana cuando se veta el Estado palestino
¿Por qué
Estados Unidos bloquea el ingreso de Palestina en la ONU y qué intereses hay detrás de ese veto? La discusión arranca con una tesis incómoda: según un participante, el veto no responde a la legalidad internacional, sino a la conveniencia de prolongar un conflicto que alimenta a la industria armamentística. Frente a esa lectura, la réplica es más terrenal: Washington protege a un aliado histórico y no va a bendecir un Estado que, en su versión gobernante en Gaza, tiene en sus estatutos fundacionales la eliminación de Israel. Dos relatos, un mismo veto.
Qué se vota y quién se mueve
El Consejo de Seguridad es el tablero real. Cinco miembros permanentes con derecho a veto deciden, y el resto de la Asamblea, por mucha mayoría que sume, se queda en la grada. En ese reparto de fuerzas, el voto de Francia a favor del reconocimiento se lee como un gesto hacia el eje que forman China y Rusia, mientras Reino Unido y Suiza optan por la abstención, una forma elegante de no mancharse las manos y dejar que el trabajo sucio lo haga otro. Entre los diez no permanentes, la sensación que traslada el análisis es que solo Japón pesa algo, y aun así le pilla lejos.
La cifra que ordena el mapa no es el número de votos, sino el número de reconocimientos. La mayoría de países ya reconoce oficialmente a Palestina, y ahí conviven Islandia, Suecia y buena parte del Tercer Mundo con intereses muy distintos. El argumento de que todos esos apoyos son puro cálculo económico se topa con un problema: si fuera así, el mapa de reconocimientos no tendría la forma que tiene.
El argumento que más pesa: primero Gaza, después el Estado
La objeción más repetida no es jurídica, es de secuencia. Palestina está dividida en dos mitades políticas y también bélicas, con facciones enfrentadas entre sí y con Israel. Reconocer un Estado mientras una de sus partes mantiene secuestrados a civiles suena, en el mejor de los casos, prematuro. La condición que se pone sobre la mesa es concreta: cuando haya voces palestinas relevantes reclamando la liberación de los secuestrados, habrá una posibilidad real de que el Estado exista.
Es el mismo razonamiento que aplica el Gobierno español cuando su ministro de Exteriores defiende la solución de los dos Estados. La respuesta desde el otro lado es que cualquier alternativa a esa fórmula equivale a eternizar el conflicto y a seguir alimentando lo que se describe como un genocidio del pueblo palestino. La discusión se atasca ahí: unos ven una hoja de ruta, otros ven una rendición por entregas.
El pasado que nadie quiere mirar
La parte histórica del intercambio es la más áspera. Se recuerda que la franja donde hoy se apiñan millones de personas es producto de décadas de decisiones propias: oportunidades de Estado rechazadas, guerras perdidas, vecinos que cortaron la salida al sur con vallas y liderazgos elegidos a dedo que llevan veinte años buscando las cosquillas al vecino. La contrarréplica es que juzgar la situación con una foto del presente, sin mirar cómo se llegó hasta ahí, es perverso.
El dato que descoloca a ambos bandos es el mismo: durante décadas, buena parte de los habitantes de Gaza trabajaba en Israel. Ese flujo se rompió, y con él se rompió también la única convivencia que funcionaba a diario. Comparar septiembre de 2023 con octubre de 2023 y con la primavera de 2024 deja una conclusión incómoda para todos: se estaba mejor antes, y cada mes que pasa se está peor.
El problema de fondo: nadie se pone de acuerdo ni en el diagnóstico
Hay un consenso incómodo entre las voces más dispares: el conflicto es demasiado antiguo, demasiado religioso y demasiado identitario como para resolverlo con una votación. Quien lo mira con perspectiva admite que la posición de cada uno depende más de su ideología que de los hechos, y que la mayoría de la gente se forma una opinión con lo que le cuentan sus referentes, sin profundizar. La política manipuladora hace el resto.
La conclusión más cínica que circula es también la más honesta: si el objetivo es rebajar la tensión, dar un Estado y sentar a Palestina en todos los foros internacionales, con embajadas y delegaciones, al menos ordenaría la forma de matarse. Ahora mismo, sin Estado, lo único que hay son incentivos para seguir buscando las cosquillas. Y con veto, el statu quo se renueva cada año.
¿Y qué gana Estados Unidos con todo esto? Nada nuevo. Mantiene a su aliado, evita un reconocimiento que considera una gilipollez diplomática y se lleva el desgaste de quedar como el malo. El trabajo sucio, ya se sabe, siempre lo hace otro.