Amazon repartiría hasta 1.500 paquetes al día en un pueblo del norte
El repartidor no aparece en el seguimiento del pedido. Conduce una furgoneta grande, entrega casa por casa y factura como autónomo, pero solo trabaja para Amazon. En un pueblo del norte de 30.000 habitantes hay entre
siete y ocho furgonetas del gigante circulando todo el día, fines de semana incluidos, y, según el cálculo del vecino que relata el caso, entre todas meten en la localidad
entre 1.000 y 1.500 paquetes diarios. El comercio local, sostiene el vecino que ha hablado con uno de ellos, está en ruina: hay más locales vacíos que pisos.
Cómo funciona el reparto de Amazon sin aparecer en la app
El conductor está dado de alta como autónomo y trabaja en exclusiva para la plataforma, al volante de una furgoneta de la compañía y sin figurar en el seguimiento del pedido. Su jornada, según su propio relato, se mide en bultos:
unos 100 paquetes al día como mínimo. Si los despacha por la mañana, vuelve al almacén a por más y sigue por la tarde. Ese ritmo, por siete u ocho vehículos, es la base del cálculo que sitúa entre mil y mil quinientos paquetes entrando cada día en una villa donde, según el mismo testimonio, el comercio agoniza.
No es un fenómeno de un solo municipio. En el polígono industrial de la Fuente del Jarro, junto a Valencia, la flota gris de furgonetas propias se describe como enorme y se cruza a cualquier hora. Son
como abejorros, resume otro de los testimonios. La estampa se repite: vehículos cargados estorbando en alguna esquina mientras el escaparate de al lado baja la persiana.
Por qué el dinero de Amazon no vuelve al pueblo
El cálculo, en la versión del vecino, es simple y amargo. De todo ese volumen, la zona retiene
siete u ocho sueldos, que el relato califica de precarios. El resto abandona una economía ya drenada y aterriza en una sede que, según otro de los intervinientes,
tributa en Luxemburgo. La comparación con Coca-Cola, Google o Facebook viene sola: el patrón se repite con cada multinacional que vende aquí y factura allí.
Enfrente está la posición del libre mercado. Si el pequeño comercio no resiste, es porque el cliente ha elegido otra cosa con su cartera, y quien no lo acepte tiene ejemplos de sobra fuera de Europa. La réplica desde el otro lado es que la partida nunca fue entre iguales: un gigante con despachos millonarios diseñando su estructura fiscal no compite con un tendero que echa en su negocio todas las horas del día.
Una lectura más ideológica enmarca este consumo como un voto económico dentro de un pulso entre modelos de globalización, con una acusación, sin prueba en el material, de connivencia con un supuesto intento de golpe de Estado en Estados Unidos. Es una interpretación, no un dato: el material disponible no aporta prueba alguna de ello.
¿Es Amazon un monopolio o solo domina el mercado?
Aquí el desacuerdo es técnico. Un monopolio, se argumenta, exige una prerrogativa estatal que lo blinde; lo que existe es una posición dominante conquistada a pulso, con precios y servicio que el público ha elegido libremente. La inquina al éxito, se añade, explica más comentarios que los datos. Y se recuerda que la plataforma no es una tienda, es un software donde cualquiera puede vender.
El otro lado no discute la legalidad, discute el método. El escaparate es suyo: sabe qué vendedor externo factura y con qué artículo, y puede replicar la referencia que funciona, fabricarla por su cuenta y colocarla en el primer puesto de la tienda. Legal, sí.
Nauseabundo, sostiene la crítica. El salto del producto que pasa de vendedor tercero a marca blanca de la propia casa no necesita jueces ni sentencias.
Por qué compramos en Amazon: devoluciones, stock y servicio
Los ejemplos concretos pesan más que las teorías. Un vecino de una localidad norteña de
36.000 habitantes necesitaba un adaptador de USB 3 para un Mac nuevo. Llamó a la tienda de informática del pueblo: no sabían de qué les hablaba y le propusieron ir con el ordenador a probar. Colgó, buscó el adaptador y a la mañana siguiente lo tenía en la puerta.
Un libro encargado en una librería de Gijón tardó
quince días y varias llamadas. Una impresora costaba exactamente lo mismo en una gran superficie que en la plataforma. La diferencia no está en el precio, está en la devolución sin interrogatorio y en el reembolso incluso con el producto ya usado. Es un punto que repiten varios de los intervinientes que compran a diario en la plataforma: el comercio tradicional pierde por atención al cliente, no por catálogo.
¿Qué papel tuvo el confinamiento en la caída del comercio local?
Un tramo del análisis sostiene que la puntilla no la dio el gigante, sino la política sanitaria. Cierres de comercios no esenciales, horarios recortados y aforos limitados dejaron a mucha gente sin más opción que la pantalla. Un interviniente residente en Alemania relata que, desde el
16 de diciembre de 2020, cerraron las tiendas que no vendían comida o fármacos, y que tras un respiro de dos semanas a finales de marzo se volvió a exigir turno previo y test para entrar en un establecimiento.
A eso se suma el cierre de Correos los sábados, que en muchos casos era el único día disponible para recoger un paquete. La conclusión que se extrae es incómoda: la pandemia no inventó el problema, lo aceleró.
Con estos mimbres, la pregunta ya no es si el comercio de barrio puede competir. Es si quedará alguno al que comprarle. Una tienda de barrio atiende a 500 clientes; un centro comercial, a 30.000. Y Amazon, según la tesis que se repite en el hilo, factura en Luxemburgo.